Sin guitarra, no hay lloro

Por J.C. Maraddón
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ilustra jimmipageComo reflejo de un tiempo en el que todo viene revuelto y despatarrado, la última gran esperanza del rock británico es una banda conformada por un bajista y un baterista. Es decir, una formación que carece de guitarras. Ese género musical que se construyó al tronar de esas seis cuerdas, atraviesa su tercera edad dentro de una hibridez que lo lleva a depositar todas sus expectativas en un dúo que ni siquiera respeta la instrumentación típica que lo ha caracterizado desde sus primeros escarceos sesenta años atrás.
Lo cierto es que la prensa especializada comienza a rendirse ante la evidencia de que “Royal Blood”, el disco debut de la banda del mismo nombre, se encamina hacia el título de mejor lanzamiento rockero del año 2014. Y entonces cabe preguntarse qué le habrán escuchado esos periodistas a Royal Blood para atreverse a posicionar tan alto la repercusión de un álbum que fue publicado hace apenas cuatro meses y que se vendió como el pan en un mercado ávido de novedades como ésta.
Al igual que sucedió hace unos años con otro dúo, Black Keys, la fórmula en la que se basa el sonido de la dupla que conforma Royal Blood remite al origen de todo: el blues. Parece increíble, pero todavía rinde y mucho remover esa olla que alguna vez se cocinó al calor de los esclavos africanos residentes en los Estados Unidos. De ese caldo de cultivo brotó el rock en ese país, para luego suscitar réplicas extraordinarias en las Islas Británicas, donde tomó forma definitiva ese blues rock que supieron interpretar Cream o Led Zeppelin.
En la crudeza de sus canciones, esta nueva sensación rockera surgida en la ciudad de Brighton retoma una mística que ha sobrevivido a sucesivas oleadas de folk, pop y electrónica, reapareciendo cuando todo hacía pensar que había quedado sepultada bajo sus propios escombros. Así ocurrió, por ejemplo, a comienzos de los noventa, cuando todos presagiaban un despuntar de los ritmos bailables y se les coló como cuña el estilo del “grunge”, tan furioso como tributario del viejo rock de garaje americano.
Precisamente, del grunge y del rock de garaje se perciben, también, influencias en ese primer disco de Royal Blood que de manera tan palmaria ha seducido a los melómanos del mundo. En el acierto de esa mixtura han aportado lo suyo, por supuesto, el bajista y cantante Mike Kerr y el baterista Ben Thatcher; pero no poco tiene que ver el equipo de producción que estuvo detrás de las sesiones de grabación y mezcla, un dream team en el que tuvo fugaz intervención el legendario Alan Moulder, quien supo trabajar junto a los Arctic Monkeys, Jesus And Mary Chain, My Bloody Valentine, Nine Inch Nails, The Killers y Foo Fighters, entre muchas otras celebridades.
Entre todas las curiosidades que se verifican alrededor de este fulgurante debut musical, ha trascendido una opinión favorable y a todas luces consagratoria para Royal Blood. Jimmy Page, el patriarca de la guitarra rockera que legó algunos de los riffs más arrebatadores junto a Led Zeppelin, le ha dicho a la revista New Musical Express que el aclamado nuevo dúo inglés puede “subir de nivel al género unos cuantos grados”. Y remató: “Van a llevar al rock hacia otro reino, si no es que ya lo están haciendo”.
Escuchamos a uno de los guitarristas más emblemáticos prodigarse en alabanzas hacia un grupo que carece de guitarra. Evidentemente, este género musical al que muchos dan por decrépito se reserva todavía algunas locuras con las cuales sorprendernos.