Peronistas somos todos

Por Gonzalo Neidal

DYN28.JPG[dc]M[/dc]auricio Macri ha dicho que él comparte “el cien por ciento de las banderas del justicialismo”. Agregó que él no está de acuerdo, en cambio, con “lo hecho por el PJ en estos últimos 25 años”.
Esta frase nos desliza inevitablemente hacia la obviedad de la trillada y conocida anécdota, que algunos adjudican a Perón y otros a Mussolini. La versión local alude a un intendente que, interpelado por Perón acerca de la composición del espectro político en su comuna, responde: “Aquí tenemos un 40% de radicales, 30% de socialistas y 30% de demócratas progresistas”. Perón preguntó si no había peronistas. “Ah, no…¡Peronistas… somos todos!”, obtuvo como respuesta.
Mauricio Macri aparece, en el espectro político, como “la derecha”. Y esto significa, a los ojos de sus detractores, un hombre partidario de la libertad de mercados, lo que significa que es insensible ante cuadros de pobreza e indigencia, enemigo de las conquistas sociales, simpatizante de salarios bajos.
Porque en la Argentina, el monopolio de la sensibilidad hacia la situación de los pobres lo tiene el peronismo y quien adhiere a la economía de mercado es acusado de intentar una agresión hacia los que menos tienen.
Tal es el desprestigio de la palabra “liberalismo” que el resto de los partidos políticos sólo aspiran a mostrarse más peronistas que los kirchneristas que están a punto de terminar su ciclo de 12 años. De hecho, radicales y socialistas adhirieron a varias de las leyes fundamentales de este gobierno. Las estatizaciones de YPF, de las AFJP y de Aerolíneas Argentinas contaron con un amplio apoyo en defensa del “interés nacional” y del “patrimonio de los argentinos”.
Todos los partidos que aspiran a suceder a Cristina aseguran que no es necesario ningún ajuste, que los subsidios podrán conservarse, que seguirá habiendo Fútbol para Todos, que podrá salirse de la altísima inflación sin dolor alguno.
Macri era, hasta ahora, quien se había mostrado escéptico y distante al respecto. Aún hoy es, claramente, el candidato que mantiene mayor distancia respecto del proyecto en marcha. Pero la fuerza de atracción de los votantes peronistas es poderosa. Todos los candidatos intuyen el poder convocante de los subsidios, planes, nacionalizaciones, empleo público. Y todos saben, o suponen, que esas políticas populistas, más tarde o más temprano llevan a un desastre productivo y político.
Pero, claro, consideran poco político decirlo con todas las letras. Incluso piensan que puede ser suicida desde el punto de vista electoral. En el fondo, parecen pensar que las políticas ejecutadas durante todos estos años son las correctas, salvo que hubo desbordes y algunas torpezas. Pero que, manejadas con mayor criterio y prudencia, ese y no otro es el camino.

El espacio de Macri
Macri no se sumó al apoyo a las estatizaciones ni promueve una amplia política de subsidios. Se muestra partidario de los equilibrios macroeconómicos afines a la economía de mercado. Pero a medida que se acerca la fecha de la campaña presidencial, va sumando definiciones compatibles con una política populista. Seguramente lo hace para no enajenarse los votos de los sectores menos favorecidos de la escala social. Así, se ha mostrado favorable a mantener la estatización de YPF y de las AFJP. También se ha mostrado partidario de la Asignación Universal por Hijo y de Fútbol para todos. Y ahora ha dicho que acepta en su totalidad las banderas del justicialismo. Lo dicho: peronistas somos todos.
Cierto es que, inmediatamente, Macri se mostró crítico respecto de “lo que hizo el PJ en los últimos 25 años”, período que incluye los gobiernos de Carlos Menem. Y esta es también una curiosidad: englobar en la crítica las gestiones de Menem con el ciclo K. Tenemos dudas que sea una decisión inteligente. Y, por supuesto, descartamos completamente que pueda tener fundamentos sólidos.
Podría decirse que la política de Menem fue la que correspondió al tiempo histórico que le tocó vivir, de escasez de recursos, bajos precios de nuestros productos de exportación, etc. Y que, al contrario, la política de los Kirchner fue la que era compatible con un tiempo de abundancia de recursos. Ello permitió el despilfarro que hoy, hacia el final del ciclo, nos pasa su factura.
Pero una y otra se han construido sobre bases completamente distintas e incluso opuestas. A punto tal que Menem ha sido objeto de críticas durísimas por cuanto su política de privatizaciones y libertad de mercados se ha considerado como una herejía contraria a los preceptos ideológicos del peronismo.
Pero en esto también Macri actúa como un candidato presidencial: hoy por hoy reivindicar algún aspecto de los años de Menem también podría ser considerado como suicida desde el punto de vista electoral.
No obstante, la duda que nos queda es la siguiente: si Macri se empecina en mostrarse complaciente con la política económica en marcha, con el objetivo de no herir la susceptibilidad de los votantes peronistas, corre el riesgo de privarse del voto de amplias capas de clase media que cuestionan severamente la economía K y lo ven a él como el único candidato que capaz de torcer el rumbo económico de esta última década.
La picardía electoral de mostrarse complaciente con aspectos de la economía K a fines de capturar una porción de esos votos tiene sus problemas: ya existen dos candidatos fuertes que, con distinta intensidad, procuran lo mismo y con mayor fundamento que Macri. Ellos son Sergio Massa y Daniel Scioli.
Quizá lo más inteligente para Macri sea resignar esa disputa y abrirse camino, sin miedo a perder votos, en un enfoque no sólo distante sino claramente opuesto –en sus aspectos centrales- a la política identificada con este modelo populista.
Todavía falta mucho. Los escenarios pueden cambiar y el discurso de los candidatos puede ajustarse.