¿Kicillof con mayoría de edad peronista?

Por Pablo Esteban Dávila

p07-1[dc]A[/dc]l advertir que el ministro de economía argentino hacía la “v” de la victoria con su mano derecha (toda una rareza), muchos de los mandatarios del G-20 que posaban para la tradicional “foto de familia” en Sídney deben de haber estimado que el Axel Kicillof era un devoto admirador de Winston Churchill. Fue el famoso premier inglés el que popularizó mundialmente el gesto en 1941 y en circunstancias adversas, cuando prácticamente nadie creía que el león británico podría vencer a las invictas legiones de Adolfo Hitler.
Pero –y de haber reparado efectivamente en el gesto– los mandatarios que hubieran dado por hecho semejante afecto tory se habrían equivocado de cabo a rabo. Lejos de emular a Churchill, el ministro sólo intentó demostrar su reciente fe peronista mediante el recurso a una de las commodities del movimiento, esto es, los dedos en “v” del ¡viva Perón! Se cree que la otra, la marchita, podrá entonarla tantas veces quiera durante el año electoral que se aproxima.
Más allá del desatino protocolar de quebrar la tradición de las palmas levantadas a modo de saludo por parte de los líderes del G-20, lo de Kicillof muestra hasta qué punto es profundo el extravío ideológico del neo kirchnerismo. Por un lado, continúa la costumbre del extinto Néstor Kirchner de utilizar eventos internacionales para hacer fulbito para la tribuna local; por el otro, exhibe de un modo impúdico contradicciones que ningún intelectual de talla podría dejar pasar por alto.
No es un secreto que el ministro admira a Carlos Marx, ni es censurable que lo haga. Pero lo que parece una gran tontería es que ahora se confiese peronista cuando nadie ignora que el propio Perón detestaba a los comunistas. Aún más: cuando su “juventud maravillosa” pretendió interpretar su pensamiento como una mezcolanza de socialismo nacional, el general en persona les dejó bien en claro que él, por sobre todas las cosas, era un conservador popular, muy lejos de cualquier tufillo izquierdista. Sin embargo Kicillof –que no debería ignorar estas realidades históricas– no vacila en mostrarse como otro de los peronistas sin Perón que se amontonan en La Cámpora y las demás franquicias del kirchnerismo.
Es probable que, amén de pretender exhibir las pretensiones globales del peronismo kirchnerista, su gesto haya tenido un importante componente de auto-glorificación. En efecto, si hay alguien que puede ufanarse de haber tenido importantes victorias dentro del gobierno es, precisamente, el propio Kicillof. Es, por lejos, el ministro que mayor poder ha logrado dentro de la larga década que inauguró Néstor y que continúa su esposa. Este logro, aunque estrictamente doméstico, parece concederle la licencia de un saludo victorioso al lado de los presidentes más poderosos del mundo.
De cualquier manera, esta sensación bien podría consistir en un peligroso espejismo. El inédito poder de Kicillof no guarda ninguna relación con sus logros en materia económica; por el contrario, en su caso podría sugerirse una especie de regla del éxito invertido, esto es, que la acumulación de su influencia es directamente proporcional al deterioro de la economía bajo su comando. Aparentemente, la presidente ha decidido premiarlo por una mayor inflación, la creciente pérdida de reservas del Banco Central, el infierno que vive el comercio exterior y la inocultable caída del Producto Bruto Interno, entre otros “logros”. Es difícil comprender un criterio tan patológico de la victoria.
De cualquier manera, sería un error pensar que sus desaciertos podrían acumularse ad infinitum, más allá que todas las señales apunten hacia tal destino. Kicillof seguramente comprende que, si no ataca el creciente déficit fiscal, el 2015 será el año del jubileo de la emisión monetaria. Sin embargo, no parece estar dispuesto a sacrificar el único combustible que aún tiene a mano para mantener la economía en niveles ficcionales de actividad. Por lo tanto, todo indica que aceptará mantener un nivel de inflación cercano al 40% (aunque esto conlleve distorsión y social) a menos, claro está, que tenga oculto un as bajo la manga. ¿Existe, realmente, una baza semejante?
Claro que existe, y está más próxima de lo que muchos creen. Se trata de un arreglo con los fondos buitres apenas se salga de la zona de peligro que supone, en el imaginario de la Casa Rosada, la aplicación de la ya famosa cláusula RUFO, el acrónimo de “Rights Upon Future Offers”. La frontera de su vigencia es el próximo mes de enero y, en verdad, el ministro tiene mucho que ganar si decide negociar rápidamente con los holdouts.
El razonamiento es simple. Ni Kicillof, ni mucho menos Cristina, desean dejar de gastar por sobre los ingresos del Estado. La discusión sobre los niveles del gasto público o sobre su calidad deberá darla el próximo gobierno. Ellos no lo harán bajo ningún aspecto. El problema para ellos reside, no obstante, es que sin recursos genuinos sólo podrán sostener esta ordalía de gasto con más emisión monetaria (es decir, con inflación) o con el ingreso de dólares financieros del exterior. Esta última alternativa, aunque enviaría al desván de los trastos al cacareado “desendeudamento” kirchnerista, tendría la virtud de parar la maquinita del Banco Central por un tiempo. Con un escenario semejante, la economía se tranquilizaría y la presidente podría determinar con mayores chances el futuro político de corto plazo.
Así las cosas, no parece improbable que la próxima maniobra del ministro sea pagar lo que el juez Griesa viene ordenando (de la misma manera que lo hizo en exceso con Repsol y el Club de París) e, inmediatamente, hacer una colocación de deuda soberana en el exterior aprovechando la invariable liquidez que existe en el mundo. Con este hipotético colchón de dólares en sus manos lograría dos efectos: el primero, garantizarle al gobierno que podrá llegar a las presidenciales con algún margen; el segundo, heredar la bomba de tiempo a la nueva administración sin que el tic tac del reloj corriendo sea ensordecedor. Son tan evidentes las posibilidades que se le abren al adoptar un curso de acción semejante que resulta difícil suponer que pueda hacer otra cosa, pese a las desagradables sorpresas que, en materia de sentido común, Kicillof nos tiene acostumbrados.
¿Dejará de lado sus convicciones para dar paso a un realismo económico más cercano a la ortodoxia, aunque más no sea por razones tácticas? Estamos tentados a pensar que efectivamente lo hará. Tiene antecedentes. Del puño en alto de los marxistas a la “V” del ¡viva Perón! existe el salto que va desde la ideología hacia el pragmatismo de contradecirla cuando resulta conveniente. Ya acumuló mucho poder; ahora debe demostrar si es capaz de mantenerlo, aún a costa de lo que realmente piensa. De efectivamente ocurrir tal cosa, adquiriría automáticamente su mayoría de edad dentro del peronismo, un partido al que ahora, y en forma un tanto sorprendente, dice pertenecer.