El hombre que no ama a los diarios

Por Daniel V. González

DYN01.JPGCapitanich adora los énfasis.
Se muestra enérgico, aguerrido. Como si pensara que es preciso meter miedo con la cara y los gestos.
Consciente de que su rostro no hubiera atravesado indemne un escrutinio, aún somero, de Cesare Lombroso, intenta darle a él un uso intimidatorio.
Y no estaría obteniendo los resultados esperados.
Capitanich ha construido su carrera sobre la base de entusiasmos similares a los que ahora exhibe.
Primero con Carlos Menem.
Luego con Eduardo Duhalde.
Después con Néstor Kirchner.
Y ahora con Cristina.
Un hombre de profundas convicciones a quien el gesto severo no le quita ni una pizca de flexibilidad ni mimesis.
Como Capitanich ve que la prensa tiene opiniones que no coinciden con la propia, de ahí extrae que los diarios mienten.

Pero el reciente episodio no se trató opiniones sino de simple información inconveniente para el gobierno. El diario Clarín, el más emblemático y antiguo integrante del Grupo periodístico que obsesiona al gobierno, informó de la existencia de un borrador en el que el fiscal Nisman pedía la detención de la presidenta. Por motivos que se desconocen, ese texto fue descartado por el propio fiscal.
Capitanich estaba seguro de que esta noticia era falsa.
En realidad, a los fines prácticos, no importa demasiado que lo fuera: el fiscal Nisman está muerto. Ya no podrá pedir que detengan a Cristina.
Por otra parte, el gobierno considera que su denuncia –con o sin pedido de detención- es desopilante y poco sustentable. De tal modo, que Nisman en algún momento haya pensado en pedir la detención de la presidenta, resultaba un dato pintoresco carente de efecto práctico.
Seguro, decíamos, de que se trataba de una información falsa, el jefe de gabinete no tuvo mejor idea que romper ante las cámaras las notas periodísticas que informaban aquella decisión que Nisman después abandonó.
En comparación con el ataque a Charlie Hebdo, romper un par de hojas de diario en conferencia de prensa, es un juego. Un acto inofensivo y trivial.
Pero su índole no es tan distante de aquel hecho abominable. Proviene de la misma semilla de intolerancia que en nuestro país y por el momento, no arroja frutos sangrientos sino pintorescos.
Denota una intención, una voluntad de agresión. En realidad, el gobierno rompe las hojas de Clarín porque no pudo romper al Grupo, tal como era su intención primigenia. Lo impidió la Justicia, ese otro enemigo que conspira e intenta destituir a Cristina.
Romper un diario en público, en un ataque de furia, tiene un alto valor simbólico. Es como si uno, mientras rompe las hojas, quisiera hacer lo mismo con el que escribió la nota.
Y le enviara un tosco mensaje.
Una advertencia.
Capitanich tiene la suerte de no haber adquirido la costumbre de leer la prensa mediante el uso de una Tablet. Le resultaría muy costoso al momento –que suponemos cotidiano- de expresar sus desacuerdos.

Lamentamos que la información objetada por el ministro no se propalara originariamente a través de la señal TN. Es cierto que romper un televisor en la conferencia de prensa hubiera demandado el aporte logístico de un hacha.
O una motosierra.
Pero hubiera resultado un espectáculo incomparable, que hubiera trepado a la cúspide de Youtube en pocas horas.
Capitanich no es una persona de suerte: al día siguiente, pocos minutos antes de su rutinario encuentro con la prensa, la fiscal del caso Nisman Viviana Fein aceptó que se había equivocado y que la información de Clarín… ¡era veraz!¡Qué dura noticia para el jefe de gabinete! La información fue dada por radio. Pero esta vez Capitanich no rompió nada.
Ni siquiera rompió en llanto por tanto infortunio informativo.
Tampoco pidió disculpas por su injustificado exabrupto de la víspera. Lejos de ello, volvió a atacar a Clarín. Esta vez porque, en su opinión, no cumplió con la Ley de Medios. Una cháchara inconducente.
Imaginamos la furia del ministro.
Capitanich debería relajarse. Pensar que ya muy pronto se podrá tomar un descanso en su atribulada tarea de defender al gobierno cada día y de lidiar con escurridizos y despiadados periodistas que, además, publican verdades incómodas.
Pronto podrá volver al Chaco y canalizar ahí, beneficiosamente y en casa, tanta agresividad contenida.
Podrá luchar contra el hambre y la miseria en su provincia. Podrá evitar las muertes por desnutrición. Podrá lograr un trato más humanitario hacia los indígenas.
Eso, si es que Francis Coppola no lo convoca para El Padrino IV.
Estamos seguros de que sacaría amplia ventaja en el casting.
Con todo respeto.