Nuestras cuatro estaciones

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Cuatro estaciones alegorías[dc]E[/dc]n su Crónica de Córdoba, Ignacio Garzón cita un texto de 1883 de Jerónimo Cortez, representante de Córdoba en la discusión sobre límites entre esta provincia y la de San Luis, que nos transmite una mirada a las estaciones cordobesas:
“Las cuatro estaciones del año se distinguen muy poco; pues varias veces el invierno suele internarse en la jurisdicción del Verano, sucediendo lo mismo con la Primavera y Otoño: de que resulta ser un temperamento muy inconstante y variable.”
La descripción no nos es desconocida en la experiencia –breve como la luz de un fósforo- de nuestras estaciones vividas en la Docta y su interior.
En 1895, la Geografía de Córdoba de Manuel Ríos y Luis Achával incluía el siguiente comentario sobre la temporada invernal en la provincia, que nos resulta familiar ciento veinte años después:
“En general, puede decirse que los inviernos se componen en Córdoba de grupos de pocos días de heladas, que alternan con períodos más largos de una temperatura de primavera y aun de verano.”
Cotéjese con este texto invernal publicado en la patria en junio de 1896, que lleva por título simplemente el nombre de ese mes:
“Nuestro colega Tribuna, en su último número, nos da la noticia de que ha llegado a la Capital Federal un caballero envuelto en un capote gris, que permanecerá viajando treinta días justos por estas democráticas comarcas, que dice llamarse Junio y que, como una prueba de la identidad de su persona, ha extendido ya sobre la metrópoli el húmedo y helado ceniciento abrigo que perdurablemente lleva sobre sus hombros.
Pues bien; a la doctoral ciudad de Córdoba hace tres días que llegó el mismo viajero cuya filiación nos hace Tribuna, a ser cierto el nombre que llevan sus tarjetas y el término de 30 días que dice permanecerá entre nosotros; pero con la diferencia de que ha venido sin el manto plomizo consabido, sin duda porque lo dejó sirviendo de toldo sobre la Capital Federal, lo que nos proporciona por cierto el placer de disfrutar con placidez de los rayos de un hermoso sol que recuerda los primeros calores estivales. ¿O será algún Junio falsificado el huésped que tenemos nosotros?”
Y así continúa siendo, como lo hemos vuelto a comprobar. Lo decimos desde la primavera que vivimos, aquella estación en la que el diario La Carcajada de 1896 anunciaba “esos días y su clima, su azulado cielo, el perfume de sus flores, el murmullo de sus cristalinas aguas, la belleza de sus hijas que se manifestarán y se dejarán sentir, formando un conjunto delicioso y armónico”, en una ciudad que “es muy linda y a la vez voluptuosa y cariñosa”. La misma estación de las flores, de la vida exterior, del clima benéfico al que las lluvias atraviesan. En aquel fin de siglo del que recogemos noticias, la primavera era la estación de asistir a los paseos en el Parque las Heras, al dique de regatas, o al paseo Sobremonte con su arboleda rodeando el lago, centros de reunión donde se pudiese ver y dejarse ver. Hoy a la estación la vivimos como una especie de aceleración dictada por la proximidad del verano y del consiguiente fin de año con que éste comienza.
Pues recién iniciada, la primavera avanza hacia el verano y anuncia –como en un noviembre de aquellos años-, el tiempo caluroso en que la ciudad comienza a vaciarse de habitantes. Porque, en efecto, la Córdoba veraniega sólo puede ser definida como una ciudad vacía. Si creíamos que esa era una sensación estrictamente contemporánea, en cambio el despoblamiento veraniego de la capital de Córdoba hacia las sierras, es un fenómeno histórico arraigado.
La Carcajada de comienzos de noviembre de 1896:
“Al campo! Al campo!
“Es la palabra que se dice y se repite en todas partes. Como que ha llegado la época de veranear, o lo que tanto vale, de sacrificio para muchos.
Porque la cuestión de salir al campo es cuestión de moda y son pocos los que no quieren estar a la moda, aunque sea haciendo de tripas corazón.
¿Qué se diría de la familia de don Simplicio si se quedara sin salir a veranear?” (…) Oh! Sería cosa de no salir a la calle ni asomarse a la puerta eso de quedarse en la ciudad, en este horno, en esta tristeza en que se vive durante los meses de verano.”
Claro que eran también las noches de retreta, banda de música y caminatas de ida y vuelta, renovando los rostros con los que cruzarse. Vida pública a pleno, aun para una población decrecida por los veraneantes en las sierras.
Y como todo acaba, también el verano. En la Córdoba de 1898, siguiendo aquella intromisión de cada estación en la jurisdicción de la contigua, así le daba poéticamente la bienvenida al otoño La Libertad:
“Con un día de cambiantes tonos, de cielo claro, velado a ratos por ligeras nubes que dejaron caer – al pasar- algunas gotas de agua, ha terminado ayer la estación de verano.
La débil lluvia de la tarde repiqueteaba en los cristales de las ventanas, quebrándose las gotas en microscópicos fragmentos, como otras tantas lágrimas del cielo que lloraba al estío que partió.
Y el otoño que hoy se inicia con un día clarísimo y hermoso, ha llegado en medio de fulgores. (…)
Saludemos hoy a la estación poética del año, la más propicia para las nostalgias del alma y las diligencias del cuerpo (…) Desde hoy los días nacen con tintes diversos; los rayos del sol son menos hirientes, la naturaleza empieza a mostrarse perezosa, el canto de los pájaros es menos alegre, todo lleva un sello de melancolía…”.