Esquivando el bulto

Por Gonzalo Neidal

Por algún motivo cuya dilucidación nos excede largamente, en la política argentina no se habla de los temas centrales sino de un modo elusivo e indirecto. Siempre se lo hace de una manera general, con carencia de precisiones, con abundancia de ambigüedades.
Un caso concreto, para esta campaña electoral ya en marcha, es el de las modificaciones que deberán hacerse a la política económica a fines de cortar la acumulación de tensiones que la política actual ha desarrollado a lo largo de todos estos años. Todos los candidatos saben que el programa en curso es insostenible a lo largo del tiempo. El déficit fiscal ha crecido al punto de generar y sostener un alto nivel de inflación. Como consecuencia, el tipo de cambio se ha desmoronado y ya trae problemas a los exportadores más pequeños. Para colmo de males, el precio de los productos primarios de exportación han caído y las reservas se han achicado hasta niveles peligrosos.
Son los resultados habituales de las políticas populistas. No hay ninguna novedad en esto. A un ciclo de felicidad expansiva, con elevación del gasto público, sigue otro con contracción de todas las variables, que ya estamos viviendo.
El populismo sólo está preparado para actuar en condiciones de prosperidad económica, cuando los recursos abundan por razones ajenas a su propia política. Del consumo de esos recursos extraordinarios surge el mito de los beneficios y excelencias del populismo. Pero no es más que un espejismo: el populismo siempre termina del mismo modo, con desbordes del gasto, inflación, baja en la productividad y en la producción, caída en los ingresos, mayor pobreza.
Es infalible: la crisis siempre llega. Claro que al no expresarse necesariamente como en 2001, el gobierno puede hacer malabarismos y decir que todo va bárbaro y que, si alguien intentara poner las variables en caja y sufre un reventón, es porque se trata de un ajuste neoliberal para perjudicar al pueblo.

De eso no se habla
No hay palabra más ominosa que “ajuste”. Dicen que el publicista Agulla le prohibió pronunciarla a Fernando de la Rúa. Nadie quiere hablar del tema. La presidenta no habla siquiera de la inflación. Prefiere mentirla, esconderla bajo la alfombra antes de aceptar que ahí tiene un problema. Una situación ciertamente ridícula y caprichosa. ¿Cómo reconocer que tenemos un problema? ¡Eso es de débiles! Que nos acusen de falsear los números. Nos defenderemos y diremos que quienes nos critican están pagados por los bonistas que aspiran a una mayor retribución por aumento del índice de precios.
Los candidatos, por su parte, hacen silencio sobre la tarea que deberán emprender desde el estado en caso de ganar. Podrá decirse que no pueden hacer otra cosa, que es poco seductor hablar de ajustes, restricciones, recortes, reducciones y palabras de igual calibre ordenador.
Daniel Scioli, por ejemplo, no está dispuesto a aceptar siquiera que un ajuste sea necesario. Su principal asesor económico es Miguel Bein, un profesional que durante todos estos años ha apoyado paso a paso el programa económico en marcha aún es aspectos tan controvertidos como el control de precios como estrategia anti inflacionaria.
Si las cosas siguen como hasta ahora en los meses que restan para las elecciones presidenciales, Scioli habrá tenido razón en su estrategia electoral para llegar a la Casa Rosada. Silencio completo, adhesión total a la presidenta, omisión de desafíos y actos que puedan ser tomados como provocaciones, aceptación pasiva de críticas, insultos y desplantes por parte de Cristina y sus colaboradores más estrechos. Para él, se trata de profundizar lo que ya está en marcha. Las cifras de adhesión a la presidenta parecen darle la razón.
Sergio Massa tampoco está dispuesto a nombrar la palabra ajuste. Está rodeado de gente que, como él mismo, integraron este gobierno hasta hace pocos meses. De tal modo que su ideario económico tiene una fuerte base común con el que se desplegó en estos años. Leyendo y escuchando a Roberto Lavagna eso queda bastante claro. Las propuestas de Massa parecieran apuntar a una suerte de emprolijamiento del populismo, una moderación de lo que ya tenemos.
A Massa se ha sumado ahora el gobernador de Córdoba José Manuel de la Sota que en ocasión de la presentación de su libro, ha tenido algunas definiciones económicas curiosas, si tenemos en cuenta su propia trayectoria. En su empeño por cuestionar a Macri, se presenta como furioso crítico de la libertad de mercados y advierte sobre el peligro de las privatizaciones generalizadas, intención que adjudica al Jefe de Gobierno porteño.
Mauricio Macri, finalmente, podría ser considerado como el que más se acerca a un ideario económico distante del vigente. Sin embargo, sus definiciones son bastante magras. Su economista en jefe es Carlos Melconián, un peronista que otrora fue cercano a Menem y que compartió las reformas impulsadas por el riojano durante los noventa.
Si nos atenemos a la experiencia transformadora del estado llevada a cabo por Menem y Cavallo, podría pensarse que quien está en mejores condiciones de llevar a cabo el inevitable ajuste es un gobierno que suba ungido por votos peronistas y que, en el gobierno, en presencia de una realidad distinta a la que pensaba encontrar, pegue un giro hacia la racionalidad y pague los costos políticos necesarios para torcer el rumbo.
Como fuere, esto recién comienza. Veremos cuánto tiempo más pueden eludirse las definiciones concretas sobre los temas centrales.