Marcelo Tinelli, un insospechado límite al “vamos por todo”

1-slide-copia2Por Pablo Esteban Dávila

[dc]S[/dc]ólo los países no democráticos requieren la politización total de sus sociedades. Si se repasa el atlas político universal se observará que, a menor democracia, mayor politización. La Corea de Kim Jong-un o la Cuba de los Castro son países en donde es difícil separar el Estado de la sociedad civil, un fenómeno que también amenaza peligrosamente a Venezuela. En Irán, donde persiste un régimen teocrático de inspiración medieval, tampoco es posible aislar la vida privada de la intromisión del gobierno, algo similar a lo que ocurre en países como Arabia Saudita o Qatar.

En la Argentina, los Kirchner han sabido montar su propio experimento de politización social con los resultados a la vista. Prácticamente no existe ningún espacio social en donde no se discuta sobre el kirchnerismo, ni ámbito privado que no haya sido alcanzado por alguna que otra intromisión del poder central o de sus grupos paragubernamentales, tales como La Cámpora o las franquicias K al estilo de Túpac Amaru o las Madres de Hebe de Bonafini. La política tiñe, como quizá no ocurría desde 1983, a toda la vida de los argentinos.
La polémica desatada por el señor Alex Freyre en los últimos días es quizá la expresión más patética de este orden de cosas. Freyre es el titular del Archivo de la Memoria de la Diversidad Sexual, un organismo de existencia virtual, que acaba de cobrar notoriedad por sostener, en una entrevista radial que, dado que “Massa dijo que va a pagarles a los buitres”, la consecuencia no será otra “que no [habrá] medicamentos [contra el SIDA]”. Aunque su profecía haya sido repudiada por todo el mundo (la provisión de los medicamentos contra el SIDA no fue cortada ni siquiera en los aciagos días de 2001) sus expresiones revelan hasta qué punto la política agonal ha penetrado en prácticamente todos los temas sociales.

Poner en duda la provisión de este tipo de fármacos si la oposición llega a hacerse del poder en 2015 es, ciertamente, un vaticinio enfermizo, que descalifica a quién lo profiere. El hecho que el propio Freyre padezca este mal no lo releva de comportarse como un funcionario público que, al menos en los papeles, dice ser. Pero llevar este tema, que no deja de ser un asunto de vida o muerte, al ataque personal contra el señor Aníbal Pachano (afectado al igual que Freyre por el SIDA) enseña, con una pedagogía extrema, de cómo los límites han desaparecido dentro de la praxis política del kirchnerismo.
Como ciudadano, Pachano tiene todo el derecho del mundo para sentirse agraviado. Debido a que, en lo personal, se ha manifestado cercano al exintendente de Tigre, Freyre le dedicó un tuit especialmente penoso en relación con su enfermedad: “no hagas planes para el verano 2017 porque vas a estar muerto. Una pena pero si Massa o Macri ganan así será, chantún”. Huelga decir que son palabras de una violencia gratuita, innecesaria, que no tienen porqué formar parte de un debate político. No obstante, Freyre olvidó que, en este caso, su víctima forma parte del elenco estable de Showmatch y que es amigo personal de Marcelo Tinelli, una plusvalía que no debería haber desdeñado. Por esta razón, Pachano tuvo antenoche un particular y emotivo acto de desagravio ante millones de telespectadores.

No vale la pena hacer un relato fiel de lo sucedido en el programa de Tinelli. Baste decir que el jurado del “Bailando por un sueño” expresó su solidaridad para con Pachano y que este agradeció, con lágrimas en los ojos, sus manifestaciones de cariño. “La muerte es un estadio horrible”, afirmó con la autoridad moral que le confiere el estar pendiente de ella todo el tiempo, y que Dios debía perdonar a Freyre porque él no pensaba hacerlo. Fue entonces cuando Tinelli dijo lo suyo, con suficiente contundencia y sentido común.
Es obvio que el conductor no es un filósofo, ni mucho menos un literato, pero probablemente sea el hombre más escuchando de la Argentina y uno de los más razonables. Por eso, sus expresiones respecto a que existe una “degradación del diálogo en la Argentina” o que lo sucedido con Pachano “es producto de esta violencia donde si no pensás de una manera sos el enemigo, y hay que destruirte y si puedo matarte bienvenido sea” suenan con una potencia inaudita pese a que, como cualquier persona bien informada lo sabe, muchos políticos dicen cosas semejantes todos los días desde hace ya mucho tiempo.

Pero fue su reflexión sobre que el famoso “vamos por todo” puede significar, más pronto que tarde, el “vamos por tu vida” lo que mayor conmoción produjo.
“Ir por todo” es la expresión más fidedigna de las intenciones totalitarias del kirchnerismo. No existe aquí ambigüedad respecto al término totalitario, pues pretender el todo requiere, forzosamente, liquidar las partes, anularlas, desaparecerlas. También significa que el poder (esto es, la política en estado puro) debe tener licencia para penetrar en cualquier tema, por insignificante o sagrado que parezca. El todo no sería tal si existiese algún ámbito de resistencia o, para decirlo sin connotaciones épicas, de visible neutralidad social. Politizar el SIDA es una consecuencia natural de haberlo hecho, previamente, con la economía, el fútbol, la cultura, las mediciones de audiencias, los derechos humanos, la justicia, el comercio exterior y un largo etcétera harto conocido.
“Lo que te dijeron no es diferente a lo que sucede en diferentes órdenes de la Argentina actual”, reflexionó Tinelli frente a su desconsolado bailarín, agregando que “para ellos la ideología tiene que ser una sola”. Es, en definitiva, lo que ocurre con quienes confunden la soberanía popular con un cheque en blanco para sojuzgar a los demás y maniatar las expresiones contrarias. Para que una democracia sea tal es imprescindible el respeto a la Constitución y sus límites, porque son estos los únicos que aseguran que la energía destructora, totalizante, a la que naturalmente tiende el poder se desborde y ahogue a quienes debe servir.

Pachano y Tinelli nos acaban de hacer recordar que un político democrático es aquél que acepta el límite y la supremacía de la ley pese a contar con el respaldo de las mayorías populares mientras que, quienes no lo hacen, no son otra cosa que simples pandilleros de las instituciones y aspirantes a tiranos que – ni más ni menos – pretenden hacerse del todo, un combo que, por supuesto, incluye la vida y las libertades de los demás.