Epílogos: Isabel Perón. «La mujer que se escabulló de la historia»

Por Jorge Camarasa

2014-10-02_ISABEL_PERON_web[dc]E[/dc]sa señora delgada y erguida de 83 años, los rasgos afilados, la ropa oscura y el pelo recogido en rodete, que camina a su aire por las calles de Villanueva de la Cañada, treinta kilómetros al noroeste de Madrid, hoy es una instantánea borrosa apenas fijada en la frágil memoria de los argentinos.
Más conocida por sus alias de Isabel o Chabela, noms de guerre que arrastraba de su pasado, María Estela Martínez de Perón supo ser presidente del país durante 632 días, entre el 1º de julio de 1974 y el 24 de marzo de 1976. Aunque a ella eso no parece pesarle: desde 1981, cuando se fue a vivir a España, se escabulló de la historia como un torero con suerte, y fue dejando que el tiempo la cubriera de olvido.

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Isabel apareció por la capital española después de una detención de cinco años a que la habían condenado los militares, y al final acabaría por acostumbrarse y terminaría siendo más madrileña que de La Rioja, la ciudad argentina donde había nacido.
En España, la primera morada de la señora fue en un lugar mítico: la quinta 17 de Octubre en Puerta de Hierro, en las afueras de Madrid, donde ya había vivido con Perón. Habían estado allí desde fines de los años cincuenta hasta el regreso del general a Buenos Aires, y ahí se habían casado en 1961, cuando la convivencia sin matrimonio de la pareja había escandalizado a la conservadora iglesia española y al gobierno clerical de Francisco Franco.
A comienzos de los ochenta, reinstalada en la quinta, comenzaría su apacible exilio.

Al principio, a poco de su llegada, la vida de Isabel en España había empezado a la sombra del franquismo residual. Se hizo amiga de Pilar Franco, la hermana del Generalísimo, y con ella empezó a frecuentar sacristías del Opus Dei y misas petitorias. No es que fuera muy devota, al punto que después acabaría por visitar astrólogos, pero en esos primeros años se la invitaba a reuniones y tertulias en Madrid y Marbella, y a fiestas de caridad a las que daba lustre.
La vida social recién comenzó a achicarse en los noventa, cuando tuvo que vender la quinta de Puerta de Hierro para solventar el juicio por la herencia de Perón promovido por las hermanas de Eva. Se dice que a las hermanas Duarte acabó pagándoles casi cuatro millones de dólares, y que uno de los compradores de la casa, que luego formaría parte de un condominio, fue el ex futbolista argentino Jorge Valdano.}

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Las amistades de Isabel en su etapa española, iban a ser pocas pero heterogéneas. Pilar Franco, hasta su muerte a principios de 1989; Leandro de Borbón, el hijo natural de Alfonso XIII; Ana María García Miranda, la encargada del puesto de los famosos en el mercado del Rastrillo, y algunos argentinos como Mario Rotundo y Octavio Aceves, quien le hacía las cartas astrales como en Buenos Aires se las había hecho al general Ramón Díaz Bessone y al almirante Emilio Massera.
Sería el astrólogo, justamente, quien se erigiría como su más firme defensor: “La conozco desde hace más de 30 años. Fue una víctima de las circunstancias. Al contrario de lo que muchos creen, es muy culta y divertida, muy afectiva”. Para él, la mujer no era una bailarina de cabaret cuando Perón la conoció en Panamá en 1955, y todo se trata de un malentendido: “Es que Isabel ha bailado danza clásica desde que era jovencita. Llegó a bailar en el teatro Colón. Todavía es capaz de hacerme posturas de ballet con 83 años. Le pides hoy en día que te haga una pose, y te la hace. Pone los pies donde hay que ponerlos, y levanta la pierna hasta la altura del hombro. Tiene una agilidad fantástica…”
¿Y Rotundo? Él, un pícaro autoerigido en albacea de los bienes de Perón, acabaría denunciado por la señora por quedarse con cosas que no eran suyas, y tras la pelea iba a contar algunas intimidades de la mujer. En el libro “El heredero del General”, de Miguel Prenz, relataría que una noche, a mediados de los años noventa, Isabel lo llamó de madrugada y lo urgió a que fuera a su casa madrileña en la calle Casado del Alisal. Cuando llegó, dice Rotundo, la encontró de pie sobre la cama, desencajada, pálida y dando gritos aterradores, mientras le contaba que un rato antes la habitación había sido invadida por una luz intensa que salía de la cómoda donde guardaba el sudario de Eva Perón. El albacea, hombre práctico, resolvió el problema llevándose el mueble con todo lo que contenía, y la luz no volvió a aparecer.
Años más tarde, naturalmente, Rotundo remataría el santo sudario peronista en una subasta por internet.

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¿Y cómo es ahora la vida de Isabel?
Recluida, privadísima, casi monacal.
Su casa en Villanueva de la Cañada es un chalet de tres plantas y jardín, donde vive con una ama de llaves con la que a veces sale a caminar, y tiene un chofer que la traslada en un Audi A6 de color gris. Juega a la canasta, charla con su amigo Aceves, y sus asesores fiscales y abogados la tienen al día en asuntos de administración. De tanto en tanto, cuando va a Madrid, visita a su peluquera de siempre y merienda en la cafetería de El Corte Inglés, pero por lo demás, su vida social se reduce a las misas de domingo en la iglesia de Villafranca del Castillo y a la participación en Nuevo Futuro, una organización benéfica que preside la Infanta Pilar de Borbón.
¿Extraña la Argentina durante su exilio español? No parece. En diciembre de 1983 volvió por pocos días para asistir a la asunción de Raúl Alfonsín; cinco años después vino en otra visita breve, y tres años más tarde regresó para ultimar los trámites de su jubilación como ex presidente. Desde entonces, sólo unos pocos viajes cortos y casi secretos.
Durante sus últimos años madrileños, además de las responsabilidades políticas también pudo evadir las judiciales. Fracasó un intento de Oyarbide por encausarla por los crímenes de la Triple A, otro de un juez mendocino por la desaparición de un estudiante en febrero de 1976, y otro más reciente, en abril de este año, cuando dos fiscales quisieron imputarla por el Operativo Independencia en Tucumán.

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Hoy, en el último tramo de su vida, esa señora que se pasea por las calles arboladas y melancólicas de Villanueva de la Cañada, con el testamento firmado (donará el noventa por ciento de su patrimonio a asociaciones benéficas, y el resto será para sus sobrinas y una cantidad testimonial para sus empleados), debe estar celebrando haber quedado al costado de la Historia.
¿Tuvo méritos y virtudes? Quién sabe; no es fácil encontrarlos.
No lo fueron, ciertamente, su estatura de estadista, ni sus capacidades intelectuales, ni sus dotes de liderazgo. Tampoco haber creído ciegamente en las cartas astrales de José López Rega, ni alentado el rodrigazo ni amadrinado el terrorismo de Estado.
¿Y entonces?
Y entonces, nada. Otro misterio argentino.
Parafraseando a Pedro Almodóvar, cualquier habitante de este bendito país podría preguntarse: ¿qué he hecho yo para merecer esto?