La increíble incompetencia internacional del kirchnerismo

Por Pablo Esteban Dávila

timmerman[dc]E[/dc]n política exterior el gobierno kirchnerista pierde por goleada. No sólo no existe una línea de acción que pueda ser identificada como tal, sino que las declaraciones espasmódicas, tanto de Cristina Fernández como de su canciller Héctor Timmerman, hacen del todo incomprensible el rumbo que pretende adoptar la Casa Rosada en su relación con la comunidad de naciones.
El raid presidencial por la asamblea de Naciones Unidas la semana pasada fue el epítome de la visión delirante que la Casa Rosada tiene sobre el mundo. En una sucesión de pocos días, la presidente habló sobre terrorismo, fondos buitres y los Estados Unidos de América con una superficialidad impropia para alguien de su investidura. Dijo cosas para el psicoanálisis. Por ejemplo, que el problema del terrorismo no se arregla a los bombazos, como si los yihaidistas del Estado Islámico (EI) estuvieran dispuestos a tomar un café con los líderes mundiales a cuyos ciudadanos decapitan o fusilan sin compasión. O su equiparación, tan insensata como imprudente, de los fondos buitres con el fenómeno terrorista, obviando el hecho que si aquellos fondos existen es porque nuestro país ha incumplido sistemáticamente con sus compromisos externos. Es un hecho que entre Paul Singer y, por ejemplo, Abu Bakr al-Baghdadi, existe una insondable diferencia, que no es otra que el derecho. El fondo Elliot tiene una sentencia dictada por un juez de una jurisdicción voluntariamente aceptada por la Argentina que pretende hacer cumplir, en tanto que al-Baghdadi pretende el retorno a una especie de una teocracia mesiánica sin reparar en los derechos humanos de los millares de musulmanes, cristianos o judíos que se encuentran a merced de sus gamberros, con sus conversiones forzosas, violaciones de niñas o ejecuciones forzosas. Cristina se ha mostrado mucho más dura con la dictadura argentina que con el integrismo islámico, pese a las similitudes de sus métodos y el maniqueísmo de sus visiones políticas.

Este yerro monumental cae en el grotesco cuando se constata el agravio gratuito y de mal gusto prodigado a la República de Alemania por el Jefe de Gabinete Jorge Capitanich. A inicios de la semana pasada, el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, dijo que la Argentina “es un ejemplo de falta de solidez”, agregando que nuestro país “ha vivido durante décadas por encima de sus posibilidades, no paga sus deudas y está por eso casi aislada del tráfico internacional de pagos”, algo que es fácilmente advertible por cualquier ciudadano razonablemente informado. Pero Capitanich, lejos de obrar con prudencia, dijo que “Alemania siempre ha tenido una actitud hostil hacia la Argentina” y que “esa posición hostil es favorable a los fondos buitre”. Bueno es recordar que Alemania es uno de los acreedores del Club de París que dio el visto bueno al arreglo propuesto por Axel Kicillof, por lo que no se comprende por qué ahora sería otro de los malos de la película, especialmente cuando su canciller, Ángela Merkel era, allá por 2007, el modelo que inspiraba a Cristina Kirchner.
Esta reciente sucesión de extravagancias internacionales se inició cuando, a mediados de este mes, el encargado de negocios de los EE.UU. en la Argentina (hace más de un año que la superpotencia no tiene embajador en el país) dijo que “es importante que la Argentina salga del default”. La sola mención a que la Argentina se encuentra en default – algo que técnicamente es cierto– actuó como un revulsivo para el frágil entendimiento de las cosas que tiene el kirchnerismo. Inmediatamente cayó el anatema sobre Kevin Sullivan, el mortificado funcionario estadounidense. Se le dijeron cosas tales como que se inmiscuye en cuestiones soberanas, y hasta se lo amenazó con la expulsión de continuar en este tipo de injerencias. Por supuesto, nadie en el gobierno se rasga las vestiduras cuando Carlos Eduardo Martínez Mendoza, el embajador de Venezuela en Buenos Aires, mantiene a diario actividades políticas con funcionarios de primer nivel del gobierno argentino.
El asunto es que Sullivan podría ser un interlocutor privilegiado entre la Casa Rosada y la Casa Blanca. Pese a no tener un origen hispano (su ascendencia irlandesa es inocultable) el encargado de negocios habla un fluido español y conoce muy bien a nuestro país, en donde ya estuvo destinado hacia la segunda mitad de los ’90. Deben existir pocos diplomáticos extranjeros con tanto aprecio por la Argentina como él, una ventaja que acaba de ser echada por la borda por el impresentable canciller Timmerman. No es de extrañar, por lo tanto, que desde Washington se haya enviado un mensaje de cansancio: “el país está fuera de la agenda”. No hay peor insulto que el ninguneo.
El incidente con Sullivan es apenas el último de una serie de agravios gratuitos hacia los EE.UU. A principios de 2011, se acusó a la tripulación de un avión de transporte militar estadounidense de trasladar “material sensible” no declarado que incluía armas, drogas e información confidencial. El C-17 Globemaster III traía a bordo un cargamento especial destinado a un curso de entrenamiento con fuerzas de seguridad argentinas y fue retenido en Ezeiza durante un buen tiempo. El señor Timmerman, alicate en mano y dueño de una indescriptible falta de diplomacia, abrió uno por uno los bultos considerados como “sospechosos” por las autoridades aduaneras para horror de los tripulantes de la aeronave. Tal consternación tenía una explicación muy concreta pues, entre la múltiple documentación violada por el canciller, se encontraban diferentes códigos confidenciales que hacían a la seguridad nacional de los EE.UU. Ni Osama Ben Laden había podido llegar tan lejos.

La estrafalaria conducta de Timmerman tuvo un antecedente de alto nivel en la cumbre de Mar del Plata de 2005. En aquella ocasión, la Argentina era el país anfitrión de la IV Cumbre de Presidentes de América y, como tal, debía recibir a George W. Bush. El entonces presidente Néstor Kirchner, haciendo gala de un proverbial mal gusto y reprochable sentido de la oportunidad, no tuvo la mejor idea que financiar abiertamente y con fondos públicos una “contracumbre” que funcionaría en forma paralela a la oficial en la misma ciudad.
Aquella parodia fue organizada por el piquetero Luis D’Elía a modo de tribuna y para el lucimiento de Hugo Chávez, declarado enemigo de Bush. Jamás en la historia de las relaciones internacionales se había visto tal cosa de parte de un gobierno.
La incomprensión de las relaciones internacionales de la que ha hecho gala el kirchnerismo tiene capítulos para el asombro, como cuando el propio Kirchner viajó a la selva colombiana para liberar rehenes a manos de las FARC acompañando al venezolano Chávez en 2007. El papelón de aquella misión fue doble, porque no sólo las FARC no se presentaron a la cita (y los cautivos mantuvieron esta condición por algún tiempo) sino que, además, desairaron al presidente colombiano Álvaro Uribe, quien no había autorizado las gestiones de su colega venezolano. Fue, sin dudas, una verdadera intromisión en los asuntos internos de otro país, de la clase que tanto les gusta denunciar a la presidente Fernández de Kirchner y a su inefable canciller.
Este tipo de brulotes podrían ser enumerados ad aeternum. El memorándum con Irán, la paciente demolición del Mercosur de parte de Buenos Aires, la cancelación unilateral de los convenios gasíferos con Chile, el escandaloso destrato al gobierno paraguayo tras la destitución del presidente Fernando Lugo (nueva intromisión argentina en cuestiones domésticas de otro país) o la incomprensible denuncia de la “Declaración Conjunta para la cooperación sobre actividades Costa Afuera en el Atlántico Sud-occidental” firmada con el Reino Unido en setiembre de 1995 son algunas de las penosas decisiones en materia de política internacional. El resultado está a la vista: la Argentina es un país intrascendente e incomprensible, al que nadie está dispuesto a ayudar.

Sólo el atribulado gobierno de Nicolás Maduro todavía parece dispuesto a acompañar las locuras de su socio del cono sur, aunque esto no vaya más allá de las buenas intenciones. Por caso, debe tenerse presente que IMPSA, la legendaria compañía del no menos legendario Enrique Pescarmona, se encuentra al borde de la quiebra porque Venezuela le debe más de trescientos millones de dólares por obras energéticas ya ejecutadas. IMPSA es una de las consecuencias más visibles de la incompetencia kirchnerista en su relación con el mundo. No sólo ha quebrado lanzas con los países más poderosos de la tierra sino que, además, ni siquiera ha logrado obtener alguna ventaja de las cada vez más escasas naciones con las que aun posee algún trato.
La incompetencia del gobierno en materia internacional es mayor, incluso, a la demostrada en asuntos económicos. El kirchnerismo, no hay duda, se supera a sí mismo, aunque lo haga mediante un espiral autodestructivo y cada vez más ensimismado.