Violencia y dualidad

Por Gonzalo Neidal

Ni una menos CordobaLa marcha de ayer, contra la violencia ejercida en perjuicio de la mujer, convocada con la consigna “Ni una menos” fue masiva en todo el país.
Está muy bueno que haya sido así lo que, por otra parte, era absolutamente previsible. La inmensa mayoría de los argentinos estamos en contra de que se ejerza violencia contra quien fuere y muy especialmente contra la mujer. También una inmensa mayoría de ciudadanos de ambos sexos estamos de acuerdo con que esa violencia debe ser combatida.
Todos los cronistas han resaltado como meritorioel que en las marchas no hubo consignas políticas, ni enfrentamientos entre partidarios de una u otra agrupación sino el simple clamor en contra de los hechos de violencia que se ejercen contra la mujer.
La naturaleza del tema es propicia para el lucimiento de todos los políticos y para mostrar que todos somos progresistas y que a ninguno –hombres y mujeres- nos gusta que se apalee a las mujeres, a veces hasta el límite de un desenlace fatal. Y seguramente todos también estamos en contra de que se ejerza violencia contra cualquier persona, sin distinción de sexo.
Ahora bien… ¿cuál es el sentido de la marcha?
¿Expresar que abominamos de la violencia?
¿Intentar persuadir a los violentos de que deben cambiar su actitud?
¿Procurar disuadirlos mostrando que toda la sociedad los rechaza?
No está claro.
A veces pareciera que con haber participado de la marcha ya sentimos haber cumplido con nuestro deber, regresamos a nuestras casas satisfechos por haber contribuido a la solución de uno de los grandes flagelos de la sociedad actual.
Claro que si nos preguntan por las soluciones a este tremendo problema, nos veríamos en figurillas para responder.
En primer lugar, tendremos que aceptar que las marchas no son apenas ni el comienzo de una solución. Son, en todo caso, la demostración de nuestro profundo fastidio, nuestra desazón, nuestro estado de ánimo de claro repudio a la violencia que se ejerce contra la mujer.
Existen, todos los sabemos, herramientas e instrumentos de largo plazo. El más mencionado en estas ocasiones es el referido a la educación. Programas y currículas apropiados, es cierto, muy probablemente rendirán sus frutos con el paso del tiempo. Quizá dentro de dos o tres generaciones las cifras disminuyan y podremos exhibir ese logro como la consecuencia de una política paciente y coherente a lo largo delos años.
Probablemente una mejora general de la situación económica, al ahorrar frustraciones personales y tensiones familiares originadas en la falta de dinero, pueda también ser un aporte importante a una mejora en la generación de situaciones que engendran violencia.
Todo eso está bien.
El problema es qué se hace mientras tanto.
Y es en este punto, que es el que resulta más urgente discutir, donde afloran las diferencias y, en consecuencia, las responsabilidades.

Dualidad insostenible
El gobierno tiene una actitud dual respecto al delito en general pero esa posición se hace más evidente en estos casos de agresión contra la mujer. Por un lado, varias veces la presidenta se ha quejado de que los jueces actúan con gran benevolencia con los delincuentes y asesinos. Cuando se dio el fallo en el caso de Margarita Verón, la presidenta se sumó al clamor popular pidiendo penas más duras contra los asesinos. Hace pocas horas realizó declaraciones en el mismo sentido, al manifestar su apoyo a la marcha de ayer. Se queja de los jueces, les imputa falta de severidad.
Ahora bien, los hombres que representan al gobierno en el Poder Judicial no parecen pensar en sintonía con la presidenta. Y esto vale también para los legisladores y dirigentes políticos del partido de gobierno. Más bien al revés: el criterio filosófico reinante en el Frente para la Victoria, con el que se han reformado las leyes penales y con el que se actúa en cada caso concreto, es el que habitualmente se engloba con el rótulo de “garantismo”, cuyo representante excelso es el ex ministro de Corte, Dr. Eugenio Zaffaroni.
Hace pocas semanas tuvimos a la vista un caso que ilustra perfectamente lo que intentamos decir. El Juez Axel López fue llevado a juicio por sentencias reiteradas que permitían la libertad de violadores. Uno de ellos, reincidió y asesinó a una mujer. El Juez Zaffaroni pidió defenderlo y finalmente logró que permaneciera en su cargo.
Al parecer, el gobierno considera que ni las leyes penales ni los fallos y criterios de los jueces son instrumentos aptos para el combate desde el estado contra la violencia de género.
¿Cómo explicar esta dualidad entre el discurso presidencial y el accionar concreto del gobierno en el seno de la Justicia?
¿Cuál es el punto de vista verdadero de Cristina en este tema?
Si los jueces tienen margen para la discrecionalidad y, haciendo uso de ella, liberan a criminales que vuelven a delinquir ¿no será la hora de modificar las leyes para acotar la libertad del juez y ser más severos con los agresores?
¿O creemos que la desde la Justicia nada puede hacerse para enfrentar este problema?
Marchar genuinamente conmovidos pero, a la vez, facilitar la libertad de los que ejercen la violencia es una dualidad que se corre el peligro de acercarse a la hipocresía.