Néstor vuelve

Por Daniel V. González

27-10-2014_buenos_aires_el_ministro_de[dc]V[/dc]arios peronistas, hoy críticos de Cristina Kirchner, han elegido una confortable línea argumental para marcar sus diferencias del actual gobierno.
Según este punto de vista, Cristina ha torcido el rumbo correcto que había establecido Néstor Kirchner . Ese y no otro, razonan, es el origen de los problemas económicos actuales.
En esa dirección ha formulado declaraciones el gobernador José Manuel de la Sota. Ha dicho: “Néstor Kirchner estableció un tipo de cambio alto para favorecer las exportaciones. Dispuso tasas de interés bajas para promover la industria y aumentos de salarios para impulsar el mercado interno. Todas esas medidas que conformaron el modelo y dieron buenos resultados no existen más”.
En primer lugar, no fue Néstor el que estableció un tipo de cambio alto sino que fue consecuencia de la crisis de 2001 y de la gestión de Duhalde. Ese tipo de cambio alto fue, en su momento, un balde de nafta en medio de la crisis aunque luego fue útil para ajustar las grandes variables macroeconómicas en los años siguientes.
Pero al margen de esta puntualización, lo que resulta imprescindible entender de todos estos años es que tanto Néstor como Cristina, con sus matices, desarrollaron un único plan económico. La diferencia de resultados consiste en que a Néstor le tocó gobernar durante el tramo de ascenso del ciclo y Cristina, en cambio, tuvo que administrar el tramo de su natural e inevitable deterioro.

Los años de Néstor
El gobierno de Cristina y la crisis económica a la que ha llevado al país no pueden entenderse sin analizar los años de Néstor Kirchner como capítulo previo de una misma y única novela.
Néstor gobernó en condiciones excepcionales, en muchos aspectos. En primer lugar y como ya se señaló, heredó el “colchón” cambiario determinado por Duhalde durante la gestión de Remes Lenicov. A ello se fue sumando a lo largo de los años una mejora histórica en los términos del intercambio de nuestros productos primarios.
El mercado mundial, tan cuestionado y abominado en los discursos oficiales, la maldita globalización, nos permitió recibir rápidamente las señales positivas del crecimiento de los países emergentes, principalmente China. Esto triplicó el precio de nuestros productos de exportación y los llevó a valores nunca antes alcanzados. La famosa ley del “deterioro de los términos del intercambio” quedó abolida y los países de la región experimentaron fuertes subas en sus exportaciones.
Argentina contó, además, con una ventaja adicional: su sector más dinámico, el campo, había hecho los deberes durante la década de los noventa, lo que permitió que pudiéramos responder con mayor producción el alza de precios del mercado mundial de materias primas.
Eran tiempos realmente gloriosos. Reinaban los mentados superávits gemelos. Exportábamos más de lo que importábamos y teníamos excedentes en las cuentas públicas. Los recursos del estado aumentaron en forma espectacular. El ingreso al país de los recursos producidos por el agro dinamizó toda la economía y, a la vez, permitió vía retenciones el aumento del gasto público y el superávit fiscal.

La hora de Cristina
Apenas asumió Cristina comenzaron los problemas. La avidez fiscal desencadenó el enfrentamiento con los productores agropecuarios en marzo de 2008. Ello llevó al gobierno a la derrota electoral de 2009. En su lucha por revertir la situación electoral, el gobierno decidió profundizar su programa: más gasto público, más subsidios. Más populismo. De ese modo se abrió la puerta a la inflación y a su compañero de ruta: el deterioro del tipo de cambio.
De tal modo, lo que se nomina como un abandono del recto camino trazado por Néstor no es más que la propia dinámica populista. Los niveles de gasto, los subsidios y toda la panoplia desplegada para captar y sostener los votos necesarios para continuar en el poder, comienzan a hacer evidentes los problemas que estaban ínsitos desde el inicio mismo del programa.
Hacer una distinción entre el gobierno de Néstor y el de Cristina, pretendiendo que ésta no supo conservar el rumbo, no es más que una visión engañosa y un relato confortable de estos años. El populismo siempre tiene estos dos momentos. Y uno sucede al otro en forma inevitable. Los resultados distintos no provienen de políticas distintas sino de una única política que va obligando al gobierno a profundizar el camino emprendido.
Y es en este momento cuando se hacen evidentes todas las falencias, limitaciones e inconsistencias del programa económico populista.
Una y otra etapa se suceden como la resaca sigue a la borrachera.
Al rechazar a Cristina y abrazar a Néstor, se está intentando crear la ficción de que el tramo “bueno” del ciclo populista puede continuarse en el tiempo sin consecuencias, con apenas estar más atentos a que las variables no se desmadren.
Pero esto es completamente falso. El auge y la decadencia del populismo van de la mano y sólo están separados por un período de tiempo. La decadencia sucede al apogeo y lo acompaña en un combo inseparable.
Es probable que, al exaltar las presuntas bondades del tramo de Néstor y contraponerlo a los años de Cristina, quienes lo hagan estén asumiendo un compromiso que resulta ilusorio: sostener el crecimiento a fuerza de subsidios, dádivas, incentivos. A ellos siempre sigue el gasto desmedido, la emisión monetaria y la inflación.
Es una lección que ya deberíamos haber aprendido.