Abelardo Ramos y el pensamiento crítico

Por Daniel V. González

2014-09-30_JORGE_ABELARDO_RAMOS_web[dc]A[/dc]unque es mencionado casi siempre como intelectual o historiador, Jorge Abelardo Ramos prefería ser aludido como un político, es decir, como alguien que luchó por transformar la realidad social, económica e institucional de su país. A 20 años de su muerte puede decirse que su deseo está cumplido pues muchas de sus ideas se discuten con pasión y han encontrado un lugar en el campo de batalla de la política cotidiana más que en los resecos textos de Historia.
Claro que el mundo de las ideas y la teoría no le era ajeno pero en Ramos eran apenas un instrumento subordinado al análisis y la acción sobre la realidad del país y de América Latina.
Siempre atento a los cambios que se iban produciendo en Argentina y el mundo, Ramos iba ajustando sus propios puntos de vista y modificando sus posiciones pues entendía que las ideas no eran materia inerte sino que tenían vida y mucho más aún si eran la base sobre la que se apoyaba su acción política.
Este pensar y repensar cotidianamente la realidad política y social, observando los cambios y modificaciones que se iban operando y que resultaban imperceptibles para otros, es quizá el rasgo más relevante de su larga trayectoria como intelectual y político.
Formado en el marxismo clásico, Ramos fue uno de los pensadores que ayudó a encontrar una explicación al peronismo, con el instrumental del marxismo. En aquellos años ‘40 del siglo pasado, mientras el conjunto de la izquierda tradicional enfrentaba al naciente peronismo, Ramos con poco más de 20 años contribuyó a la comprensión de ese movimiento al que atribuyó un carácter progresivo en ese particular momento histórico.
La trayectoria política de Ramos transcurre entre aquel momento fundacional del peronismo hasta su muerte, hace veinte años, pocos días antes de que su movimiento decidiera disolverse e incorporarse de pleno al Partido Justicialista. A lo largo de ese medio siglo de militancia política, Ramos se fue desprendiendo del marxismo en que se había formado en sus años jóvenes y enderezó sus posiciones políticas hacia una suerte de nacionalismo latinoamericanista.
El énfasis en la raíz marxista de su pensamiento predominó durante los años sesenta y setenta. Primero fundó el PSIN (Partido Socialista de la Izquierda Nacional) y poco antes de los comicios de 1973 creó el FIP (Frente de Izquierda Popular). Avanzados los ’80, fundó el MPL (Movimiento Patriótico de Liberación) que finalmente se disolvió para incorporarse al peronismo el 17 de octubre de 1994, quince días después de la muerte de Ramos.

Todo cambia
En sus giros políticos, Ramos dejaba al costado del camino gran cantidad de “viudas” intelectuales que le reclamaban por sus antiguas posiciones e ideas. Son muchos los que lo han acompañado en un tramo de su trayectoria política y han quedado abrazados a tal o cual etapa de la evolución de sus ideas.
Sin embargo, lo esencial del pensamiento de Ramos, probablemente la lección más importante que ha dejado, es su espíritu crítico indagador e inquieto, su constante voluntad de observar la realidad y percibir los cambios que ofrecía. En forma permanente Ramos insistía en la necesidad de pensar y analizar con la propia cabeza los acontecimientos políticos y no repetir ideas pensadas para otras latitudes por prestigiosos que fueran sus autores. Así, enmendó a los grandes pensadores del marxismo señalando que ellos habían formado sus ideas en el contexto de la vieja Europa, especialmente Inglaterra, una realidad social completamente distinta a la de América Latina. En consecuencia, decía, había que repensar todo de nuevo.
En tal sentido, a Ramos le gustaba citar la frase de Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar: “O inventamos, o erramos”. Y también la de la antropóloga Margaret Mead: “Cuando alcanzamos a conocer todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. Y la de Goethe: “Gris es toda teoría pero verde es el árbol de la vida”.
No repetir “como cacatúas” las ideas generadas para otras realidades, pensar críticamente y con la propia cabeza y no temer los cambios de posición que eso supone, tal ha sido el principal legado de Jorge Abelardo Ramos y su más importante aporte para quienes deseen asomarse a la comprensión de la realidad argentina y latinoamericana.
Con el paso de los años, Ramos comenzó a despojarse del léxico marxista (la “ferretería”, lo llamaba). Bromeaba al recordar que, durante largos años, el 5° tomo de Revolución y contrarrevolución en la Argentina se llamó La era del bonapartismo, una denominación críptica que remitía a El 18 Brumario pero que resultaba incomprensible para anchas franjas de jóvenes militantes que leían su obra con avidez.
Cuando alguien le reclamaba por sus antiguas posiciones marxistas o por haber abandonado puntos de vista que en otro tiempo sostuvo con énfasis, Ramos respondía fastidiado: “¡No somos vástagos de Parménides!”, en alusión al filósofo griego que prescindía de valorar el cambio, el fluir, como el dato esencial de la realidad.

Ramos y Menem
Con los años, Ramos ha dejado a su paso por la política y las ideas, decenas de Pierre Menard (el personaje de Borges que reescribió el Quijote, palabra por palabra), escritores e historiadores que se han empeñado, prolijamente, en repetir una y otra vez alguna franja de las ideas que Ramos sostuvo en algún momento de su carrera política. Algunos de ellos abrazan con fruición distintos tramos del devenir ideológico y político de Ramos y lo condenan por haber abandonado tal o cual punto de vista. Lo rechazan por haber continuado pensando la realidad, lo que lo llevó a sostener puntos de vista distintos a los que él mismo defendía en el pasado.
De tal modo, cada uno toma de Ramos aquel aspecto de su pensamiento que más conviene a sus propias convicciones políticas. Hay quienes exaltan los escritos e ideas trotskistas del Ramos joven, hay quienes prefieren su nacionalismo latinoamericano, su respaldo a la guerra de Malvinas, su crítica a la guerrilla de Montoneros y el ERP. Y también hay quienes destacan su adhesión, en los últimos años de vida, al gobierno de Carlos Menem y a la gestión económica de Domingo Cavallo.
Estos últimos años de su carrera política fueron sin duda los más controversiales y los que han desencadenado los más intensos debates entre sus seguidores. Su adhesión y apoyo al gobierno de Carlos Menem ha recogido diversas actitudes críticas incluso entre quienes defienden su trayectoria. Para algunos, al apoyar las privatizaciones y otros aspectos sustanciales de la política de Menem, Ramos traicionó sus propias ideas. Otros, irrespetuosamente, hablan de una suerte de degradación senil de su pensamiento crítico. Hay también quienes graciosamente intentan negar que su categórico respaldo público al gobierno de Menem haya existido y prefieren, por propias necesidades políticas actuales, quedarse con las ideas anteriores a los cambios de sus posiciones en los últimos años de su vida.
Sin embargo, el pensamiento de Ramos no puede (ni merece) sufrir amputaciones oportunistas.Sus ideas deben ser tomadas en su transcurso y en todo caso explicarlas, en cada tramo de su evolución, en los respectivos contextos que le insuflaron vida y vigor.

Conjeturas y realidades
Coincidimos con el escritor Jorge Asís cuando dice que Ramos es el único intelectual al que se extraña. Todos especulamos acerca de cuál sería su pensamiento actual, cómo miraría la política nacional y el escenario mundial de estos años. Pero todo lo que podamos decir no es más que eso: puras conjeturas carentes del mínimo sustento.
Podríamos preguntarnos, por ejemplo, si Ramos hubiese repetido –aun tardíamente- la trayectoria de otros brillantes intelectuales que, como Octavio Paz, Mario Vargas Llosa y Jorge Semprún, partieron de posiciones de izquierda y luego se transformaron en duros críticos del socialismo y el populismo. Sería osado arriesgar una respuesta en uno u otro sentido.
Lo cierto es que Ramos alcanzó a vivir el comienzo de las transformaciones ocurridas en el bloque socialista, que tuvieron su manifestación a partir de la asunción de Mijail Gorbachov y que desembocaron en la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética pocos años después.
Estos cambios fueron parte del contexto que impulsaron a Menem a adoptar políticas que no figuraban en la panoplia habitual del peronismo pero que adquirían validez a partir de las necesidades concretas de la Argentina de esos años.
Pero todo lo que pueda decirse hoy de la probable evolución de las ideas de Abelardo Ramos son hipótesis carentes de realismo y del más elemental respeto hacia quien fue uno de los más grandes pensadores argentinos del siglo XX.
Queda a sus discípulos y a las nuevas generaciones valorar hasta qué punto algunas de sus ideas y propuestas conservan aún validez en el nuevo contexto histórico marcado por el fracaso y la implosión del socialismo y las manifiestas insuficiencias, insustancialidad y chapucería del populismo.
Las propias ideas de Ramos no podrán escapar al espíritu crítico de las nuevas generaciones ni a los inexorables cambios de escenario con que la realidad nos desafía cada día.
Pensando en quienes repiten mecánicamente sus ideas o las toman con beneficio de inventario para sostener sus actuales necesidades políticas, Jorge Abelardo Ramos bien podría repetir lo que Carlos Marx dijo de algunos marxistas: “He sembrado dragones y cosechado pulgas”.