Tarde, poco y de mal gusto

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra cristina tras la bandera[dc]A[/dc]l final habló Cristina. Lo hizo por Cadena Nacional, a doce días de la muerte del Fiscal Alberto Nisman. Dijo poco, lo hizo tarde y, en nuestra opinión, fue de mal gusto.

Es difícil explicar porqué un tema de gran trascendencia institucional mereció, en un principio, tanta desidia de parte de la presidente de la Nación. Dos cartas en Facebook, de contenido autorreferencial y frases crípticas, fue todo lo que Cristina optó por decir sobre este grave suceso durante los primeros días.

Esta opción comunicativa, como podía esperarse, no fue del agrado de casi nadie. La opinión pública se preguntaba cual era la razón de por qué una persona tan afecta al uso abusivo de la Cadena Nacional no optaba por esta modalidad (en este caso, plenamente justificada) para llevar alguna certeza –cuando no algo de sosiego– a una sociedad todavía impactada por lo sucedido con Nisman. Cuando, finalmente, la presidente decidió hacerlo, dejó bien en claro que lo suyo sería una puesta en escena destinada a ratificar la eterna condición de mártir que pretende para sí el kirchnerismo.

Optó por mostrarse en televisión vestida de blanco, en silla de ruedas y con una férula en la pierna afectada por un esguince. La imagen fue la de una persona vulnerable, de alguien que también es una víctima pese a lo encumbrado de su jerarquía política. El discurso, como no podía ser de otra manera, fue conteste con tal escenografía.

No hubo condolencias para la familia de Nisman ni certeza alguna de lo sucedido. Al contrario, mostró que también ella recibió información fragmentaria y tardía sobre el acontecimiento, casi como si su estadía en la Quinta de Olivos la hubiera transportado a un universo más allá de sus responsabilidades de gobierno. Sólo afirmó, con bastante contundencia, que lo sucedido era el producto de una guerra de espías cuya destinataria final era ella misma y que había encontrado en el malogrado fiscal a un funcionario sin rigor capaz de presentar una denuncia inconsistente en su contra.

Como solución a este combate entre fuerzas del mal, propuso discutir una ley para reformar de cuajo los servicios de inteligencia, como si los doce años del kirchnerismo hubieran comenzado el lunes. Propuso, asimismo, pasar las escuchas telefónicas desde la actual SI (o ex SIDE, como prefiera) a los fiscales de Alejandra Gils Carbó, algo que tampoco podría dejar muy tranquilo a nadie que se encuentre dentro del radar de la Casa Rosada.

En sus palabras apareció un sospechoso, el señor Diego Lagomarsino. No solamente por haber proporcionado el arma que ocasionó la muerte del Nisman, sino porque «es un férreo opositor al Gobierno” y que, “además es hermano del gerente de informática del diario Clarín, que trabaja para el estudio Sáenz Valiente”, una especie luego desmentida por el multimedio. Cuesta creer de cómo la condición de opositor –una posibilidad de tantas dentro del juego democrático– pueda arrojar una pista sobre un episodio de esta naturaleza.

Se advierte que, para la presidente, el episodio Nisman es sólo un capítulo más de la eterna lucha que libran los poderes concentrados contra ella y su administración, y de la que entran y salen –según convenga a estos intereses inconfesables– diferentes actores de reparto. Así, los mismos espías que no le perdonaron el Memorándum con Irán le hicieron escribir al fiscal una denuncia “disparatada” y que, posteriormente y merced a un entendimiento entre Lagomarsino y Clarín, lograron que el hombre muriera en extrañas circunstancias. Nisman, última ratio, es sólo un engranaje mortal dentro una compleja maquinaria destinada a destruirla.

Ya el justicialismo había anticipado esa tesis con su pronunciamiento de la semana pasada. Para su Consejo Nacional, la dinámica “destituyente” no tiene ninguna pretensión de originalidad y se integra por «denunciantes profesionales, fiscales o jueces con clara condición opositora, operaciones de inteligencia falsas y medios de oposición opositores dispuestos a divulgar información falsa”. Todos están contra Cristina; la aborrecen por sus logros políticos, por tener un canciller como Timerman, por la gente que veranea en Mar del Plata y porque supo terminar con los privilegios ancestrales que, aparentemente, gozaban estos grupos.

Todo esto es, por supuesto, de mal gusto. La lógica que utiliza la presidente y sus defensores es tan binaria, tan primitiva, que cuesta no adjetivarla, lisa y llanamente, como berreta. Han elegido hablar mucho y decir poco, porque el kirchnerismo ha ingresado en un letal vacío conceptual en donde nada de lo que afirma parece ser cierto. Aquella primera carta por Facebook en donde Cristina jugó con la dialécti de “suicidio (¿suicidio?)” es reveladora. En el universo K, la realidad es un juego de abalorios, en el que es posible seleccionar las cuentas de colores entre una bisutería azarosa según sea la conveniencia, y a condición que sea la presidente quién lo haga.

Tras la Cadena Nacional, la familia del fiscal se quedó sin las condolencias oficiales y la sociedad asistió a otra manifestación del inacabable y tedioso martirologio presidencial. En lugar de comprometer los esfuerzos del Poder Ejecutivo para colaborar en la investigación, Cristina optó por señalar al fiscal como una marioneta de intereses inconfesables cuyo blanco sigue siendo ella. El mensaje es oscuro (y en buena medida inverosímil), pero puede leerse entrelíneas: no se trata de Nisman, sino de un desafío a su propio poder.