Mirar y admirar

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra violacion a la privacidad[dc]L[/dc]a intimidad de las estrellas permanecía a buen resguardo en tiempos en que sacar una foto a hurtadillas podía requerir de un operativo de envergadura. Las revistas del corazón se movían entonces sólo a partir de rumores, a los que ilustraban con fotografías de prensa en las que los ídolos aparecían resplandecientes, sin mácula, como la gente acostumbraba a verlos en la pantalla del cine, peinados con spray.
Lo que cualquier fan ansiaba, precisamente, era compartir esa privacidad a la que nadie accedía. Por eso era deseable esa situación, porque no había casi ninguna chance de que se concretara. Cabía entonces preguntarse cómo luciría uno de esos galanes cuando recién se levantaba o cuál era la prenda favorita de una sex symbol para circular por su casa. Como no existían testimonios gráficos de esos devenires hogareños, solo quedaba la posibilidad de hacer volar la imaginación y… nada más.
De a poco, el velo que cubría a la vida de los artistas famosos cuando salían de escena se fue descorriendo. Esto se refleja en la película “La Dolce Vita”, de 1960, donde Federico Fellini introduce la figura de Paparazzo, un chasirete fisgón interpretado por Marcello Mastroianni. A partir de allí, este tipo de profesionales de la fotografía pasaron a ser llamados “paparazzi” y se convirtieron en una presencia constante en las fiestas del jet-set, donde empresarios, políticos y astros de la música y el cine chocaban sus copas de champán.
Este tipo de reuniones fueron reflejadas por la prensa de la farándula, con instantáneas que se pretendían naturales y distendidas pero que no lograban esconder un altísimo grado de afectación en cada pose. Porque aun lejos de los sets de filmación, el titilar de los flashes hacía que las celebridades cambiaran su rictus y ofrecieran su mejor perfil al foco de la lente, para que sus admiradores no se desilusionaran al verlos así, tan mortales como ellos.
Aquellos miramientos parecen hoy tan antiguos como ridículos. En un proceso que se ha acelerado en los últimos años, las fotos de entrecasa de las luminarias proliferan hasta el hartazgo, de una manera tan abusiva que ya no se sabe hasta qué punto es invasión de la intimidad o estrategia de marketing. Videos y pics circulan por las redes sociales con prisa y sin pausa, en una espiral ascendente que mezcla a gente común con estrellas del show bizz, ya sea porque aparecen juntos o porque unos se mimetizan con los otros.
Estaba cantado que ese paroxismo mediático, fogoneado por los medios tradicionales, podía desmadrarse en cualquier momento. Es decir, salirse de control y terminar mostrando mucho más allá de lo aconsejable para aquellos que viven, justamente, de su imagen. La aparición de hackers de estrellas, que roban fotografías hot y las suben a la red, ha generado un escándalo de grandes proporciones, sobre todo porque ya no solo afectan a exparticipantes de reality shows verrnáculos, sino que algunas de las estrellas mejor rentadas de Hollywood (como Jennifer Lawrence) se cuentan entre las víctimas.
La facilidad con que hoy se accede a los secretos ajenos no deja de asombrar. Si hasta hicieron pública la historia clínica de Pity Álvarez, quien demandará por esto al sanatorio donde estuvo internado. Desde los años dorados en los que las figuras del espectáculo parecían dispuestas sobre altares inaccesibles, hemos arribado a este presente en el que todos nos revolcamos en el mismo lodo. Sin embargo, a pesar de todo, el público no decae en su idolatría. Será que la admiración va más allá de las bajezas cotidianas. O será que se remonta a una zona de nuestras emociones a la que los hackers (todavía) no han podido acceder.