El objetivo de De la Sota, ¿sueño o pesadilla presidencial?

Por Pablo Esteban Dávila

p03-1En materia de aspiraciones presidenciales José Manuel de la Sota no es, como quién dice, un novato. En 1988 compitió como precandidato a vicepresidente de Antonio Cafiero en las internas justicialistas y en 2003 protagonizó una fugaz bravata tras el anuncio del entonces presidente Eduardo Duhalde sobre que no se postularía para un nuevo mandato. Ahora, y doce años después de aquél intento, se propone alcanzar por tercera vez el Poder Ejecutivo Nacional.
Más allá que las encuestas no les sean favorables, al menos de momento, es interesante hacer notar que, de llegar a convertirse en presidente de la Nación, el gobernador cumpliría su sueño en el peor de los escenarios.
En 1988, por ejemplo, el país se encaminaba a una crisis inexorable, cuya causa era la hiperinflación. Pero precisamente por la gravedad de la situación, el pueblo se encontraba dispuesto a llevar adelante el sacrificio que hiciera falta con tal de extinguir aquél demonio macroeconómico. De hecho, el propio Menem (vencedor de la fórmula Cafiero – de la Sota dentro del peronismo) llevó un ajuste fenomenal tan pronto Raúl Alfonsín le traspasara la banda presidencial que, por ejemplo, elevó de la noche a la mañana un 200% las tarifas de los servicios públicos. Lejos de opacar la popularidad del riojano, aquellas medidas draconianas le permitieron luego disfrutar de toda una década de preeminencia política.
En 2003, y pese a lo que intenta hacer creer la hagiografía de los Kirchner, el rumbo del país había mejorado ostensiblemente respecto de la crisis de finales de 2001. La devaluación y pesificación asimétrica decretadas por el presidente Duhalde, sumadas a un inédito boom de las commodities agrícolas, habían logrado el aparente milagro de devolver el crecimiento a la economía nacional. Néstor Kirchner sólo tuvo que convencer a los argentinos que él no era el presidente tutelado que muchos analistas vaticinaban que sería, pues el trabajo sucio ya lo había ejecutado su antecesor.
Ninguno de aquellos escenarios será el de finales de 2015. Para cuando Cristina Fernández deba entregar la banda a su sucesor, los desafíos de corto plazo que deberá afrontar el próximo presidente no serán tan evidentes como lo fueron en las crisis de 1989 y 2001. Esto significa que la población estará lo suficientemente dividida respecto a qué debe hacerse como para asegurar que la política económica del nuevo gobierno se encuentre sujeta a fuertes disensos.
Basta observar que sucede en estos meses. Más allá de la muerte del Fiscal Alberto Nisman (un suceso de indudable impacto institucional del que ya hemos dado cuenta en otros artículos), la economía se encuentra transitando carriles previsibles. Mediante toda suerte de triquiñuelas y parches, el gobierno se las ha arreglado para aquietar el dólar e impulsar el consumo, al punto tal que las playas de Mar del Plata han sido elevadas a la categoría de Vaca Muerta en lo que a prosperidad se refiere. El desempleo se encuentra relativamente estable (aunque ampliamente disimulado por el empleo público) y la inflación ha sido internalizada provisionalmente por vastos sectores de la población. De mantenerse este status quo hasta diciembre, muchos ciudadanos podrían concluir que las cosas no se encuentran tan mal después de todo, especialmente aquellos comprendidos dentro de la denominada “patria subsidiada”.
Sin embargo, y por debajo de la línea de flotación, se encuentra la base del iceberg macroeconómico. Y, la verdad sea dicha, sus componentes meten miedo, más allá que sean invisibles para el gran público.
Datos sobran. La Argentina no crece desde el año 2012. El cepo cambiario y las restricciones al comercio exterior, amén de inconstitucionales, profundizan el estancamiento económico. El déficit fiscal alcanza los $250.000 millones (apenas paliado por la ANSES y la emisión monetaria) y la inflación, en ningún pronóstico, será inferior al 30% en 2015, la segunda más alta del planeta. De los superávits gemelos de los que tanto se enorgullecía Néstor sólo quedan ruinas: apenas sobrevive el comercial, no obstante que con márgenes irrisorios.
El decenio kirchnerista acabó con el autoabastecimiento energético, al punto tal que sólo en 2014 tuvo que pagarse al exterior unos nueve mil millones de dólares entre gas y combustibles líquidos. Si esta factura no terminó siendo más onerosa fue porque el precio del petróleo sufrió un histórico desplome, una inesperada contingencia que aportó algunos dólares a maltrecho tesoro nacional. No sólo la energía sufrió las consecuencias del populismo del matrimonio Kirchner. También las vacas y el trigo –dos símbolos ancestrales de la Argentina potencia– siguieron su destino. En la actualidad, el país produce mucho menos trigo que en los malditos noventa, en tanto que el rodeo vacuno tiene la misma cantidad de cabezas que en los años ’70, al punto tal que ni siquiera es capaz de cubrir los mercados atribuidos por la cuota Hilton.
Estas son cuestiones técnicas que interesan a un porcentaje relativamente pequeño de la población y no forman parte, al menos en su totalidad, del bagaje conversacional de los grandes sectores populares, como sí lo fueron en su momento la hiperinflación o la recesión que acompañó al fin de la convertibilidad. Pero, y aunque muchos no perciban la magnitud de la crisis que se cierne sobre el país (o incluso se empeñen en negarla), los datos son obcecados. Allí están. Esto significa que alguien deberá tomar decisiones desagradables que, inexorablemente, serán resistidas por quienes consideran que el orden populista debería perdurar per secula seculorem.
Será este el escenario que debería acometer De la Sota en el caso de llegar a la Casa Rosada. Con su sueño hecho realidad debería enfrentarse, paradójicamente, a una pesadilla de gobierno. Si a esto se le agrega el hecho que no habrá mayorías claras en el congreso –es casi seguro que existirá fuerte dispersión del voto en la primera vuelta (el momento en que se eligen los legisladores) y que el presidente será electo en la segunda– el panorama futuro se presenta como de cierta fragilidad. Amén de estas contrariedades, el kirchnerismo no estará del todo muerto. Lejos de reconocer su absoluta responsabilidad en el estado en que dejará el país, proclamará las bondades de su modelo y combatirá con denuedo cualquier medida que implique su menoscabo. El nuevo presidente deberá tender una mano a potenciales y efímeros aliados en sus iniciativas de Estado y utilizar el puño de la otra para defenderse de estos ataques.
Para colmo, De la Sota no ha dicho todavía que haría ante la eventualidad de ser presidente. En realidad, ninguno de los candidatos lo ha hecho todavía, pero del cordobés siempre se espera más, especialmente cuando se lo sindica, por lo bajo, como el más capaz y con mayor experiencia de todos. Probablemente tenga razones que coincidan con las del resto, que no son otras que ocultar, por el tiempo que se pueda, la verdadera naturaleza de lo que hay que hacer. Pero esta estratagema puede que no dure demasiado: puestos a correr en una carrera donde nadie dice gran cosa (excepto las obviedades de rigor) los presidenciables deberán en algún momento develar su programa para sacarse alguna ventaja. ¿Será el gobernador el primero en hacerlo? La oportunidad está a su alcance, no obstante que sea imposible de asegurar si esto lo acercará o alejará de su sueño o pesadilla, depende del lado que se lo mire.