El folklore del fandom

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra abel pintos copia[dc]A[/dc]sí como la semana pasada reflexionábamos sobre el emotivo adiós de Horacio Guarany al escenario de Jesús María, en el que protagonizó tantas noches de gloria, debemos ahora reconocer que ha sido el propio festival el que ha resuelto la intriga acerca de cómo salir de esta encrucijada. Porque, según consignábamos, genera dudas esta instancia en la que se produce el retiro de las figuras de fuste, al mismo tiempo que arrecian las críticas hacia la práctica de la jineteada por el maltrato a los caballos. Y entonces cabe preguntarse hacia dónde va el destino de un evento que gira, precisamente, en torno a la tradición y a la doma.

La jornada del jueves pasado trazó una magistral respuesta para esta cuestión central, en la que el paso del tiempo obliga a que ciertos usos y costumbres deban adaptarse a los nuevos vientos que soplan, para no caer en el olvido. Y que un encuentro orientado a rescatar los valores del pasado se haya prestado al juego de las adolescentes que idolatran a Abel Pintos es un indicador de que, muchas veces, aggiornarse sin perder la esencia es un puente hacia el futuro que bajo ninguna circunstancia debería ser menospreciado.

También pretende marchar en el mismo sentido el espacio que se le otorgó en la grilla a expresiones vinculadas al cuarteto y a la cumbia canchera. Pero resulta difícil encontrar allí un anclaje campero, ya que ambas son músicas que han encontrado su arraigo en las grandes ciudades, más allá del origen que hayan tenido y que sí pudo haberse situado en zonas rurales. Lo del cuarteto vaya y pase, porque es un género que nutre como pocos la identidad cordobesa. Pero a los rugbiers puestos en estrellas cumbieras cuesta hallarles algún asidero folklórico que justifique su presencia en el escenario Martín Fierro.

Abel Pintos, en cambio, es un artista de un incuestionable estirpe festivalera, que al haber surgido a una edad precoz tuvo tiempo luego para sondear en otros estilos, de la misma manera que lo hicieron jóvenes de su generación como Soledad Pastorutti y Luciano Pereyra. De sus incursiones por lo melódico, lo pop y lo rockero, recogió el aplauso de fanáticas que quizá de otra forma no se hubieran acercado nunca a los sonidos autóctonos, ni se les hubiera ocurrido participar de un encuentro como el de Jesús María, tan alejado a priori de las motivaciones de las teenagers.

Muchas de esas chicas que colmaron la capacidad del anfiteatro José Hernández y que obligaron a poner refuerzos en las líneas de colectivos que llevan de Córdoba a Jesús María, probablemente abandonarán ese fandom (tal como se les denomina a los grupos de fans que siguen a un artista) apenas crucen la mayoría de edad, para ya no volver jamás a un festival al que supieron asistir con tanto entusiasmo. Pero no pocas regresarán año tras año como público cautivo del evento, si es que éste sabe ofrecerles atractivos (artísticos, gastronómicos, de entretenimiento) para ganarse esa visita anual.

Pareciera que entre ese fenómeno juvenil desatado por Abel Pintos y los récords de asistencia que va marcando año tras año la convocatoria inusitada de Los Manseros Santiagueños, empieza a dibujarse un norte para el Festival de Jesús María, justo cuando se celebra su edición número 50. Reivindicar ciertas tradiciones sin perder de vista las nuevas tendencias que cautivan a los adolescentes, puede ser la fórmula que le insufle a este encuentro el aire necesario para seguir en carrera, a pesar de que vayan quedando en el camino nombres y destrezas fundamentales.