El falso debate sobre el debate

Por Pablo Esteban Dávila

debate1Eduardo Accastello quiere ser gobernador, y se le nota. Ayer recurrió a un llamativo show para llamar la atención sobre lo que, entiende, es una defección de Juan Schiaretti a su obligación de asistir a un debate. Sobre la explanada de la casa de gobierno montó dos atriles, uno con la leyenda de su fuerza (Córdoba Podemos) y otro con el isologotipo de Unión por Córdoba. Previsiblemente, el villamariense ocupó el que le correspondía, en tanto que el otro quedó vacío.
“Hay un despotismo en el manejo del poder; porque el gobernador José Manuel de la Sota le reclama a los candidatos nacionales que debatan y Schiaretti (lo) niega en Córdoba” disparó ante las cámaras congregadas en torno a su escenografía. La filípica hizo que el ministro de Comunicación, Jorge Lawson, saliera minutos después a responderle, también en la explanada del Panal. “Si quiere debatir con Schiaretti que vaya a donde está Schiaretti. En este lugar está la sede del Gobierno provincial y no tenemos nada que ver con el comando de campaña del candidato a gobernador”. Debe reconocerse que Lawson asestó un buen estoque. Accastello equiparó un partido con el Estado, una confusión que, en general, se les endilga a los peronistas y de la cual él no parece estar exento.
El recurso al atril vacío es evocativo. El primero en utilizarlo fue nada menos que Eduardo Angeloz en una recordada pieza publicitaria contra el candidato presidencial del peronismo en 1989, Carlos Saúl Menem. Como el riojano tampoco quería debatir, el radical lanzó un spot titulado “la silla vacía” que mostraba una típica poltrona de la época sin ocupante. Una voz en off se preguntaba si Menem no quería enfrentarlo porque “las encuestas dicen que muchos argentinos dudan” de su capacidad para gobernar el país.
Dejando de lado el hecho que Menem efectivamente presidió la Argentina durante algo más de 10 años pese a no concurrir al debate que le exigían, Accastello se emparenta con aquél Angeloz en un punto esencial: sabe que no está ganando las elecciones. Esta certeza lo impulsa –y es natural que así lo haga– a buscar los espacios necesarios para erosionar a Schiaretti, a quien todas las encuestas sindican como el favorecido en la intención de voto.
Asistir o no a un debate no es un imperativo moral, como muchos comunicadores pretenden hacer creer, sino parte de una estrategia de campaña, tan lícita como cualquier otra. Por supuesto que negarse entraña riesgos, pero este es un cálculo de costo – beneficio que los asesores políticos realizan todo el tiempo. Si los costos de debatir públicamente son mayores que sus beneficios, la recomendación será la de no concurrir. Tan simple como eso.
Distinto sería el caso si este mecanismo estuviera establecido por ley. Allí existiría una obligación taxativa, de la cual nadie podría sustraerse sin pagar (es lo que sugiere la lógica) las consecuencias. Pero este no es el caso de Córdoba, como tampoco lo es el de la Nación y el de la mayoría de las provincias argentinas. Hay muchos proyectos al respecto presentados tanto en el Congreso como en la Legislatura, pero aun no se han tratado. Mientras tal cosa no ocurra existirá siempre un falso debate sobre el debate, en donde naturalmente primará la estrategia electoral por sobre cualquier otra consideración.
Nótese que existe una regla de hierro sobre este asunto. En general, el reclamar a otro un debate es una muestra de debilidad. Ningún candidato que va punteando en las encuestas pide a los demás debatir nada. La actual geografía nacional está llena de ejemplos en este sentido. Llamativamente, Horacio Rodríguez Larreta –candidato por el mismo espacio de Oscar Aguad, que también recrimina a Schiaretti por el mismo motivo– se niega a enfrentarse públicamente con Martín Losteau, su contrincante más serio en la Ciudad de Buenos Aires. Larreta, al igual que Schiaretti, marcha primero y no quiere arriesgar tal posición por nada del mundo.
La posición de José Manuel de la Sota, invocada como Accastello para mortificar a Schiaretti, es aleccionadora. Es cierto que ahora pide debatir junto al resto de los presidenciables, pero no es menos evidente que lo hace por las mismas razones que mueven al reclamo del intendente de Villa María. Cuando en 2011 se encontró en la misma posición que hoy detenta Schiaretti también él se negó a un debate, invocando claras inconductas de Luis Juez, su oponente en aquellas elecciones. La diferencia que separa a ambas versiones del gobernador es, nada más ni nada menos, que su posición relativa en el ajedrez político; la única contradicción del asunto sería obrar en contra de sus intereses, algo ajeno a un dirigente de su calibre.
En el caso de Córdoba puede señalarse otra particularidad de no deja de tener su costado paradójico. Es Canal 12 la empresa que bate el parche sobre la necesidad de realizar un debate televisado. Esta señal, al igual que La Voz del Interior y Radio Mitre, forma parte del Grupo Clarín, el holding mediático más demonizado por la Casa Rosada. Por esas rarezas de la política, el candidato kirchnerista termina militando por una causa del multimedio que, previsiblemente, se presenta como de interés general. Es una muestra más que las campañas electorales siguen una lógica de resultados, y que apartarse de ella puede resultar muy oneroso.
De cualquier manera, el intento de Accastello es válido. Su objetivo de corto plazo es desplazar a Aguad del segundo puesto, algo que podría lograr en cualquier momento de continuar la apatía que caracteriza la campaña del radical. En su fuero íntimo sabe que si Schiaretti terminara cediendo a su reclamo sería un error colosal y que todo es parte del juego dentro un territorio –las campañas electorales– en donde las reglas del juego, precisamente, brillan por su ausencia.