Angeloz cuenta por qué Martí no fue candidato a gobernador ‘03

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Empecé a fastidiarme ante el silencio de Rubén, así que dejé de lado el discurso y fui al grano:
– En síntesis, que sos el radical mejor posicionado en Córdoba y tenés que ser el candidato a gobernador. Es lo que pensamos la mayoría de los dirigentes.
– Pero no sé si voy a poder serlo. Tengo problemas de salud.
– ¿Qué te pasa?
Rubén me contó sus dolencias; nada grave.
Sobre el final del día le hablé a Carola y le pregunté si no andaba por ahí el doctor Martí. No estaba, ni había ido. No tenía turno, ni para ese día, ni para los siguientes. Nunca hizo esa consulta. Días después Rubén comunicó oficialmente al partido y a la prensa que por prescripción médica le era imposible asumir cualquier otra responsabilidad política.

[dc]E[/dc]l libro autobiográfico de Eduardo Angeloz, “La memoria necesaria” despertó el interés de los radicales por su historia reciente.
Primero fue porque el ex gobernador señaló a su sucesor, Ramón Bautista Mestre como responsable de sus desventuras judiciales, en una charla con Mario Pereyra.
Ayer el libro comenzó a venderse a buen ritmo.
De las primeras lecturas surge un texto imperdible sobre un episodio que nunca quedó del todo claro para los radicales.
¿Por qué Rubén Martí no quiso ser candidato a gobernador en 2003, cuando ya había fallecido Ramón Mestre, pese a que las encuestas le otorgaban posibilidades de derrotar a José Manuel de la Sota?
Martí alegó cuestiones de salud que nunca fueron bien precisadas. Finalmente, el candidato fue Oscar Aguad, quien consiguió el 37 por ciento de los votos en la elección del 8 de junio. Después, los radicales quedaron siempre muy lejos de Unión por Córdoba.
Angeloz cuenta su versión de por qué Martí desistió de ser candidato. Para él, no fue un problema de salud.
Así lo dijo:
“Cuando se avecinan las elecciones de 2003, en las que finalmente será reelegido De la Sota, en el radicalismo había que definir las candidaturas y las dos figuras más importantes en aquel momento eran Ramón Mestre y Rubén Martí. En una de las charlas preliminares, Ramón me sorprende con un comentario:
– Si Martí quiere ser el candidato a gobernador, tiene que bajar ya mismo a trabajar.
Martí era senador nacional. Mi sorpresa fue porque Mestre, a pesar de haber perdido su propia reelección con De la Sota y estar por debajo de Rubén en las encuestas de imagen, nunca había renunciado a dar batalla, y en su vuelta al llano había trabajado con vistas a esa elección, pensando que con el tiempo la sociedad cordobesa valoraría sus esfuerzos para sacar a la provincia de la crisis de 1995. Según concluí después, Ramón ya sabía entonces de su enfermedad, secreto que compartía solamente con su médico y no sé si algún familiar directo, y por eso mencionó a Rubén como el posible candidato.
La muerte de Ramón le allanaría luego el camino a Martí, pero antes de ello las semanas corrían y Rubén seguía en Buenos Aires, sin darse por enterado. Así que luego de algunas charlas y consultas me encomiendan la tarea de hablarlo, concretamente, respecto a su candidatura. Hago notar que como siempre, antes y después, yo había dado vuelta la página sobre las ofensas personales y las zancadillas políticas que Rubén me había propinado.
Nos citamos para una tarde en La Fenice, el bar de la Avenida Yrigoyen. Jorge Savid, amigo de ambos, lo fue a buscar y cuando entró, Rubén no se dirigió al grupo que estaba conmigo sino que fue a sentarse aparte, con Jorge. Fui a su mesa, Jorge nos dejó solos y empecé un monólogo, aludiendo a su padre y el sacrificio personal que había hecho al declinar una candidatura a senador departamental por pedido de Sabattini. Rubén me escuchaba en silencio. Continué diciendo que un dirigente que había llegado al nivel que había llegado él, debía asumir las responsabilidades que correspondieran, aunque no tuviera asegurada la victoria. Un dirigente –seguía hablando yo- no es él solo, sino el partido que o ha formado, lo ha sostenido y le ha posibilitado ser lo que es. Los que llegamos bien arriba debemos tirar del carro, arrimarlo aunque no lleguemos. Los candidatos a legisladores y un montón de intendentes esperan que empujemos. Y no sé si tirando todos juntos no podemos ganarle al Gallego.
Empecé a fastidiarme ante el silencio de Rubén, así que dejé de lado el discurso y fui al grano:
– En síntesis, que sos el radical mejor posicionado en Córdoba y tenés que ser el candidato a gobernador. Es lo que pensamos la mayoría de los dirigentes.
– Pero no sé si voy a poder serlo. Tengo problemas de salud.
– ¿Qué te pasa?
Rubén me contó sus dolencias; nada grave.
– El problema –continuó- es que el estrés de la campaña o una eventual gobernación pueden agravar mi enfermedad.
– ¿Por qué no hacés una cosa? Andá a ver al médico y preguntale puntualmente eso: si estás en condiciones de asumir una campaña y eventualmente la gobernación.
– Me parece bien. Justamente, mañana tengo turno con él. A la tarde tendré más claro el panorama.
El médico clínico que atendía a Rubén era también el mío, y amigo de ambos. Tenía una secretaria, Carola, con la cual yo tenía mucha confianza. Así que a la tardecita del día siguiente empecé a hacer algunos llamados a correligionarios para averiguar si Martí se había comunicado: nada. Su teléfono no contestaba. Sobre el final del día le hablé a Carola y le pregunté si no andaba por ahí el doctor Martí. No estaba, ni había ido. No tenía turno, ni para ese día, ni para los siguientes. Nunca hizo esa consulta. Días después Rubén comunicó oficialmente al partido y a la prensa que por prescripción médica le era imposible asumir cualquier otra responsabilidad política.