Epílogos: Aldo Rico. “La paradoja del vigilador vigilado”

Por Jorge Camarasa

Aldo RicoCon más de veinte años en la política, los que transitó a destajo cambiando de padrinos, partidos y posición, el gran tributo de Aldo Rico a la gobernabilidad parece haber sido ponerla en riesgo.
Es que este porteño de 71 años, condecorado en Malvinas pero dado de baja como teniente coronel, entró a la historia como el hombre que por dos veces, la cara pintada, la boina calada y el uniforme de fajina, puso la democracia al borde del abismo, y las dos el tiro le salió por la culata: toda la sociedad se aglutinó para defenderla, y el rechazo que cosechó fue unánime.

Entonces, ¿se rindió el enmascarado? Quién sabe.
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Fue en 1987 y 1988, mientras los ecos de la guerra de Malvinas todavía sonaban fuerte, cuando Aldo Rico iba a adquirir la única notoriedad que lo acompañaría de por vida: se levantó dos veces contra el gobierno de Raúl Alfonsín con reclamos sobre la dignidad militar y contra los juicios por violaciones a los derechos humanos, y dejó inaugurado el movimiento carapintada.
La historia es conocida: terminaría repudiado, destituido y preso hasta que Carlos Menem lo indultara, y recién en ese momento empezaría su ¿carrera? en el mundo de la política. Para entonces, la patria había perdido un soldado, y al sistema de partidos no le quedaría otro remedio que recibirlo.
Desde 1990 hasta hace tres años, el tour de Rico por la política sería un festival interminable. En poco más de dos décadas iba a crear su propio partido, el Modín; sería menemista, duhaldista, kirchnerista, opositor al PJ, compañero de ruta del Frente Grande y del radicalismo, participaría de frentes provinciales bonaerenses que nunca alcanzarían a despegar, y llegaría hasta hoy con un discurso de antikirchnerista fundacional.
“La patria está en default económico, intelectual, político y moral”, dice, y agrega: “Yo no la imagino a Cristina Kirchner en diciembre de 2015 haciendo un tuit para felicitar al que ganó las elecciones… No, sinceramente, no la imagino yéndose a El Calafate en un avión de Aerolíneas Argentinas”.
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El punto alto en la trayectoria política de Rico fue la intendencia de San Miguel, un municipio de trescientos mil habitantes pegado a Campo de Mayo, en la provincia de Buenos Aires. Ganó el cargo con el Modín en 1997, después de oponerse al PJ y, a último momento, pactar con Eduardo Duhalde. Fue una gestión opaca que al final lo acercaría al peronismo que había enfrentado: años después sería legislador y presidente municipal del partido, y aunque en 2011 amenazaría con ser el candidato del Frente para la Victoria, al final volvería a ir en la lista de Duhalde, con la que perdería en las elecciones primarias y en las generales.
Luego de la intendencia de San Miguel, su paso por la función pública había sido breve y terminaría en un escándalo: Carlos Ruckauf, el gobernador bonaerense que en 1999 lo había nombrado ministro de Seguridad, tuvo que echarlo a los cuatro meses de haberlo designado, después que el ex carapintada le imputara al entonces presidente Fernando De la Rúa tener en su custodia a delincuentes comunes.
Aunque fue obligado a disculparse públicamente, las excusas no fueron suficientes y al final se tuvo que ir. Tanto ajetreo político, sin embargo, no le habían quitado tiempo para la reflexión ni para expresar sus ideas filosóficas: “Cada uno hace de su culo un colectivo, y deja subir a quién quiera”, “Me enseñaron a no mariconear”, o “Soy de los pocos demócratas y republicanos que hay en la Argentina”, entre otras.
Mientras cavilaba, para cuando se fue del ministerio de Gobierno, el ex carapintada ya se había conseguido un conchabo en la actividad privada, y lo que había encontrado era de una obviedad de manual: puso una agencia de seguridad.
La empresa, Chapelco SRL, aún ofrece servicios de rastreo satelital, custodia y vigilancia para empresas en la zona oeste del Gran Buenos Aires. Rico se presenta como el director técnico de la firma, de la que participa con otros cinco socios, y no puede decirse que últimamente le vaya muy bien: hasta la semana pasada sus trabajadores estaban en conflicto demandando a los dueños por incumplimiento en el pago de horas extras, desconocimiento de adicionales de convenio y pago de salarios en negro.
Para el sindicato de los vigiladores, la cosa no era una novedad: hace un año y medio había ocurrido lo mismo, y el conflicto se había resuelto cuando el ex carapintada había llegado al local, había invitado con mate a los delegados como si fueran sus amigos, y les había prometido en vano todas las soluciones.
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Hasta hace unos meses, Aldo Rico adhería a Sergio Massa.
Lo calificaba de buen dirigente, lo llamaba “la alternativa al gobierno que no va a terminar el mandato” y trabajaba invocando su nombre. Hasta que el candidato lo frenó: “Conmigo no habló nunca”, dijo, y el ex carapintada volvió a quedar pedaleando en el aire.
¿En el aire? Con la inseguridad en un momento crítico, el ex intendente carapintada está volviendo de a poco a aparecer en algunos medios, donde no se priva de opinar y analizar la cuestión. “Si me tiran, tiro”, dice, que es como decir “Si me matan, mato”.
Pero mientras busca otro padrino político que le haga un lugar, está ocupado en su situación personal. Por lo pronto, acaba de casarse en segundas nupcias con la pareja con la que convivía, la concejal de San Miguel Marisa Guilanea, presidenta del bloque Dignidad Peronista.
A Guilanea, veintiséis años más joven y madre de su último hijo, la había conocido cuando aún estaba casado con Noemí Crocco, hermana de Norberto, uno de los miembros fundadores de Montoneros. Al revés que en muchas historias, la señora Crocco, que había estado treinta años con el ex teniente coronel, no fue la última en enterarse: en 2002 había contratado una agencia de investigaciones para que siguiera a su marido, y había acabado por enterarse de su infidelidad.
Para entonces Rico ya era uno de los dueños de Chapelco, y el vigilador había terminado vigilado.
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Ahora, Aldo Rico,uno de esos misterios insondables de la política que alguna vez fulminara la noción de pensamiento con la frase “La duda es la jactancia de los intelectuales”, espera alguna oferta para ver si vuelve al ruedo.
¿Podrá? Él, por lo menos, se siente capaz. Después de todo, es el hombre que en 1994, seis años después de haberse pintado la cara por última vez para atentar contra la democracia, supo reinventarse alegremente como Convencional Constituyente para reformar la Constitución.