La pulseada por la agenda

Por Gonzalo Neidal

catedral 1Cristina siente que, desde que el fiscal Alberto Nisman hizo la denuncia a mediados de enero, ella ha perdido el control de la agenda política.
Y es así, efectivamente. Y es así por varios motivos, además del decisivo: la denuncia y la inmediata muerte de Nisman.
Sucede que naturalmente, en un año de relevo presidencial, la principal atención de la gente y de los medios está puesta en los potenciales sucesores. Sus dichos, silencios, alianzas, gestos, actos públicos, propuestas, evolución de las encuestas, etc. El presidente en ejercicio deja de ser el atractivo principal. Y esto ocurre cualquiera sea el año, cualquiera el presidente, cualquiera los potenciales candidatos a ocupar el sillón de Rivadavia.
Pero, además, ocurrió lo de Nisman. Y la Justicia, que perdió el miedo ante la inminencia del cambio de guardia, ha decidido cobrarse todas las facturas juntas en estos últimos meses de gobierno. Gerardo Pollicita, el nuevo fiscal, formuló la denuncia contra Cristina preparada por Nisman, confirmaron el procesamiento del vicepresidente Amado Boudou y, en una conspiración de vastos alcances, un juez de Nevada liberó información respecto de las empresas de personajes vinculados al gobierno y un magistrado uruguayo pidió la extradición de Alejandro Vandenbroele, sindicado como testaferro de Boudou. Todo mal.

Golpe blando
Tratándose de bravíos luchadores contra los imperios, acusar de golpistas a quienes marchan en silencio reclamando por un fiscal muerto, parece una mariconada.
A tal punto se trata de una acusación desopilante, que uno de los principales ideólogos del gobierno, el periodista Horacio Verbitsky, se negó a sostener la tesis del golpe. Al parecer, el escriba oficialista no está dispuesto a masticar todo el vidrio que le ponen delante.
¿Cómo se representa el gobierno el supuesto golpe? Un juicio político no podría prosperar pues la oposición carece de las mayorías necesarias. Una movilización contundente no es, necesariamente, una invitación al helicóptero.
La presidenta subestima a la oposición. Nada sería más inconveniente en todo sentido, para el gobierno entrante cualquiera sea él, que un abandono intempestivo y abrupto de la presidenta. Por varios motivos. Más allá del deterioro y fragilidad institucional que tal situación implicaría, dejaría a la presidenta como una mártir acosada e impedida de concluir su mandato. Pero lo más importante de todo quizá sea que estos próximos diez meses de su gobierno significarán para Cristina una acumulación de malas noticias y problemas que van a deteriorar su imagen y menguar su influencia política. ¿Para qué privarla de este tramo tan desfavorable?
De todas maneras, hay que recordar que no estamos en una monarquía sino en una república. Con sus imperfecciones pero una república. Y por eso, la presidenta no es intocable.

La democracia no se imputa
Esta críptica consigna se le debe haber ocurrido a la presidenta, no a sus asesores de imagen o a sus publicitarios. ¿Qué quiere decir exactamente? No se entiende bien. Veamos.
La imputada es la presidenta, no la democracia. Y la presidenta no es la democracia, equivalencia que queda insinuada implícitamente en la consigna oficial. La presidenta ha sido elegida por una mayoría importante de votos, es cierto. Como Richard Nixon, como Collor de Melo. Pero ella, y cualquier otro, tiene que rendir cuenta por sus actos, como cualquier hijo de vecino. En eso consiste la república. Y la democracia. Si no, estaríamos en plena vigencia de “l’état c’estmoi” (El estado soy yo), frase pronunciada por un rey adolescente.
Pero en la lógica del poder populista, nada está por encima del Ejecutivo y nadie puede osar objetar al presidente. Ni siquiera la justicia.
La democracia no se imputa es una frase hueca que pretende privilegios insostenibles para la presidenta, que es la verdadera imputada.

También la Iglesia
Los únicos que piensan que se acaba el mundo cuando este gobierno se vaya porque su mandato ha concluido, es la propia Cristina y algunos de sus acólitos.
También la Iglesia está abriendo el paraguas (expresión que tiene un nuevo significado desde hace algunos días) para los tiempos que llegan. La Pastoral Social de Córdoba hizo conocer ayer un comunicado titulado “Cuidar la Patria”. Allí, con su lenguaje cuidado, genérico pero de significación indubitable, la Iglesia suma su advertencia al delicado momento político que vive el país.
Convoca a “consustanciarnos con valores como la justicia, la libertad, la responsabilidad, la legalidad…”. Llama a “combatir las conductas corruptas…, controlar la transparencia de la gestión de gobierno y exigir a los funcionarios públicos que rindan debida cuenta de sus actos”.
Se cierne una tormenta sobre el gobierno y éste sólo apela a contrarrestarlo con cadenas nacionales y anuncios insustanciales. La de ayer, por ejemplo, fue patética: Cristina anunció la primera soldadura de un gasoducto, destacó que el país ha batido el récord de consumo de Coca Cola y se mostró satisfecha con la habilitación del nuevo edificio de una intendencia.
Cristina tiene la cancha marcada. Pero se niega a aceptarlo. La realidad suele tomar venganza contra quienes la ignoran.