Bendita TV

ilustra evolucionPor J.C. Maraddón
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Fueron infinitas tardes y noches de escuchar transmisiones radiofónicas. Un partido de fútbol, una carrera de autos, una pelea de box. Un festival folklórico, un acto político, un lanzamiento de una nave espacial. Todo se relataba por radio, en un artificio que consistía en que alguien se situaba en el lugar de los hechos y le contaba a la audiencia lo que estaba sucediendo, ya fuera en un tono eufórico o neutro, según lo indicaban los acontecimientos.

El núcleo de ese contrato entre relatores y oyentes era crucial. Quienes escuchaban debían confiar en que el testigo parlanchín se encontraba realmente donde decía estar y que ponía en palabras lo que verdaderamente estaba ocurriendo. Del otro lado, quienes realizaban la transmisión presuponían que iban a contar con un auditorio que iba a seguir su narración y poseían la infraestructura técnica para poder llevar a cabo esa proeza, poniendo al alcance del público masivo sucesos que acontecían vaya a saber dónde.

De a poco, a medida que los avances tecnológicos lo fueron permitiendo, la televisión metió su cuchara en el asunto y pretendió asumir para sí la responsabilidad de llevar los más importantes eventos a todos los hogares. La llegada del hombre a la Luna, la pelea de Alí con Ringo Bonavena, o la final que San Lorenzo le ganó a Ríver en 1972, permanecen en mi memoria entre las primeras transmisiones a las que pude ver en el tele de mi casa, además del famoso Gran Premio de Argentina en el que Carlos Reutemann ganaba de punta a punta… hasta que se quedó sin nafta.

La percepción mediatizada por los relatores radiofónicos no tenía nada que hacer al lado de la televisación, que ofrecía la posibilidad de observar con nuestros propios ojos lo que estaba ocurriendo, más allá de las limitaciones lógicas que puede tener una cámara de TV en comparación al ojo humano. Y si bien hasta el día de hoy la radio logra con su magia que la gente siga escuchando por esa vía el relato de matches deportivos y de shows musicales, desde hace mucho tiempo es la televisión la que acapara la mayoría de la audiencia que pretende seguir de cerca lo que pasa en un ring, en un estadio o sobre un escenario.

Llevada al extremo, esta tendencia dio como resultado que nada tenía existencia si no aparecía en TV. Lo que merecía ser televisado, lo que era considerado digno de convertirse en entretenimiento para millones de televidentes, era lo único a lo que se le daba entidad. Y el objetivo de máxima para todo ciudadano era salir en la tele, porque era eso y no su DNI lo que le otorgaba una identidad pública que valiera la pena.

El terremoto que causaron en nuestros hábitos y costumbres las nuevas tecnologías, sobre todo entre jóvenes y adolescentes, han empezado a transformar ese paisaje. Y hoy plataformas como Youtube comienzan a disputar esa hegemonía de la pantalla chica. Sin embargo, la polémica desatada por las disputas en torno a la televisación del Festival Nacional de Folklore de Cosquín parecieran remontarnos al tiempo en que si algo no se asomaba a nuestro aparato de TV, era sencillamente porque no existía.

Más allá de los factores políticos y económicos que puedan haber rodeado al episodio coscoíno, su resolución abre la puerta a dos conclusiones coexistentes: por una parte, estamos ante la última ocasión en la que la tele es un factor indispensable; y por otra, se ha abierto una nueva posibilidad, la de que el festival transcurra por carriles reales y virtuales en los que la televisación sea un detalle no necesariamente determinante.