Desfile de infractores

Por Víctor Ramés
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James Ensore, “Masques singuliers” (detalle), 1892.
James Ensore, “Masques singuliers” (detalle), 1892.

Los periódicos solían publicar, a mediados del siglo XIX, listas de personas a las que se les había aplicado una multa, con el nombre, las causas y el monto que correspondía en la “tarifa” de gravedad de la falta cometida. Nos remitimos a hojear la información en un periódico, y a establecer su reflejo satírico en otro periódico.

Sin duda la publicación de la lista de hombres y mujeres a quienes la ley aplicaba esas penas pecuniarias servía tanto de advertencia y prevención a la ciudadanía, como para el malévolo placer de ver que eran los otros, no los prolijos lectores y lectoras, los que desentonaban en el civilizado tejido social. Leer esa información que muchas veces ocupaba un costado de las páginas diarias, da una idea de las faltas que se perseguían y castigaban, ninguna de extrema gravedad.
En El Imparcial, diario cordobés de 1856, tenemos una buena muestra de ese “cuadro de honor” de quienes violaban ordenanzas muy puntuales de la época. Tal vez no sea imprescindible un estudio más profundo para deducir que las personas enumeradas pertenecían todas al “pueblo” y en parte a la pequeña burguesía criolla. No figuran –es temprano- apellidos de inmigrantes. Así se presentaba el documento:
“Departamento de Policía
Razón de los individuos que han sido multados en el mes de Febrero, y de la causa que ha habido para ello.”

En aquella sociedad, sólo eran “individuos” las personas de las clases menos privilegiadas. No reproduciremos la lista completa, por cuestiones de formato y de espacio, pero veremos lo que la misma contiene, luego de la expresión “a saber” que inicia la enumeración:
“D. Feliciano Macías, por haber galopado en las calles públicas — $ 2 / Francisco Ruiz de Gatica, por haber tenido un caballo suelto en las calles públicas — $ 2 / Natalicio Lescano, por su peón Vicente Célis a quien se le conmutó la pena por un mes de obras públicas, por ebriedad y provocación, en diez pesos. — $ 10 / Rosa de Ainquin, por haber dejado estorbos en la vereda por toda una noche — $ 2.”

Algunas causas de multas se repetían varias veces, como los casos de ebriedad y galope peligroso por la calle pública. Escogemos ejemplos de otras infracciones:
“Juan de la Rosa Arrascaeta, por haber vendido licores para consumirse sobre el mostrador de su casa de abasto — $ 4 / Bernardino Gamarra, por ebriedad y provocaciones con cuchillo en mano, destinado a obras públicas por un mes, se le conmutó pena en veinte pesos — $ 20 / (…) José Casas, por su muchacho dependiente Ramón Quintero, que fue encontrado jugando el carnaval — $ 2”.

Por jugar al carnaval públicamente se multa a otras dieciséis personas, en algunos casos el monto sube a $ 4. Una última categoría de violación de ordenanzas aparece: “José Manuel Pasos, por el arriero N. Vega, que introdujo en las calles públicas más de una piara de mulas cargadas.”

Hasta ahí una muestra suficiente del tipo de multas y las penas pecuniarias que las mismas imponían a los ciudadanos. Ahora pasemos a otra modalidad de publicación, jocosa y satírica, introducida por el periódico La Carcajada en sus ediciones de 1876-77. En este caso, el redactor de la publicación remedaba el formato de la información policial para chancear y burlarse de sus conciudadanos, todos ellos pertenecientes a la clase que regía la cultura y la política en la Córdoba de ese entonces. El listado resultante dejaba entrever algunas costumbres de época y se encabezaba del siguiente modo:
“Sección Policial
Razón de las multas cobradas durante la presente semana, por infracciones a nuestro reglamento”

Dicho reglamento era por supuesto inexistente, pero el diario jugaba con unas normas dictadas por su propio juicio social sobre actitudes, intenciones, acciones, indumentaria, modos, etc. Va de muestra:
“Tomás Bas, por haberse metido a literato sin saber firmar — $ 2 / Juan Bustos por andar con unos arcos en las piernas — $ 2 / José M. Páez, por andar con un traje que no le pertenece — $ 5 / A Dídimo Posse por cargar pistolita y admitir hijos de familia en el café — $ 10 / Cruz Peña, por haber tenido la desfachatez de admitir un puesto en la comisión de Instrucción Pública del Senado — $ 10 / Sebastián Samper, por querer darse aires de conde y no tener medio en el bolsillo — $ 5”.
Aquí no se repiten las “infracciones”, pero sí podemos escoger algunas:
“Pancho Bravo, por haber mandado empeñar un saco a lo de Fresnadillo sin papeleta — $ 2 / Ignacio Vélez, por estar jugando a la taba en las carreras — $2 / (…) Pedro Robles, por inútil a la patria — $ 2 / A Pío González y Pedro Pujato por no pagar la suscripción — $ 5”.

Allí aprovecha el redactor para dar un palo a los suscriptores del periódico en mora. De una siguiente lista de la publicación extraemos las siguientes muestras:
“Rafael Garzón, por reincidente en el juego de barriletes — $2 (…) Pancho Bravo, por no asistir a los bailes del Club Social — $4 / Al presbítero Básquez Novoa, por andar variando los parejeros en la calle ancha y sin permiso de la autoridad — $ 22 / Santiago Gacitúa, por no pagar una taza de café en el Café de Córdoba — $ 2 / Pablo Griera, por haberle gritado públicamente a Roque Álvarez que es un ñato — $ 2 / Inocencio Vázquez, Luis Montaño y Benito Narvaja, por andar en pesquisas amorosas — $ 55 / Pedro Rivas, por haberle arrancado a mordiscones las patillas al Sr. Delaperrierre — $ 27.”