Premio al derrumbe

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra-cirus-wrecking-ball[dc]A[/dc]lguna vez los videoclips fueron la gran novedad dentro de la industria discográfica, hasta tal punto que se habilitó un canal específico de televisión dedicado por entero a ellos. Esa señal, que asomó a comienzos de los ochenta, llevó el más que obvio nombre de Music Television, pero se popularizó por la sigla MTV. Desde entonces, el canal lleva más de 30 años de difusión de videos y se ha ocupado de ponerle imágenes a los éxitos musicales.
Pero desde hace casi una década, ese monopolio que ejercía la cadena estadounidense se ha visto seriamente disputado por –como no podía ser de otra manera- un soporte web al que la mayoría de la gente apela hoy para ver los clips de las canciones. A través de Youtube se puede acceder a contenidos audiovisuales amateurs y profesionales, nuevos y viejos, cortos y extensos. Pero seguramente los videos musicales constituyen una mayoría entre todos sus contenidos, así como los consumidores de este formato saben que allí estarán a su disposición tanto el archivo de todos los clips mundiales como las últimas novedades en la materia.
A lo largo de su vigencia, MTV apeló a recursos varios para sostener el interés de la audiencia. Cuando fue necesario, incluyó dibujos animados, reality shows o series, siempre respetando una línea editorial que comulgaba con la euforia juvenil y rendía culto a la transgresión, tan valorada por las nuevas generaciones. Cuando Youtube le plantó batalla, la señal televisiva profundizó esa tendencia a incorporar programas que fueran más allá de la mera presentación de videoclips, con la urgente necesidad de no perder audiencia y de ofrecerle alternativas a un público cada vez más enfrascado en computadoras, tabletas o teléfonos celulares.
Los Video Music Awards, que se entregaron el domingo por la noche en Los Angeles, sirven como un diagnóstico acerca de cuál es el estado en que se debate la industria del video musical, cuando el siglo veintiuno se encuentra lo suficientemente avanzado como para confirmarnos que los clips distan mucho de haber caído en desgracia. Y, sobre todo, estos galardones exponen hacia dónde quiere llevar las cosas la propia MTV, que es la responsable de organizar la premiación y, por ende, de decidir quiénes serán los ganadores.
Lo que se pudo apreciar allí es el brío de los artistas favoritos de los adolescentes, que se apropiaron de las principales categorías y fueron los dueños de las mayores ovaciones durante la velada. Basta mencionar a Iggy Azalea, Nicki Minaj, 5 Seconds of Summer, Lorde, Ed Sheeran y Fifth Harmony para trazar un panorama de lo acontecido y dictaminar que los teenagers son hoy por hoy el segmento que define tendencias y que sostiene los nombres de sus ídolos al tope de las listas de triunfadores.
Y si todavía quedan dudas al respecto, cabe la posibilidad de fijarse bien quién se impuso en la más importante de todas las ternas de los VMA, la que consagra al mejor video del año. Esta vez, ese disputado título le correspondió a Miley Cyrus por “Wrecking Ball”, un clip que le permitió dejar con las ganas a Beyoncé, intérprete de gran predicamento pero que no tiene tanta llegada al mercado juvenil como la exchica Disney.
Montada sobre una enorme bola de demolición, Miley Cyrus encarna en su video una especie de símbolo de esa nueva camada de músicos que quiere llevarse todo por delante. MTV, que ha perdido el monopolio en la difusión de videoclips pero no las mañas, avala esa iniciativa con su premio. Y, al mismo tiempo, diseña nuevas estrategias para evitar que su propio edificio mediático se haga añicos en medio del derrumbe.