El síndrome Cámpora

Por Gonzalo Neidal

La idea de un presidente formal y otro “detrás del trono”, que ejerza efectivamente el poder sin estar investido de los atributos legales, aparece una y otra vez en la política nacional aunque nunca haya tenido lugar efectivamente en la política argentina contemporánea.
Muchos de los que hoy habitan el gobierno, hace cuarenta años pintaban paredes con la ambigua consigna “Cámpora al gobierno, Perón al poder”. Fue hacia 1972 y comienzos del año siguiente. La junta militar gobernante, encabezada por el General Alejandro Lanusse había convocado a elecciones y a la vez promulgado un decreto que prohibía a una única persona ser candidato a la presidencia de la nación. En efecto, Perón, por no haber vivido en el país en los meses previos a los comicios, quedaba fuera de carrera. Fue ahí que apareció Héctor Cámpora, marcado por el dedo de Perón para ser su candidato en las elecciones previstas para el 11 de marzo de 1973.
Perón aceptó el desafío y puso como candidato a un hombre de su completa confianza. Los peronistas y especialmente las organizaciones ligadas a la guerrilla montonera llenaron las paredes con la consigna que aceptaba a Cámpora como presidente pero que reservaba a Perón el rol, presuntamente más importante, de ser el conductor “por fuera” del gobierno, sin tener en sus manos los atributos formales del mando.
Todos sabían que Cámpora llegaba a la presidencia porque Perón estaba impedido de presentar su candidatura y porque éste lo había señalado como su elegido. Por otra parte, nadie dudaba de la fidelidad de Cámpora hacia Perón.
Pero sucedió lo impensado: Cámpora se rodeó de montoneros y sus movimientos políticos enfurecieron a Perón, que decidió echarlo del poder y convocar a nuevas elecciones ya con la posibilidad de ser él mismo el candidato presidencial. Ganó con el 62% de los votos y quedó claro quién era el que tenía el apoyo del pueblo.

Poder real y poder formal
Sin embargo, pese a su naturaleza groseramente vicaria, el camporismo sobrevivió incluso más allá del libro de Miguel Bonasso. Tanto es así que la principal agrupación juvenil del kirchnerismo lleva su nombre, como si se tratara de un prócer que hubiera construido su poder tras una larga y valiente lucha, pletórica de jalones legendarios y batallas heroicas.
Cámpora era insignificante respecto de Perón, que cargaba su historia, su proscripción y el recuerdo de los años felices de su gobierno. Sin embargo, una vez asumido el poder, desafió a Perón y osó desatar su ira. Tal la fuerza de la investidura del poder, de sus atributos formales. Tal el vigor del poder de la lapicera con la que se firman decretos y designaciones.
Traemos estos recuerdos de hace casi medio siglo atrás porque en estos días previos a las elecciones presidenciales ha aflorado nuevamente la idea de la posibilidad de un poder “formal” y un poder “real”, situado fuera de la estructura institucional.
La diputada Diana Conti acaba de decir, en un reportaje concedido a un diario de alcance nacional, que “si Scioli fuese presidente, la conducción seguiría siendo de Cristina”. Una idea similar a lo que ocurrió con Néstor Kirchner, primero y la propia Cristina Fernández, después.
En efecto, la candidatura del hombre de Santa Cruz fue promovida por Eduardo Duhalde tras la defección de José Manuel de la Sota, que era el hombre que había sido elegido para representar al peronismo pero que luego fue desestimado en razón de que las encuestas no mostraban entusiasmo por parte de los votantes hacia su persona.
Llegado al poder de la mano de Duhalde, se decía de Néstor que sería una suerte de “Chirolita” del bonaerense. Que sería un simple títere de Duhalde que, con su experiencia, seguiría conduciendo los destinos del país desde su casa. Y ya sabemos lo que ocurrió.
El caso de Cristina fue diferente. Durante los primeros años de su gobierno se habló del “doble comando” o bien de “matrimonio presidencial”. Se decía que era Néstor quien manejaba las riendas del país en forma efectiva, pese a ser un simple diputado nacional en cuanto a su investidura política formal.
A partir de su muerte, ya no quedaron dudas del protagonismo de Cristina.

Cristina al poder
Ahora, cuando el peronismo debe decidir quién será su candidato para los próximos comicios, y cuando la figura de Daniel Scioli aparece como la única que puede asegurar una victoria para el partido de gobierno, también ha comenzado a hablarse de la posibilidad de que el presidente justicialista (si ese fuera el caso), sería una especie de monigote que ocupará el poder debido a la ominosa disposición constitucional que impide un tercer período presidencial pero que, en cualquier caso, el verdadero poder descansará en Cristina, que es quien cuenta con los votos y el apoyo popular.
Esta creencia es una ficción pretenciosa: supone que nadie puede conducir los destinos nacionales salvo la actual presidenta. Presume que cualquier otro presidente sería incapaz de gobernar sin llevar el país hacia el caos y la perdición.

Si para algo sirve la historia argentina de las últimas décadas es para confirmar la fuerte concentración de poder que encierra la institución presidencial en la Argentina. Los atributos del poder son difíciles de contrarrestar con la simple influencia política o por el predicamento ideológico, por extendido que éste fuere.

Quizá Scioli, por su naturaleza de apariencia tranquila y sus modos serenos, haga pensar al kirchnerismo que le resultará inevitable complementar su poder formal con la presencia de un carácter fuerte, como el de Cristina, que será quien en definitiva decida los temas importantes del gobierno.

Veremos qué resulta llegado el momento que el nuevo presidente ostente la banda presidencial, el bastón y la chequera.