Una vuelta en torno al atorrante

Por Víctor Ramés
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Entrevisto a través de una bruma, el cuadro “Desocupados” de Antonio Berni soporta una intervención atorrante.
Entrevisto a través de una bruma, el cuadro “Desocupados” de Antonio Berni soporta una intervención atorrante.

Ya hablamos sobre la construcción social del perfil de los vagos, que incluso fueron objeto de una ley especial que los definía, los perseguía y los incorporaba –por acción de la fuerza pública- a las filas de algún modo productivas de la nación. La definición oficial adhirió un juicio moral condenatorio a las personas improductivas en la mira del sistema, y en la vida cotidiana ahora se los señalaba como el mal ejemplo social. La gama de la figura del “vago y malentretenido” (es decir que, además de darse al juego y al alcohol, podía volcarse al delito) era muy amplia e incluía desde un mendigo hasta un hombre que hacía changas por monedas, o que estaba desempleado por motivos que no dependían de sus hábitos, sino del contexto y el horizonte laboral concreto. De hecho, la llamada Ley de Vagancia fue sobre todo un mecanismo de control y sujeción de los pobres, en el proceso de erigir la ciudad moderna.
Cuando “ser vago” se convirtió en delito, quedó espacio de algún modo para otra palabra, que designaba el modo de vida de los excluidos y caídos bajo la línea de pobreza, de fines del diecinueve a principios del veinte. Y cuyo uso se hizo extensivo a gamas de la holgazanería, una condición antiquísima, capaz de hallar molde en vocablos nuevos.
La palabra atorrante fue una adquisición que no pasó desapercibida al interés de los investigadores, y bien merece un pequeño paseo alrededor suyo.
Tobías Garzón, un cordobés con vocación internacional, nos ofreció una serie de testimonios en su Diccionario Argentino. Define Atorrante como aquel “que anda o se la pasa atorrando, es decir “pasárselo uno de haragán, desocupado y sin hacer nada”. Luego da algunos ejemplos de su uso, como el siguiente tomado del diario Los Principios de agosto de 1902, que reproduce un despacho telegráfico de Buenos Aires: «Esta mañana, en la calle Piedad, amaneció helado un atorrante que se durmió en un umbral.»
Las citas compartidas por Garzón incluyen esta que firma el también cordobés Martín Gil en 1901: « ¿Cuántos compatriotas del Dante y Garibaldi no principian aquí su humilde carrera con un canasto enganchado al brazo, gritando a laringe batiente ¡linda mañane! ¡naranque maquenude!, y concluyen por engancharse una fortuna ? — Lo que sí, el hijo de este hombre, suficientemente acriollado, es quien se encarga de despilfarrar la herencia; pero el hijo no acaba como principió el padre, vendiendo naranjas, sino de atorrante o en la cárcel, lo que sí, de levita.»
Nos deja más el diccionario publicado en 1910. En este caso, un apunte sobre el origen de la palabra por un protagonista de los debates de la lengua que consumían mucha materia gris en aquellos años, el escritor Miguel Cané, en Prosa Ligera, 1903.
«Una de ellas es atorrante. Esta palabra, puedo asegurarle al Sr. Abeille, es de introducción relativamente reciente en el «idioma nacional de los argentinos». Después de haber vivido más de un cuarto de siglo, la vi por primera vez en mi tierra, allá por el año 1884, de regreso de Europa, donde había pasado algunos años. Y, no es que hubiera vivido en mi país entre académicos y prosistas, pues hasta cronista de policía substituto había sido en la vieja Tribuna. — Pregunté qué significaba atorrante y de dónde venía. Se me hizo la descripción del gueux, del vagabundo,
del chemineux y se me dijo entonces (no hay lomo como el de la etimología para soportar carga), que el vocablo tomaba origen en el hecho de que los individuos del noble gremio así denominado, dormían en los caños enormes que obstruían entonces nuestras calles, llamados de tormenta. De ahí atorrante.»
Sobre esa etimología circula una leyenda, según la cual se denominaba atorrantes a quienes dormían en caños de una supuesta empresa A.Torrant, cuyo nombre estaría grabado en los caños de desagües en construcción. Esa hipótesis fue descartada por investigadores que chequearon los nombres de las empresas que instalaron los desagües cloacales y pluviales de Buenos Aires en ese período.
El investigador Ricardo Ostuni, en una nota publicada en la página del Club del Tango, aporta una mención periodística firmada por el médico y escritor español Silverio Domínguez, de 1889, sobre el vocablo que, según se deduce, habría aparecido en 1883, en coincidencia con lo dicho por Miguel Cané.
“Cuando hace unos seis años la administración de las aguas corrientes de Buenos Aires, tuvo necesidad de extender una nueva cañería… se encontró en el amplio depósito de caños de hierro con unos extraños seres….que un escritor chispeante bautizó con el nombre de atorrantes, sinónimo de vagabundos, aunque esta palabra no exprese fielmente el significado de atorrante que de uso frecuente ya en el país, se da al que en nada se ocupa, al que nadie sabe cómo puede vivir sin trabajar, ni llenar sus necesidades, siendo ahora también corriente emplear el verbo atorrar, por la expresión de matar el tiempo, holgazanear o como el dolce far niente de los italianos…”.
El “escritor chispeante” no habría sido otro que Eduardo Gutierrez. Y tal como Cané, el propio Tobías Garzón se refiere al “gremio de los atorrantes” para definir Atorrantismo, también “género peculiar de vida del atorrante”. Y detecta el vocablo en la pluma elevada de Rubén Darío, en 1894: «Las canciones trascienden a olores tabernarios. Decididamente ese duque vestido de oro tiene una tendencia marcada al atorrantismo.»