Imprescindible

Por J.C. Maraddón
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ilustra sarlangaHacia fines del siglo diecinueve, se empezó a popularizar el uso de la máquina de escribir. Hasta ese momento, la escritura se realizaba a mano, apoyando la pluma sobre el papel, con todo lo que eso significa. La única mediación entre el cuerpo y las palabras escritas, era el instrumento que se empuñaba para hacerlo, en cuyo extremo fluía la tinta que sería la encargada de marcar sobre la hoja en blanco.
Más allá de que muchos siguieron utilizando ese método (y lo siguen usando), de a poco todos fueron transformándose en tipógrafos. Es decir, presionaban con los dedos sobre las teclas, que a su vez impactaban los tipos contra la cinta entintada. La silueta de las letras, los números, los signos de puntuación y los símbolos quedaba así impresa sobre el papel, lo que le daba a los textos un orden y una prolijidad que no podría haber conseguido ni la mejor caligrafía.
Cabe pensar que esa alteración profunda en la manera de poner algo por escrito, debe haber manifestado su influencia sobre la propia escritura, aunque más no sea de forma subliminal. De aquella cercanía entre la mano y las palabras a esa distancia planteada por la máquina, queda claro que había una diferencia no solamente formal. Como tampoco fue tan leve, un siglo después, la transición que llevó a usar computadoras, tablets o teléfonos inteligentes para redactar.
Esta misma reflexión puede aplicarse a la fotografía, al video y a otras formas de expresión que han visto alteradas pautas antiguas de realización, a raíz de la aparición de procedimientos digitales. Esto se verifica de igual modo en el dibujo y, por extensión, en el diseño gráfico, que también han soportado como inevitable esa mudanza hacia territorios que han ido separando al creador de su propia obra, bajo la premisa de brindarle una mayor paleta de opciones.
Diagramar una página de un diario o una revista, por ejemplo, ya no fue igual cuando la pantalla reemplazó a las enormes hojas pautadas, con esas líneas guía de color azul claro, sobre las que el profesional desplegaba los títulos, las fotografías, las columnas de texto, las volantas, las bajadas. Verlos desplegar su arte, con la ayuda de reglas, escuadras y fibrones, tenía un componente mágico del que carece el InDesign, por más que la creatividad de quienes utilizan hoy esos programas esté a la altura de la de sus antecesores encorvados sobre las mesas de dibujo.
Sarlanga, el as del diseño gráfico que falleció el sábado en Córdoba, ha sido uno de los últimos románticos de esa vieja escuela. Hasta que los problemas de salud le impidieron desarrollar su oficio, recorrió la vida portando un maletín con sus instrumentos de trabajo. Así también lo vieron ingresar a la residencia geriátrica donde transcurrieron sus años finales. Eran las herramientas que le permitían echar vuelo a sus ideas, los elementos con los que se había ganado un lugar de privilegio entre sus colegas.
Cerca, muy cerca de los diagramas, con los ojos escondidos detrás de los anteojos, el Sarli era feliz. Y trasladaba esa alegría de vivir a sus compañeros de redacción, irradiando sonrisas que se extendían mucho más allá del horario de salida, y hasta fingiendo raptos de enojo, a los que exageraba para provocar las carcajadas de todos.
Parece complicado prolongar ese espíritu vital mediante las nuevas tecnologías, tan poderosas y distantes. Sin embargo, tal vez sea ese el legado del maestro: la imaginación y el buen humor son los únicos insumos imprescindibles. Lo demás, será siempre superfluo.