El cine se muerde la cola

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra el tigre y el dragon future[dc]E[/dc]l mundo acababa de cruzar la tan temida barrera del año 2000, cuando se produjo el estreno de la película “El tigre y el dragón”, del realizador taiwanés Ang Lee. Recién salida del shock que significaba el paso a un nuevo milenio, la gente todavía no parecía asumir que el futuro había llegado; sobre todo en Argentina, donde la economía marchaba de mal en peor y todo se encaminaba hacia una profunda crisis económica y social que estallaría al año siguiente y se llevaría puesto al gobierno de la Alianza.
Tímidamente, internet lanzaba amenazas que con el tiempo se irían cumpliendo. Pero esos módems ruidosos resultaban todavía demasiado precarios para ser tomados como indicios de “lo que vendrá”. Navegar en la red requería de muchísima paciencia, porque cada nueva página demoraba un rato en abrirse. Google asomaba ya como el buscador dominante, que multiplicaba la fuerza de rivales como Altavista o Yahoo. Y el Internet Explorer consolidaba la supremacía sobre Netscape, que de a poco iniciaba una declinación irremediable.
Los más avezados navegantes en la red, descubrían a Napster, un servicio para intercambiar archivos de música en formato mp3, que utilizaba un novedoso sistema llamado P2P. Era el comienzo de una catarata de ofertas similares que vivieron su momento de gloria cada una a su tiempo, como Ares, Audiogalaxy, Kazaa o Emule. Esas descargas ilegales se extendieron a otros productos (por ejemplo, las películas), que por el peso de los archivos tardaban una enormidad en bajar, aunque eso no desanimaba a quienes se sumaban a esta tendencia.
En ese recién revelado futuro, los soportes tradicionales para este tipo de mercaderías culturales (música, cine) veían menoscabado su prestigio y se preparaban para defenderse con uñas y dientes. Las industrias y comercios que giraban en torno al disco y a los filmes (sellos, productoras, distribuidoras, complejos de salas, disquerías, videoclubes) se abroquelaron contra lo que se presentaba como una condena a muerte y utilizaron todos los recursos habidos y por haber a su favor, en una lucha que no pocas veces terminó en los estrados judiciales.
Pero es sabido lo que cuesta nadar contra la corriente. Y por eso, no llamó la atención que la correntada de las nuevas tecnologías se llevara piestos a muchos de los usos y costumbres que regían cuando despuntaba el nuevo siglo. Y que en ese torbellino hubiera que barajar y dar de nuevo, hasta que aparecieran nuevas cartas de triunfo. Como Spotify, la aplicación que hoy prevalece en el mercado de la música on line. Y como Netflix, ese videoclub virtual que cada vez suma más adeptos.
Por eso, a las noticias que andan circulando acerca del rodaje de una segunda parte de “El tigre y el dragón” se le adosó un detalle nada inocente. Justamente será Netflix uno de los coproductores del largometraje, en el debut de esta compañía dentro del negocio de la producción cinematográfica. Esto derivará, por supuesto, en que los usuarios de este servicio tendrán allí la exclusividad del estreno de este filme en agosto del año que viene, en simultáneo con su proyección en las salas convencionales.
No estará, como en el 2000, el viejo lobo Ang Lee al frente de la filmación de “La leyenda verde”, sino el coreógrafo chino de artes marciales Yuen Wo-Ping. Ni estará aquel temor ancestral correspondiente al comienzo de un nuevo milenio plagado de incógnitas. Sino más bien una cierta complacencia con estos prodigios de la tecnología, a los que se ha empezado a endiosar con la misma facilidad con que antes se los demonizaba, sin profundizar demasiado en las causas ni en las consecuencias.