TV caliente

Por J.C. Maraddón
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ilustra hombre setado tv b y nCuando la televisión era la niña mimada de todos los hogares, la llegada del verano provocaba una sensación de desamparo que podía devenir en una depresión profunda. Porque todos los programas favoritos solían cerrar su temporada en diciembre y recién volvían a la pantalla en marzo, en un prolongado intervalo que era cubierto por los canales con películas viejas y series recicladas.
Además, aparecían durante las vacaciones esos ciclos veraniegos que relevaban lo que ocurría en los teatros de las sierras, salpicando esas notas con números humorísticos y musicales ad hoc. Y también sumaban lo suyo las transmisiones de los festivales folklóricos y de los torneos de fútbol en Mar del Plata. No era mucho, pero de allí provenía lo poco que se presentaba como novedoso durante dos largos meses en los que la caja boba se llamaba a receso y con ella se esfumaba una de las escasas fuentes de entretenimiento familiar.
Con el correr de los años, las señales de aire descubrieron que el verano era un excelente banco de pruebas para productos que, si superaban el mínimo establecido de expectativas, tenían la chance de continuar a lo largo de los doce meses. Telenovelas, ciclos de entretenimientos, reality shows, talk shows y hasta envíos periodísticos debutaron en esos eneros que, de repente se superpoblaron de caras y propuestas nuevas.
Se pasó así de un extremo al otro. De haber sido un desierto aburrido y repetitivo, la programación estival terminó convirtiéndose en el prolegómeno de los éxitos que colmarían luego el horario del prime time. Las principales productoras se esforzaban por sacar al aire sus mejores proyectos durante esa etapa que en otros tiempos carecía del menor atractivo para quienes se dedicaban a la elaboración de contenidos para la pantalla chica.
Vale la pena recordar este proceso, ahora que nos aprestamos a ingresar en la recta final de 2014, cuando la mayoría de los programas que han sido bendecidos por el rating comienzan a abandonarnos hasta el 2015. Es decir, la instancia tan temida por los televidentes de antaño. Y la campana de largada para quienes, posteriormente, utilizaron a enero y febrero como terreno para sus ensayos más lucidos. Sin embargo, la primera impresión es que este punto de inflexión carece hoy del dramatismo que alguna vez tuvo.
Quizá a la causa de esa abulia haya que buscarla en ese mismo factor que explica tantos de los fenómenos que se verifican por estos días: las nuevas tecnologías. Tal vez allí resida el factor determinante que nos evita entrar en un tobogán anímico cuando escuchamos a los conductores más famosos despedirse “hasta el año que viene” y que nos paralice la ansiedad por lo que ocurrirá dentro de nuestro televisor mientras dure el estío.
Y es que nuestro consumo de la TV se reparte ahora con otras pantallas, las de las computadoras y los teléfonos celulares, que insumen mayor atención mientras menor es la edad de sus usuarios. Con alguno de esos recursos a mano, nadie correrá el riesgo de aburrirse durante el verano, por más que durante el próximo bimestre la tele no sea encendida ni una sola vez.
Hemos recorrido un largo camino como audiencia y ya estamos en condiciones de disfrutar de una oferta diversificada, a la que accedemos muchas veces en busca del mismo contenido, disponible en diferentes soportes. En cuánto beneficia realmente esto a nuestras vidas, está por verse. Por lo pronto, los días más largos y el clima cálido son una invitación a olvidarse de los artefactos mediáticos y divertirse al aire libre. Ayer, ahora y siempre.