La economía, una pinturita

Por Gonzalo Neidal

DYN418JPG[dc]E[/dc]l gobierno se apresta a anunciar que la inflación de 2014 –de todo 2014- ascendió al 24%. La cifra será vivida con alivio por los argentinos que recuerdan que la presidenta anunció en Harvard, hace un par de años, que si la inflación fuera del 25% el país estallaría en pedazos.

Aparentemente, con el 24% eso no sucede. De ahí, probablemente, los esfuerzos del INDEC para no cruzar esa línea que delimita la economía exitosa del estallido.

Como fuere, ya nadie hace caso a la cifra que esputa el INDEC cada mes. Los sindicalistas oficialistas la saltean cada vez que deben negociar salarios. Las otrora denostadas consultoras privadas arrojan números que van del 37 al 40% para los precios al consumidor de 2014. Un simple cotejo con la realidad individual que pueda hacer cada uno de nosotros, le concede a estos porcentajes una mayor cuota de verosimilitud.

De todos modos, existen modos indirectos de estimar la inflación: la tasa de interés, los aumentos salariales, la evolución de la recaudación tributaria son algunos. Y todos ellos nos proponen números cercanos al 40%.

La cifra de nuestra inflación nada tiene que ver con la del resto de los países de la región latinoamericana, que exhiben porcentajes mucho menores, con la sola excepción de Venezuela, país cuyo presidente por estos días es visto deambulando de un lado hacia otro en búsqueda de una limosna que pueda salvarlo del caos económico que vive su país, que ha seguido políticas económicas similares a la argentina.

Ciencias duras y blandas

La economía es normalmente tomada como una ciencia social, una ciencia “blanda” en la que la voluntad y participación de los humanos es el factor determinante e incluso capaz de torcer a voluntad la organización, las normas y los resultados.

Mientras que las leyes de la química, la física o la astronomía no admiten discusión (o, luego de las necesarias comprobaciones, la discusión cesa), el caso de la economía es distinto. Aquí se discute todo. O casi todo. Al menos, esto es lo que ocurre en la Argentina. De ese modo, no existe el fracaso ni el éxito. La verdad o la mentira. La relación entre causa y efecto está completamente desdibujada. La gente que gobierna parece pensar, por ejemplo, que la economía carece de leyes objetivas, de leyes “duras”. Parece creer que todo puede manejarse, que todo es susceptible de manipulación. Parecen estar convencidos de que se trata de un escenario puramente político donde pugnan la voluntad de las corporaciones y los poderosos contra un gobierno que procura defender el interés del pueblo.

Hay una conspiración en marcha: el Juez Griesa y los Estados Unidos contra Argentina y los países contestatarios. Los países que desafían el poder mundial y, además, han implementado modelos exitosos que demuestran que se puede crecer “con lo nuestro”, sin concurrir al mercado internacional de capitales y haciéndole pito catalán a las empresas extranjeras, al CIADI, al Fondo Monetario Internacional, a la Justicia norteamericana y al que se ponga delante.

Para esta visión de la economía, la inflación carece de causas objetivas. Es producto de la maldad y la avidez de los empresarios que buscan una mayor ganancia y, por eso, suben los precios sin límite. Así de simple. Los que piensan que la emisión monetaria excesiva estimula la suba de precios, están equivocados.

En este punto, los economistas del gobierno incurren en una contradicción que muchos le han señalado. Y es ésta: si la emisión –incluso descontrolada- no es causa eficiente de la inflación, entonces… ¿qué esperamos para darle a cada argentino, digamos, un millón de pesos? Eso estimularía la demanda y la economía retomaría su ritmo de crecimiento que ahora parece haber abandonado.

El hecho de que sean Venezuela y la Argentina los dos países con problemas de inflación se explica muy sencillamente: son los que no ceden ante el imperio. Por eso son castigados.

Colombia, Ecuador, Perú, Paraguay, Chile y Bolivia no llegan al 5% anual. Brasil, que superó el 6% acaba de encarar un programa de ajuste para reducir ese porcentaje, al que considera alto.

Pero nosotros, no. Argentina sigue con su alta inflación sin siquiera preocuparse.

Seguramente pensamos que, si Dilma baja el gasto público y restringe la emisión monetaria, es simplemente porque no ha leído a Keynes. Y nuestro ministro, sí. Y eso no es culpa nuestra.

Nosotros sabemos que la emisión es buena. Calma los nervios, provee fondos al ejecutivo para políticas sociales, y va pateando los problemas hacia delante. Con un poco de suerte, este gobierno zafará y será el próximo el que corra con la mayor parte del ajuste.

Porque ajuste, ya hay. Esto está claro. Justamente la inflación es el modo que este gobierno eligió para ajustar. Es el modo más afín al populismo. ¿Para qué anunciar rebaja de sueldos, reducción de planes sociales y otras medidas odiosas? ¡Nada de eso! Lo mejor es impulsar aumentos de ingresos para todos y todas. Después es la inflación (provocada por la avidez de los empresarios) quien se encarga de meterles las manos en el bolsillo.

Pero más tarde o más temprano llega la hora de la verdad.

El cálculo del gobierno es llegar más o menos como hasta ahora, al fatídico día del traspaso del poder. A partir de ahí, si hay problemas más graves, habrá a quien echarle las culpas por no continuar la genial política de estos doce años.

Habrá que ver si todo sale conforme a lo calculado.