Criollo, sinfónico y eléctrico

Por J.C. Maraddón
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ilustra gaucho electricoVaya uno a saber cuántas veces, con mejor o peor suerte, se intentó la rara cruza entre el folklore y el rock. Presentados en un principio como géneros antitéticos –el uno en defensa del pasado y la tradición, el otro en busca del futuro y la renovación-, era lógico que colisionaran más que mixturarse, mirándose con el recelo que cada uno tenía con respecto al otro, en aquellos lejanos tiempos en que el rocanrol alteró la paz del planeta.

Pese a ese inicio tan poco alentador de la relación, siempre han existido audaces que se animaran a trazar puentes de un estilo al otro, en procura de un enriquecimiento artístico que los beneficiara a ambos. Pero la resistencia del público del folklore ante la presencia de instrumentos como la guitarra eléctrica, y el prejuicio de los rockeros frente a un bombo legüero o un sikus, dificultaron al principio las posibilidades de armonizar la trayectoria que iban desarrollando estos géneros, cada uno por su lado.

A comienzos de los años setenta dieron inicio en la Argentina experimentos de mixtura como los de Arco Iris y Litto Nebbia, que abrieron el camino para que otros músicos de rock se acercaran a los sones tradicionales sin tanto remilgo. Y al otro lado de la Cordillera asomaron Los Jaivas, quienes hicieron un culto de la fusión entre folklore y rock y tuvieron notoria influencia de este lado de los Andes, sobre todo cuando debieron exiliarse aquí tras el golpe de estado de Pinochet. A partir de esas iniciativas, dejó de reportarse como exótico un cóctel al que se sumó hasta el Flaco Spinetta, cuando en su disco “Kamikaze” incluyó una composición que databa de su adolescencia y que había permanecido inédita hasta ese momento: la zamba “Barro tal vez”.

Ha corrido mucha música bajo el puente y ha trascendido la obra de artistas inclasificables, como León Gieco o Peteco Carabajal, que más allá del género en el que arrancó su carrera, se han consagrado en el límite que une más que separar a la música nativa del rock. Así, tanto se ha dado la actuación de intérpretes de folklore en festivales rockeros; como, a la inversa, se han escuchado voces provenientes del rocanrol en los principales encuentros folklóricos de la provincia. Un ejercicio de convivencia que, a fuerza de predicar, parece haber prendido entre la gente como si nunca hubiese habido muros separando.

En ese marco, y sólo en él, debe leerse la interpretación del clásico “La vieja” que se escuchó el sábado en la noche de apertura del festival nacional de Folklore de Cosquín. El abordaje de esa clásica chacarera estuvo a cargo de la Orquesta Sinfónica dirigida por el maestro Guillermo Becerra, que le impuso a esa pieza del repertorio folklórico un respetuoso tratamiento asimilable a la música clásica. Pero eso no fue todo: en carácter de solista, sumó su instrumentación Mathias Di Giusto, ejecutando la guitarra eléctrica.

Aunque la Sinfónica tuvo un desempeño destacado en cada una de las canciones que le tocó interpretar, quizá haya sido ese el momento clave en su actuación, porque significó la apuesta más arriesgada. Un tema folklórico, arreglado de manera sinfónica y timoneado por una guitarra eléctrica, corría a priori el riesgo de derrapar sin remedio. Pero la aventura llegó a buen puerto y los aplausos que premiaron ese esfuerzo significan también un reconocimiento para todos los que durante los últimos cincuenta años procuraron trabajar en pos de una diversidad sonora, en vez de bloquear toda posibilidad de cambio, como si cambiar para bien fuera un pecado.