Desprejuiciados

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra charly de los 80[dc]C[/dc]asi dos décadas tuvieron que transcurrir desde la aparición del rock nacional sobre la superficie cultural de la Argentina, para que se consolidara su vínculo con la estirpe del tango. Podría decirse que la versión de “Gricel”, publicada en 1986 por Luis Alberto Spinetta y Fito Páez en su disco “La la la”, marcó la reconciliación definitiva entre dos géneros que se habían odiado a muerte sin saber que entre ellos había más coincidencias que disidencias.
Porque fueron los tangueros quienes se contaron entre los que mayor oposición presentaron al ímpetu de esos melenudos que aporreaban sus instrumentos al ritmo de esa música foránea. Y en vez de prestar atención a la lírica de esas canciones (que tanto tenía que ver con la tradición tanguera), hicieron hincapié en el pelo, en la ropa y en la inspiración extranjera de sus creaciones, como motivo suficiente para defenestrarlos.
En su reacción, las nuevas generaciones le bajaron la persiana al dos por cuatro, que empezó a perder imagen entre los jóvenes y a refugiarse en un público cada vez más senil. Se planteó una separación pronunciada entre ambos estilos, en un proceso necesario para el rock rioplatense, que buscaba su propia identidad y en su contraste con el tango empezaba a encontrarla. Además, a nivel universal el género había nacido como rebeldía; y de hecho uno de los primeros temas que se dieron a conocer a mediados de los sesenta fue “Rebelde”, de Los Beatniks.
Pero al poco tiempo se puso de moda la fusión y empezaron los cruces. En 1974, el dúo Sui Generis publicó su disco “Pequeñas anécdotas sobre las instituciones”, en el que se incluía el tema “Tango en segunda”. Y allí el compositor Charly García mostraba precoces intenciones de coquetear con la herencia de los “grandes valores de hoy y de siempre”. Con el correr de los años, esa veta se ensancharía hasta convertirse en una marca de agua sobre la faz creativa de un artista singular.
Al despuntar los ochenta, con su carrera solista ya encaminada hacia la producción de obras maestras, Charly había reunido antecedentes de flirteos con el tango como para llenar varias carillas de su currículum. Tal vez uno de los más interesantes entre ellos haya sido el tema “Los sobrevivientes”, que figura en el disco “La grasa de las capitales” de Serú Girán, un grupo con el que García alcanzó la madurez compositiva que decantaría cuando se lanzara en solitario.
Sin embargo, ese esbozo iba a tomar forma definitiva con una canción que allá por 1983 fue incluida en el disco “Clics modernos”, y en la que habla uno de los tantos exiliados que regresaban a esa Buenos Aires de los meses previos al retorno de la democracia. “No soy un extraño” representa uno de los más sutiles puentes tendidos desde el rock hacia el tango, una especie de “Volver” sin frentes marchitas ni sienes plateadas, un homenaje al imaginario gardeliano desplegado 50 años después de las hazañas del Zorzal.
Desde esa encrucijada, la pieza se ofrece generosa a quien quiera versionarla, venga del género que venga. El viernes pasado, por ejemplo, la recuperó el trío Rossi – Aiziczon – Caballero en un concierto que tuvo lugar en la Sala Luis de Tejeda. Sobre una sonoridad que le guiña un ojo al jazz, la voz de Sabrina Soria asumió como propios los versos de García y los situó por encima de todos los resentimientos ya perimidos entre el rock y el tango. “Desprejuiciados son los que vendrán”, sentenció el autor en ese tema. Una profecía que, por lo menos en el espectáculo del viernes, tuvo pleno cumplimiento.