Dos fuera de serie

Por J.C. Maraddón
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ilustra salsanoLa década del cuarenta ha sido considerada como la época de oro del tango, la etapa de mayor brillo de las grandes orquestas, del surgimiento de algunos de sus más conspicuos cantantes y de la composición de varias de sus obras maestras. Tras ese estallido glorioso, como resulta lógico en cualquier manifestación cultural, vino una declinación que debería haber sido seguida por una renovación del género y una mixtura con otras músicas que enriquecieran su acervo.
Pero hubo dos fenómenos concurrentes que frenaron ese proceso natural. Por una parte, lo más recalcitrante de la nomenclatura tanguera resistió con tenacidad cualquier intento de cambiar el rumbo de las cosas, bajo el latiguillo de que “eso no es tango”. Y por otro lado, la aparición del rock captó la atención de los jóvenes, provocando un éxodo de ese segmento social hacia los nuevos ritmos y dejando al dos por cuatro cada vez más anémico de esa sangre juvenil que alguna vez lo había cimentado.
Al final del periodo de crisis, el envejecimiento de la música ciudadana se hizo cada vez más notorio, no sólo en cuanto a la edad de su público, sino también en la reiteración infinita del repertorio clásico. Esta situación fue cruelmente reflejada por Charly García en el tema “A los jóvenes de ayer”, de Serú Girán, donde dice: “A simple vista puedes ver/ como borrachos en la esquina de algún tango/ a los jóvenes de ayer. / Empilchan bien, usan tupé/ se besan todo el tiempo y lloran el pasado/como vieja en matiné”.
Hoy, cuando Charly tiene ya la misma edad de aquellos “jóvenes de ayer” de los que él se burlaba en la canción, el tango lucha por su supervivencia gracias al rescate que se ha verificado (sobre todo en su aspecto coreográfico) entre las nuevas generaciones. Lejos de la aversión que le tenían los rockeros y mucho más lejos de los prejuicios de aquellos puristas gardelianos, estas flamantes incorporaciones que cosecha el género suelen encontrar como referencia a la camada de músicos a los que, entre los años cincuenta y los setenta, les tocó convivir con esa tensión entre el apego a las raíces y el vuelo hacia nuevos horizontes estilísticos.
Por ejemplo, esa escuela de bandoneonistas que, partiendo de las licencias interpretativas que se tomaba Aníbal Troilo, se aferraron al fuelle de Astor Piazzolla como el utópico navío que llevaría al tango hacia ese futuro de contornos impredecibles. Como fue el caso de Leopoldo Federico, fallecido ayer a los 87 años, quien militó en su adolescencia en las más cotizadas orquestas de los años cuarenta, para luego alternar entre las cumbres vanguardistas del Octeto de Piazzolla y los arrestos de reciedumbre milonguera de Julio Sosa.
Una semana exacta antes del deceso de Leopoldo Federico, se había producido la muerte de Horacio Ferrer, quien con su poesía acercó a Piazzolla hacia ese núcleo de fervor popular que a finales de los años sesenta avivaba el fuego de las composiciones memorables. De su pluma emergieron letras como las de “Chiquilín de Bachín” y “Balada para un loco”, obras que trazaron un puente desde el continente tanguero hacia la galaxia pop que en esa época empezaba a conquistar los corazones de todos.
No en vano se dirigen hacia allí, hacia ese tramo de la historia, las miradas de aquellos que observan al tango con ojos del nuevo milenio. Porque fue entonces cuando hubo que ser guapo para saber cambiar el rumbo. Y hubo que ser fuera de serie para sostener la juventud de un género al que muchos (desde adentro y desde afuera) preferían decrépito.