Resplandores de Córdoba nocturna

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Usina Bamba adj[dc]D[/dc]urante tres siglos, a la hora en que todos los gatos son pardos, la ciudad colonial y la criolla moderna continuaron sin cambios en términos lumínicos, antes que los cables tendidos por una compañía de electricidad transportaran la chispa del progreso.
De tiempos del Marqués de Sobremonte, y de puño del propio Gobernador Intendente, tenemos el siguiente pantallazo al sistema de alumbrado, a vela de sebo, en su Memoria de 1797:
“El alumbrado público está mantenido no por todas las casas del Pueblo, como es lo común, sino por los que en lo antiguo tuvieron la obligación de mantener un farol poco útil, de lienzo o papel: éstos son los dueños de tiendas públicas de mercaderías, pulperías y oficios; pagan a dos reales por mes, y los más pobres a real. (…) Los faroles son ya del público, porque se fueron pagando al primer empresario que lo fue un don Ventura Melgarejo, y este ramo deja lo bastante para alumbrar las noches no de luna y las nubladas, para gratificar a los encendedores, comprar el cebo y pabilo, costear los reparos mensualmente con cuatro pesos al farolero y dar ocho al Sargento retirado Antonio Peñardel que lo administra con exactitud”.
El siguiente paso fue el alumbrado a gas, extraído del carbón de hulla el cual se importaba de Inglaterra, carísimo. Con la iluminación a gas la Córdoba nocturna aspiraba a lucir como las capitales del mundo alumbradas a faroles con el mismo recurso, Londres, Berlín, Paris, Barcelona y, naturalmente, Buenos Aires. Miguel Bravo Tedín, en su Historia del barrio Clínicas, refiere que al inaugurarse la entonces plaza Juárez Celman (hoy plaza Colón), en 1888, “la noche anterior se ensayó la iluminación a gas, todavía no había luz eléctrica; y todos los laterales de la Plaza los habían cubierto con arpillera para hacer los últimos arreglos, para que el público se sorprendiera al día siguiente”.
Por su parte, la luz de combustión de querosén se usó como alternativa más económica, por ejemplo para alumbrar sectores alejados del centro de la ciudad. Así se ve en un decreto municipal de 1892 por el que se encarga “al administrador de las Usinas del servicio de alumbrado a kerosene en las calles principales del pueblo San Vicente.”
Y ya en la flamante “era eléctrica”, al otorgarse la concesión del Teatro Rivera Indarte a C. Caraccio, en 1898, el decreto especificaba que el empresario “no podrá hacer uso del kerosene en ningún caso para el alumbrado del teatro, teniendo la obligación de mantener completa la instalación de lamparillas y circuitos de la luz eléctrica”.
La luz de gas convivió y compitió con la siguiente ola de energía, la eléctrica, durante algunos años. Una información del diario La Libertad de 1898 muestra que “el contratista de la Usina del Gas se prepara a hacer la competencia en el precio por provisión de luz particular, a la empresa de Luz y Fuerza que sirve la iluminación eléctrica.” El proveedor “se limitará a cobrar dos centavos nacionales por hora y para cada pico de gas, y espera que, atendiendo a las ventajas que proporciona la claridad y palidez de la luz con las mechas incandescentes, contará con igual número de suscriptores, por lo menos, que el actual”, aspirando incluso a acrecentarlo.
La electricidad había tenido un tímido comienzo en Córdoba, en 1888, al instalarse una pequeña usina para el alumbrado público en la calle Tucumán entre las hoy Humberto Primo y Tablada. Cinco años más tarde ya firmaban en Córdoba los capitales norteamericanos para la instalación y explotación del servicio, el que monopolizarían los siguientes cincuenta años. La provisión eléctrica tuvo su impulso definitivo con el aprovechamiento de la energía hidráulica que ofrecía el río Suquía, luego de inaugurado en 1890 el mayor embalse artificial del mundo: el dique San Roque. En 1896 se constituyó la Compañía de Luz y Fuerza (en realidad The Córdoba Ligth & Power Company), y en 1897 comenzó a funcionar la primera usina hidroeléctrica de Sudamérica, Casa Bamba, construida entre el dique San Roque y el Mal Paso. El gobernador de la provincia, José Figueroa Alcorta, declaró en el acto inaugural: “aquí se inicia el trabajo infatigable de los primeros agentes mecánicos de una evolución trascendental para nosotros; aquí nace la Córdoba Industrial”.
El alumbrado público fue una novedad que los vecinos recibieron casi con ojos de niños, a juzgar por una publicación del diario La Libertad, en 1898:
“Algunos focos de luz eléctrica de los que se ha quitado las bombas opacas que antes existían, reemplazándolas por otras limpias, surten el efecto de una verdadera linterna mágica. No bien se encienden los focos empiezan a llegar a é bandadas de insectos de todas clases y tamaños que al girar alrededor proucen en el pavimento de la calle y en las paredes de los edificios una sombra colosal, formando entre todos un efecto curioso y fantástico.
En muchas partes los vecinos se pasan horas y horas contemplando el raro fenómeno, con el que, parece, la empresa ha querido ofrecer al vecindario espectáculo gratis.
A la usina Casa Bamba seguirían las usinas también hidroeléctrica Molet, en 1901, y La Calera en 1911, en tanto que la usina térmica Mendoza se construyó en 1910 en la ciudad de Córdoba, la que hoy conocemos como La Vieja Usina. Dejemos en reposo la continuidad de esa historia, aunque no a oscuras.