Profesión insalubre

DIAPASON1Cuando uno piensa que el periodismo puede llegar a ser una tarea insalubre, probablemente se represente la imagen de un cronista de guerra, preferentemente occidental, vestido con atuendo naranja, arrodillado al lado de un miembro del ISIS rigurosamente encapuchado, que amenaza con degollarlo. O quizá a un periodista viajero, destinado a cubrir un brote de Ébola en algún lugar recóndito del África más elemental y despojada.

Pero no nos referimos a estas formas manifiestas de daño.

Existen otros modos en que la profesión de relatar el presente puede terminar perjudicando la salud. Los ataques de un gobierno intolerante es una de las más obvias y directas. Los periodistas críticos suelen recibir escraches, visitas de la AFIP, abucheos, amenazas anónimas o ataques directos.

Pero existe, al menos en el caso de la Argentina, un modo más sofisticado y, si se quiere, indirecto mediante el cual los hombres de prensa pueden resultar víctimas y su salud puede quedar dañada.

Nos referimos al ejercicio del periodismo oficialista, el periodismo encargado de respaldar al gobierno en todo momento y ocasión. Ese periodismo que ha visto esfumarse todo espíritu crítico, materia prima básica con la que se moldea cualquier mirada sobre la realidad que merezca ser tenida en cuenta.

Lejos de cuestionar y criticar al poder, este periodismo busca su mano suave acariciando su lomo dócil, rendido al influjo de la comida fácil que la cercanía del poder concede a quienes han resignado su mirada rebelde o, cuanto menos, suspicaz.

Estos días, en ocasión del Caso Nisman, hemos tenido ejemplos de a puño en la prensa oficialista. El espectáculo causa una mezcla de lástima, rabia y gracia. Para colmo, como el poder –la presidenta- pasa por unos días de inseguridad y vacilaciones, los saltos acrobáticos que los periodistas oficialistas se ven obligados a dar, resultan grotescos y un tanto patéticos.

Al comienzo de los convulsionada semana que se inicia con la muerte del fiscal, la presidenta decide que Nisman se había suicidado. Inmediatamente, toda la prensa oficialista suscribe esa tesis, la abona, la explica, la defiende con entusiasmo, abunda en detalles y análisis.

Pero resulta que un par de días después la presidenta cambia de humor y elije que Nisman fue asesinado. Imaginamos el esfuerzo de los periodistas oficiales. Todos a recapitular. Todos a desdecirse, a explicar lo contrario que habían sostenido hasta ayer. Pero sin ninguna explicación que mediatice entre una y otra convicción. Nada. Simplemente antes se decía A y ahora se señala que lo correcto es B. Sin dar explicaciones por el cambio ni reconocer errores de apreciación. Nada.

¿Qué hay en la cabeza de un periodista que acepta semejante situación? ¿Nada en él se rebela contra tanta indignidad?

¿Qué lo lleva a aceptar calladamente tener que prescindir de la verdad para, simplemente, sumarse con énfasis y entusiasmo a sostener las necesidades políticas del poder que, además, le paga el sueldo a través de una generosa pauta publicitaria?

Probablemente encuentren una explicación a su conducta: son parte de una lucha contra los grandes poderes mundiales y, puestos en esta dura tarea, todo vale. Incluso la mentira. Visto así, el lacayo solo lo es en apariencia: en realidad es un león que defiende a los pobres contra los poderosos.

En todo caso, se trata de una explicación confortable que quizá nadie crea.

Ni ellos mismos.

DVG