La conspiración de Murphy

Por Gonzalo Neidal

DYN64.JPGAsí como hay círculos virtuosos, los hay viciosos.
Las cosas comienzan a salir mal y, en el afán de enmendarlas, el gobierno se equivoca y termina agravando la situación. Es como si los dioses, protectores supremos de los tiempos de gloria y euforia, ahora se distrajeran o directamente hubieran decidido dejar que el gobierno termine de extraviarse en los caminos resbalosos de la confusión.
Es el reino de las Leyes de Murphy. El oficialismo rogó de mil maneras que llegara la lluvia para debilitar la marcha convocada en homenaje a Nisman. Y la lluvia llegó a la hora justa: en plena marcha. Sin embargo, estuvo lejos de frustrarla. Al contrario: le otorgó una dimensión épica. Le añadió un perfil heroico.
Creó la imagen de los paraguas andantes, de gente caminando silenciosa mojada hasta los tuétanos, de marchantes obstinados en la búsqueda de la justicia. La lluvia construyó la imagen de los paraguas con el fondo del Cabildo, con manifiestas reminiscencias de Mayo y de pueblo queriendo saber de qué se trata. Todo mal para el gobierno. Parece cumplirse aquella frase atribuida a Oscar Wilde: cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias.

Muchos o pocos
Tras la marcha llegaron los cálculos inevitables acerca de la cantidad de gente. Si eran más o menos de los que se esperaban, si eran más o menos que en las marchas anteriores. Y se trata de una discusión que carece del sentido que los analistas kirchneristas le quieren dar. Nadie en la Argentina llena las calles del modo que lo hizo esta marcha. Y menos aún sin el auxilio del presupuesto público o, cuanto menos, sindical.
Si la marcha fue o no espontánea? Depende en qué sentido lo digamos. Los partidos políticos no participaron sino a nivel individual algunos de sus dirigentes. Pero ni sindicatos ni partidos se movilizaron, juntaron gente, pusieron colectivos, pagaron refrigerios para favorecer la concentración. Cada uno fue por la suya y, en algunos lugares, en condiciones de gran adversidad climática.

Sociología de las marchas
En cada marcha aparecen los analistas intentando elucubraciones que demuestren, cuanto menos, que los que marchan son los malos, los antinacionales, los enemigos de la patria, los ricos y explotadores. En tiempos de Perón, hace 70 años, se pretendía que en el país existían dos bloque socioeconómicos: uno representaba al viejo país agrario y el otro (el de Perón), al nuevo país industrial que emergía impulsado por su líder y el Ejército. El progreso y la reacción. La Segunda Ola contra la Primera. Ésta, improductiva, caduca, rentista, incapaz de generar las transformaciones que la hora demandaba, hacía perder al país la oportunidad de transformarse en un país desarrollado, debido a su naturaleza improductiva y a su concepto dilapidador.
Perón, al contrario, lideraba un bloque de intereses que pugnaban por llevar al país por la senda de la industrialización. Los obreros, los pobres de la ciudad y el campo, un sector de los industriales que dependían del mercado interno, etc. Tal la visión de aquellos años.
Más allá del acierto o error de esa lectura, cabe preguntarse si hoy la división del país –que existe y es estimulada por el gobierno- delinea sectores de intereses económicos tan marcados como se pretendía en la inmediata posguerra. ¿El campo es improductivo? ¿Los trabajadores están con el gobierno? ¿Los desocupados que viven de subsidios estatales son el motor del progreso histórico? ¿Los industriales más modernos son reaccionarios? ¿La clase media es burocrática e improductiva? En definitiva… los que verdaderamente producen en el país… ¿de qué lado están?

Marcar la cancha
El concepto político de la presidente es adolescente. Más propio de la política universitaria que de un estadista. En el tramo final de su gobierno, y como obedeciendo una curiosa demanda de su naturaleza más que a necesidades políticas, comete gruesos errores. Y lo hace en su intento, vano y tardío, de mostrar que su poder permanece incólume y robusto como en los tiempos de gloria.
Se enfrenta con los sindicatos, que le reclaman el avance del impuesto a las ganancias sobre los jornales. Se enoja con Nisman incluso después de muerto, dando la sensación de un resentimiento injustificable en un jefe de estado. Y desafía a los manifestantes diciéndoles que al gobierno “nadie le marca la cancha”, expresión con la que intenta expresar que ella no recibe presiones de nadie. O, dicho de otro modo, que ella no tiene en cuenta los reclamos que puedan hacerle. Un concepto extraño de la democracia y del significado de la protesta popular.
Este año, el de la renovación presidencial, ha comenzado con una intensidad impensada. Corren vientos de cambio de poder. Y aún faltan diez meses para que Cristina se vaya.
Un corto lapso o una eternidad, según cómo se mire y cómo se viva.