Lazos

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra fernet y caipirinha (1)[dc]L[/dc]os caminos que van de la poesía a la música suelen ser más intrincados de lo que parece. No necesariamente partiendo de una se llega a la otra. Ni tampoco es una garantía de calidad que vayan asociadas. No son tantos los casos en los que las letras de las canciones alcanzan un alto vuelo poético. Y a la inversa, muchos grandes poemas se muestran remisos a ser enclaustrados dentro de una canción, ya sea por sus versos libres o por sus palabras de rara verbalización.
Generalmente las letras se amigan con la instrumentación gracias al encanto de la melodía y/o a las habilidades interpretativas del vocalista, que logra entonar esos textos otorgándoles una musicalidad insospechada. Lo concreto es que al escuchar una composición con letra y música, cuando el trabajo ha sido bien hecho nos resulta casi imposible disociarlas, porque existe entre ellas una correspondencia recíproca.
Tan profunda suele ser esa mancomunión, que cuando aislamos la lírica podemos llegar a encontrarla insulsa, poco feliz y hasta obvia. Es bueno ponerse en esta tarea con ciertas canciones que nos gustan mucho, para corroborar hasta qué punto ese estribillo que nos colma de satisfacción puede transformarse en una vulgaridad insostenible si la ponemos por escrito sobre una hoja en blanco.
De la misma manera, las versiones instrumentales de nuestros temas favoritos (como las que se usan para el karaoke) suelen pecar de vacías y chatas ante la ausencia de esas frases que tantas veces hemos coreado. Por eso, tratamos de llenar ese espacio en blanco con nuestra propia voz, en un desesperado intento por disimular una carencia que nos afecta de modo ostensible. Nuestra percepción está acostumbrada a ese matrimonio sonoro entre letra y música, a las que no concibe cada una por su cuenta.
Entonces, la tarea de adaptar un texto poético al formato de canción puede tornarse sumamente complicada para quien la emprende; debe estar dispuesto a superar la reticencia al encastre que esgrimen dos elementos no concebidos el uno para el otro. En una tarea paciente y laboriosa, se procura establecer puntos de contacto, a partir de los cuales se tenderán los puentes de un entramado que, en caso de ser exitoso, constituirá otra cosa muy distinta de las sustancias que contribuyeron a darle forma y contenido.
Pero si a los obstáculos que naturalmente se plantean ante este emprendimiento, le sumamos las diferencias idiomáticas y culturales, estamos frente a una encrucijada de complejidad creciente. En vez de amilanarse por semejante desafío, Jenny Nager decidió asumirlo y puso todo su empeño en musicalizar los poemas del brasileño Arnaldo Antunes, un escritor que estuvo el año pasado en Córdoba participando del Festival Internacional de Poesía.
De esa proeza surgió un disco/libro llamado “Estamos. Música a primer oído”, publicado por el sello cordobés Viento de Fondo. Con traducciones a cargo de Gastón Sironi, la obra asoma dentro de una esmerada edición que hoy tendrá su presentación en vivo. El espectáculo se escenificará esta noche desde las 21 en la Sala de las Américas del Pabellón Argentina de la Ciudad Universitaria y contará con un invitado de lujo: el propio Arnaldo Antunes.
Claro que el brasileño no es un novato en las lides musicales ni mucho menos. Fue líder en su país del grupo Titãs en los años ochenta y noventa, para participar más recientemente de la experiencia de Tribalistas. De allí que su poesía contenga un ritmo musical intrínseco, al que Jenny Nager respetó para fortalecer el lazo entre Brasil y Córdoba que su proyecto ensanchó y que hoy tendrá su manifestación más directa.