Cita con la casona más antigua

Por Gabriel Ábalos
gabrielabalos@gmx.com

Museo Sobremonte cut[dc]L[/dc]a casona que hoy ocupa el Museo Histórico Provincial Marqués de Sobremonte, constituye la más antigua y referencial esquina que acompañó la vida de la capital de Córdoba, durante poco más de dos siglos y medio. Permanece en pie como testimonio de la arquitectura colonial española y contiene piezas históricas que contribuyen al conocimiento próximo de la vida cordobesa de hace 260 años, un período lleno de riqueza hondamente arraigada en la ciudad docta.

Los turistas que transcurren el verano en la raleada urbe tienen en esa esquina de Rosario de Santa Fe e Ituzaingó un sitio atrayente para sentir los años atrapados entre sus muros. La casona fue construida por el comerciante proveniente de Vigo, José Rodríguez, en el solar que era dote de su esposa Catalina Ladrón de Guevara, entre 1752-1763, con dos plantas, local comercial, capilla, patios y viviendas de los esclavos. Levanta su porte en una esquina sin ochava, con un balcón esquinero corrido en su segunda planta, y por encima un voladizo de tejas de las llamadas “musleras”.

En esa casa nació Victorino Rodríguez, hijo del matrimonio, quien llegaría a ser el primer profesor de leyes de esta ciudad, en tiempos del Marqués de Sobremonte, al iniciar la cátedra de Instituta, donde impartió clases de Jurisprudencia durante diecisiete años. Al producirse la Revolución contra el poder español, Rodríguez fue fusilado junto a Liniers y otros contrarrevolucionarios.

Hoy Museo Provincial, la casona lleva grabado el nombre de su ocupante más distinguido: el Marqués de Sobremonte, Don Rafael Núñez, quien alquiló la propiedad a los Rodríguez para su residencia entre 1783 y 1797, mientras ejerció como gobernador intendente de Córdoba del Tucumán. La vida social del Marqués y su esposa, Juana María de Larrazábal y de la Quintana, gastaba entretenidas e inolvidables tertulias en las que lucían sus dotes de anfitriones, en tiempos en que la casona gozaba de vida plena.

Fue Monseñor Pablo Cabrera quien bregó para que en 1919 la provincia adquiriese y destinase la casa al Museo Histórico Colonial, siendo declarada Monumento Histórico Nacional años más tarde, en 1941.

Los visitantes podrán apreciar en el interior la capilla, el patio de honor, las colecciones de Wolf y Monseñor Pablo Cabrera, además de los valiosos objetos que visten sus numerosos espacios. Veinte salas de exhibición y un total de treinta espacios abiertos a la visita, ofrece la vivienda, donde es posible visualizar aspectos de la vida cotidiana de una familia de fines del siglo XVIII, con claras distinciones de género en lo que respecta a tareas, ambientes domésticos y educación. El paseo va revelando vestimentas femeninas, abanicos, así como habitaciones destinadas a la crianza y al bordado, y otras en las que residían las mujeres viudas y solas de la familia. También se adentra el visitante en el contacto con cuadros, pinturas, tallas y otros objetos vinculados al culto religioso y a la vida piadosa de la época.  La visita al Oratorio y a la Capilla realza esta dimensión menos terrena de la mentalidad hacia fines de la administración española.

El Museo posee muestras de la pintura de la escuela cuzqueña del siglo XVII, y otras venerables imágenes para la adoración. Se calculan un millar de piezas dispuestas en las salas, no todas provenientes de la vivienda del Marqués, aunque han sido cuidadosamente reunidas para ambientar los tiempos de esplendor de la casona.

Además de la perspectiva familiar y piadosa de la vida colonial tardía, el Museo constituye también un medio de percepción de la vida de los esclavizados de descendencia afro. La ciudad de otrora, de unos ocho mil habitantes, incluía a una población numerosa de afrodescendientes pertenecientes a las distintas encomiendas. En la casa museo, la presencia de las personas esclavizadas ha quedado marcada en numerosos signos, particularmente en las habitaciones de la vivienda que estaban reservadas para 12 personas que se ocupaban del servicio de la casa y de la familia, cocinando, limpiando y realizando tareas artesanales. Es interesante saber que en 1785, Sobremonte mandó a hacer un censo para recoger datos sobre los habitantes de Córdoba y campaña, y allí figura la cuenta de esclavos que servía en la casa de José Rodríguez:  “José, negro de 50 años; Anselmo, mulato de 20 años; Marcos, Mulato de 12 años; Lucrecia, negra de 50 años; María Juana, mulata de 30 años; María de los Santos, de 16 años; Juliana, negra de 15 años; Petrona, negra de 12 años; y José negro de 14 años”.

En el traspatio del Museo hay tres habitaciones de esclavizados, muy pequeñas y opresivas, y también se exhiben, como testimonio de las condiciones de vida de los mismos, grilletes y cepos que se empleaban para castigos corporales. Las llamadas “habitaciones de los esclavos” integran un conjunto que fue incorporado no hace mucho, en agosto de 2014, a los espacios de muestra, luego de su restauración.

Entre las exhibiciones que promueve el Museo, se puede visitar actualmente Armas con historia, una valiosa muestra que contiene estandartes, uniformes e incluye instrumentos de ataque y defensa que fueron propias de los pueblos originarios -comechingones y sanavirones- y de los conquistadores, incluso hasta los años de la llamada Conquista del Desierto.

El museo abre de lunes a viernes de 8.30 a 13.30, y la entrada general es de 15 pesos.