La fuente del deseo

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra anita ekberg[dc]“C[/dc]adum, un shock de frescura”, decía la publicidad que catapultó a la fama a Susana Giménez, a finales de los años sesenta. La locación que se utilizó para el spot publicitario fueron las Tres Cascadas de Ascochinga, donde la hoy septuagenaria diva se bañaba con el susodicho jabón Cadum, vestida apenas con una bikini que sugería mucho más de lo que mostraba. La campaña fue un éxito rotundo no tanto para el producto, sino para la modelo, que inició allí una carrera imparable hacia el estrellato.

El poco ortodoxo “shock” de Susana representó la traducción al argentino de una escena memorable de la cinematografía universal, surgida de la mente y de la lente de Federico Fellini. Aunque sin jabón, la actriz sueca Anita Ekberg recorría las aguas de la Fontana di Trevi para llegar hasta el mismo lugar donde el líquido de la fuente caía desde las alturas. Y allí, bajo ese torrente, mojaba sus cabellos y su vestido, en una secuencia de una sensualidad que transgredía las normas vigentes en Hollywood, pero que no regían en Europa.

Para la ficción de la película “La Dolce Vita”, quien se entregaba a ese baño de frescura era Sylvia, una estrella de cine que en su visita a Roma conoce al reportero gráfico Marcello, o sea, Marcello Mastroianni. Todos nos convertimos el alter ego de ese paparazzi, cuando él observa embelesado cómo la despampanante mujer se integra al cuadro escultórico de la Fontana di Trevi, sin desentonar en absoluto con la obra que representa el hallazgo de un pozo de agua dulce en la Antigua Roma.

Por supuesto, Fellini buscaba precisamente eso. Y vaya si lo conseguía, de la misma manera que Sylvia/Anita lograba que el propio Marcello se metiera con ella en la fuente, con esa cara de juguete de quien se siente tocado por la varita de la suerte. Y allí se quedan los dos, para siempre, inmortalizados por los fotogramas que, para nuestra cultura, tienen casi el mismo valor que tenían en la Antigua Grecia los dioses del Olimpo.

Pero claro, aquellas deidades eran inmortales. Y éstas no. Ya no están entre nosotros ni Fellini ni Mastroianni. Y el domingo, en la Roma que fue escenario de su mayor hazaña cinematográfica, falleció a los 83 años Anita Ekberg, la bomba sueca que había sido la protagonista de un film que, cada vez que hay una compulsa para saber cuál es el mejor largometraje de la historia, se obstina en aparecer siempre entre los primeros puestos.

Sin embargo, más allá de que ya no contamos más con su presencia física en este mundo, en algún sentido la fama de la actriz se asimila a las de los paladines olímpicos que concitaban el culto de los antiguos atenienses. Porque así como todavía sabemos lo que representan Zeus o Afrodita, es altamente probable que la leyenda de la inmersión de Sylvia en la Fontana di Trevi se eternice por los siglos de los siglos, como parte de ese panteón divino en el que continúan haciendo de las suyas aquellas estrellas de cine ya fallecidas.

Bueno hubiese sido invitar a la propia Anita Ekberg a que probara el jabón Cadum bajo las cascadas de Ascochinga, para grabar un spot publicitario que hubiese hecho historia. Pero la sueca se quedó allá, caminando junto a Marcello por las calles de Roma, mientras nosotros llevamos años discando el teléfono una y otra vez, sin conseguir que Susana nos atienda.