Los sindicatos frente al año electoral

Por Facundo Matos
Para elestadista.com.ar

DYN21.JPGEl 31 de marzo se realizó el cuarto paro nacional contra el gobierno de Cristina Fernández. Si bien el eje estuvo puesto en el reclamo por el impuesto a las Ganancias, las calles vacías le recordaron al mundo político que el gremialismo sigue siendo un participante ineludible de la política. Su poder no es tal en términos de votos (existe un desprestigio generalizado hacia los líderes gremiales en la sociedad) pero sí en poder de convocatoria y presión, ante el temido problema de la gobernabilidad.
La pata sindical fue una sobre las que se apoyó históricamente la política nacional. Desde la imbricación de las luchas sindicales y los movimientos socialistas y anarquistas en los primeros años del siglo XX hasta el último paro nacional contra Cristina Fernández, pasando por la vieja guardia sindical que contribuyó al nacimiento del Partido Laborista (génesis del peronismo), las 62 Organizaciones, la resistencia peronista en los ´60, el Cordobazo, la oposición a las sucesivas dictaduras, los trece paros a Alfonsín, la lucha contra las políticas neoliberales en los noventa y su resistencia a la reforma laboral impulsada por De la Rúa. Numerosos dirigentes sindicales formaron parte de gabinetes presidenciales u ostentaron un rol jerárquico en la oposición a distintos gobiernos.
Durante los tres mandatos kirchneristas, ningún sindicalista ocupó un lugar en el gabinete presidencial. No obstante, en los primeros años, el sindicalismo jugó un rol preponderante en el control de la calle, una de las preocupaciones de Néstor Kirchner. Cristina, en cambio, se recostó en la militancia juvenil y las organizaciones sociales y logró con el mismo éxito el control de la calle, lo que le permitió tener una relación más distante con los gremios que la que había tenido su predecesor. Frente al recambio de gobierno, entonces, se abre la incógnita: ¿Cómo llega el gremialismo argentino a este año electoral? ¿Cómo se posiciona de cara a la transición?
En sus primeros años, el kirchnerismo mantuvo una relación cercana con la CGT, unificada en 2004 en torno a la figura de Hugo Moyano. La creación de más de 5 millones de puestos de trabajo, la recuperación del poder adquisitivo salarial y la reactivación de cerca de miles de convenciones colectivas de trabajo, llevaron a los gremios a adherir al gobierno de Kirchner. Si bien ningún dirigente gremial ocupó cargos de jerarquía en los tres mandatos kirchneristas, hubo una “inserción de costado en el gobierno”, como señala Santiago Senén González. Hombres del moyanismo ocuparon distintas dependencias de menor jerarquía en el Estado, que le auguraron poca visibilidad pero acceso a la caja estatal. De ese modo, la alianza por mutuo beneficio entre Kirchner y Moyano funcionaba.
Pero cuando el camionero quiso ir por más participación en el Gobierno, se encontró con la negativa de Cristina (ya sin Néstor), que en cambio acentuó la incursión de la juventud y la militancia del kirchnerismo puro. En las elecciones de 2011, poco tiempo antes de la ruptura, la lista para diputados nacionales por la provincia de Buenos Aires llevó a solo dos dirigentes gremiales: Carlos Gdansky, cercano a Caló, en el cuarto lugar, y Facundo Moyano, hijo del camionero, en el undécimo puesto, lo que aceleró la ruptura. “Cuando se habla del 54 por ciento, el 50 es de los trabajadores y no de los chicos bien”, lanzó Moyano en 2011, en un encendido discurso previo a la ruptura definitiva con el Gobierno.
De ahí que el escenario actual muestra un gremialismo dividido y polarizado respecto a su nivel de cercanía con el Gobierno Nacional. Poco queda de la CGT unificada en 2004 y la única CTA (antes de su división en 2014). Ahora tres CGT se dividen entre dos opositoras (la Azul y Blanca, liderada por Luis Barrionuevo, y la Azopardo, por Hugo Moyano) y una oficialista (que encabeza Antonio Caló). Las dos CTA –sin personería jurídica pese a las incontables promesas de Néstor Kirchner y los pedidos de la OIT- se reparten entre una cercana al kirchnerismo (con Hugo Yasky al frente) y una que comanda Pablo Micheli.
En cuanto a los niveles de afiliación sindical, la masa de afiliados creció, aunque los datos disponibles (el Ministerio de Trabajo no publica sus cifras desde 2008) no permiten hablar de un crecimiento exponencial.
Si bien Argentina fue siempre un país con altos niveles de sindicalización (superando el 40 por ciento), tras la década de los noventa y el estallido del 2001, la masa de afiliados decayó como producto de la precarización laboral. Según un informe realizado por la Asociación Argentina de Especialistas en Estudios del Trabajo (ASET) en base a datos del Indec, entre 1990 y 2001 la tasa de sindicalización cayó de 49 a 42 por ciento, mientras que de acuerdo al Ministerio de Trabajo, entre 2005 y 2008, la tasa se mantuvo relativamente estable en torno al 37 por ciento.
De todos modos, destaca un estudio realizado por David Trajtemberg, Cecilia Senén González y Bárbara Medwid para el Ministerio de Trabajo, el “aumento del número de trabajadores afiliados a los sindicatos, estrechamente vinculado al aumento general del empleo registrado y la revitalización de la negociación colectiva” se destaca frente a una tasa de afiliación sindical que disminuye en 21 de los 24 países analizados en el informe. Así, frente a una tendencia positiva en Argentina, en Francia la tasa de afiliados se redujo del 10 al 8 por ciento, en Alemania del 31 al 22 por ciento y en Estados Unidos del 15,5 al 12 por ciento, en Brasil cae al 18 por ciento y en Chile al 11.
Otra de las novedades más recientes es la emergencia en el mundo sindical de un grupo de liderazgo encabezado por los gremios de transporte, los únicos con la capacidad de frenar las grandes ciudades y dejar las calles vacías sin necesidad de acudir al apoyo de otros gremios. Roberto Fernández (UTA), Omar Maturano (maquinistas ferroviarios de La Fraternidad), Moyano (Camioneros) y Juan Carlos Schmid (Dragado y Balizamiento) encabezan este grupo, que cobró especial relevancia en los últimos paros nacionales.
De todos modos, no se divisa en el escenario actual una situación de conflictividad creciente, más allá de que pueda haber nuevos paros antes del cambio de mandato.
De cara al cambio de gobierno, lo que prima entre líderes sindicales es la expectativa. Ninguno quiere quedarse sin vínculos con el próximo gobierno pero quién será el próximo presidente es todavía una incógnita.
En torno a esa carrera, algunos sindicalistas ya se definieron. Caló, Pignanelli, Martínez y hasta el moyanista Plaini impulsan a Daniel Scioli. Lo que resta saber en este caso es cuántos (y qué) lugares les dará la lapicera de Cristina a la hora de armar las listas legislativas, en un momento que la encuentra distante del gremialismo.
Otros, como Moyano, tienen una pata en cada partido para poder en el futuro reconstruir lazos con el poder político -sea cual fuera-. Su hijo Facundo Moyano, Omar Maturano, Abel Frutos y Roberto Fernández, entre otros, apoyan la candidatura de Sergio Massa, Plaini juega para Scioli y Amadeo Genta, el líder de los municipales porteños se entiende con Mauricio Macri.
Por otro lado, suena cada vez con más fuerza la posibilidad de una unificación de la CGT, aunque no antes de las PASO. Los grandes gremios avalan la idea, pero en este contexto de intereses cruzados no es el momento ideal. El poder que todavía conserva Cristina, por otra parte, hace imposible un acercamiento del sector de Caló y Pignanelli, todavía leales a la Presidenta, y el de Moyano o Barrionuevo, enfrentados a ella.
Mientras tanto, la realidad rompe algunos mitos. Se ha dicho en reiteradas oportunidades que “no se puede gobernar con los gremios en contra”. Los trece paros contra Alfonsín o la crisis de gobernabilidad de la Alianza tras un intento de reformar la legislación laboral, serían las pruebas más cabales de la veracidad de esa hipótesis. Pero si bien es cierto que una parte del sindicalismo todavía responde a la Presidenta, no es menos cierto que muchos de los gremios de mayor peso se encuentran en la vereda contraria. Y eso no impidió que CFK llegue al fin de su mandato con iniciativa, poder y niveles relativamente altos de imagen positiva, lo que pone en duda la vigencia de aquella máxima.
Por otro lado, tampoco está tan claro que un no peronista vería amenazada la gobernabilidad de su mandato por tener a los gremios en contra, ya que ni los gremios revisten de la trascendencia política de décadas atrás, ni sería imposible que algún sector del sindicalismo apoye a un presidente no peronista. Sin ir más lejos, Mauricio Macri, principal candidato del espacio no justicialista, ha podido convivir exitosamente con el gremio de municipales de la Ciudad, uno de los más antiguos del peronismo más ortodoxo.
Por otra parte, no está en la agenda inmediata de ninguno de los postulantes a la Presidencia una reforma de las leyes laborales, un tema que es siempre sensible para el sindicalismo, como mostraron las experiencias atravesadas con la ley Mucci y luego con la ley de flexibilización laboral en tiempos de la Alianza. La oposición parece haber aprendido de esos errores del pasado, y si la economía y el empleo crecen en los próximos años -como pronostican todos los precandidatos-, no habría razones para prever un escenario conflictivo. Pese a su desprestigio social y su escaso potencial electoral, los gremios siguen siendo un interlocutor ineludible en la política argentina. Eso también lo saben los presidenciables.