Historias de amor y poder: Juan Domingo Perón & Eva Duarte (Última parte)

Concierto de piano para la Primera Dama

Por Jorge Camarasa

perón y evaEn 1947, Eva haría un largo viaje por Europa sin Perón. Se entrevistaría con Franco, con el Papa Pío XII, con los presidentes de Francia, Portugal y Suiza, y en este último país y antes, durante una corta escala de la comitiva en el principado de Mónaco, despertaría algunas sospechas sobre su fidelidad matrimonial.
El domingo 27 de julio de 1947, Eva y la comitiva que la acompañaba en el viaje llegaron a Montecarlo. Entre sus acompañantes estaban su hermano Juan Duarte, su dama de compañía, Lillian Lagomarsino de Guardo; sus modistas Asunta y Juanita, tres edecanes militares y el hombre que se hacía cargo de los gastos de esa corte en tránsito: Alberto Dodero.
Dodero era un empresario naviero poderoso y cercano al poder, y había corrido con los costos de la gira tomándolos como una inversión. Sus relaciones en Europa habían abierto puertas insospechadas para Eva, y en la Costa Azul las cosas no tendrían por qué ser distintas.
Aunque la comitiva se había alojado en el modesto hotel Beach, Dodero se había encontrado con sus amigos millonarios, y entre ellos con un greco-argentino a quien había ayudado en sus primeros pasos en Buenos Aires: Aristóteles Onassis.
Ari estaba en Mónaco con su esposa Tina, y se alegró de saber que Eva, a quien había conocido en la Argentina, también estaba allí. En 1946 se habían encontrado en una casa uruguaya de Dodero, y había sido la única vez que se habían visto. La coincidencia en Montecarlo, entonces, parece haber despertado las fantasías del armador.Lo que pasó entre ellos sigue siendo un secreto, y la única versión es la que ofreció el propio Onassis: le pidió a Dodero tener un encuentro privado con la Primera Dama, y Eva —según él— accedió. “Fueron los huevos revueltos más caros que comí en mi vida, y los había probado mejores”, contó después, enigmáticamente, a su amigo John Meyer.
Aunque la relación nunca fue probada, despertó un coro unánime de desmentidas voluntariosas. No pasaría lo mismo con otra presunta infidelidad que Eva tendría unos días más tarde, tal vez porque en este caso las sospechas de veracidad eran mayores.

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Después de la Costa Azul, Eva y su comitiva viajaron a Suiza. Atravesaron Ginebra, recorrieron Berna y visitaron los Alpes y las fábricas de relojes, y el 8 de agosto llegarona Zurich, donde se alojaron en el hotel Baur-au-Lac.
Peter Kreuder era un pianista alemán que había tocado en la embajada argentina en Berna durante la fiesta de recepción a Eva. En sus memorias, “Sólo las muñecas no lloran”, contaría así su encuentro con la esposa de Perón:
«Estábamos solos ella y yo. Se sentó a mi lado en el taburete y me cantó con una voz aguda una antigua canción popular argentina. Se me venía más y más cerca con su boca, hasta que me besó y me acarició el pelo. Entonces yo pensé: ‘Qué señora de un presidente…? Se trata sólo de una mujer…´”.
Al día siguiente hubo un segundo encuentro en el Baur-au-Lac, donde “por la tarde se despediría de sus amigos y por la noche de mí”. Kreuder describe a Eva como una mujer con “un cuerpo de niña, un cuerpo que uno no sabe si tiene que pedirlo o amarlo hasta el fin. Uncuerpo que parece sumergido en oro claro, piel brillante y un cabello rubio y liviano”.
Cuatro años después de aquel encuentro en Suiza, Kreuder fue invitado por Presidencia de la Nación y viajó a Buenos Aires. Un decreto lo designó director de la Orquesta Filarmónica Nacional, ofreció conciertos populares de música clásica y escribió música de películas, y fue condecorado con la medalla a la Lealtad Peronista.
Hasta 1954 vivió en Acasusso. Sobre esa etapa de su vida, escribió: “Había algo que me ataba a la Argentina: esa atadura era Evita Perón. Ella era una vida natural y elemental como el fuego, como el aire, el agua y la tierra. Ella amaba naturalmente, como respiraba. Era puta y santa a la vez”.

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Pero si es posible rastrear un partenaire de Eva antes y durante su matrimonio, con Perón la situación se hace más confusa. En principio, porque no fueron muchas las mujeres que se le conocieron.
La predilección de Perón por compañeras más jóvenes fue una de las constantes en su vida sentimental. Cuando conoció a su primera esposa, Aurelia Tizón, ella tenía diecisiete años, y él, treinta y uno. A la adolescenteque llamaba hija, con la que convivió hasta fines de 1943, le llevaba no menos de treinta años. A Eva le llevaba veinticuatro y a Isabel Martínez, treinta y seis.
Y sin embargo, Perón nunca tuvo hijos y eso aumentó el rumor de que era estéril. Dos anécdotas, entre otras, no alcanzan para demostrar lo contrario.
La primera cuenta que él mismo, después de haber conocido a Isabel, quien iba a ser su tercera mujer, tuvo la sospecha de que en 1940, mientras estaba en Europa, podría haber dejado embarazada a una actriz italiana con la que habría convivido algunos meses.
Durante su exilio en España, veinte años después, las dudas volvieron a aparecer y envió a un hombre de su confianza, el financista Jorge Antonio, a que hiciera las averiguaciones necesarias. Dos meses más tarde, tras una investigación que lo llevó de Roma a Milán y de allí a Florencia, Antonio regresó a Perón con las manos vacías: ni rastros de Giuliana dei Fiori, la actriz, ni de su supuesto hijo.
La otra historia se conoció en febrero de 1993, por boca de su última esposa. En una reunión con periodistas, Isabel Martínez dijo que había estado dos veces embarazada de Perón. “Los embarazos”, contó, “fueron en 1957 y 1958, y uno de ellos era de un varoncito”. Al parecer, las dos gestaciones se interrumpieron por causas naturales, pero lo extraño es que ninguno de los allegados a la pareja en esos años de exilio madrileño recuerda a Isabel encinta.
Volviendo a Eva, si bien es cierto que tampoco ella tuvo hijos, su explicación de la ausencia está expresada en su autobiografía: “Mis hijos son los pobres, los ancianos y los abandonados de la Argentina”. Y Perón, según ella,era el padre de todos.

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Las primeras evidencias de la enfermedad de Eva sehicieron notar en los primeros días de 1950. Hasta entonces, una imaginaria historia clínica sólo hubiera registrado una fugaz y nunca explicada internación en los primeros meses de 1943, y otra situación similar en septiembre de 1944, nueve meses después de haber conocido a Perón, que dio pie a rumores de un aborto.
En enero de 1950, Eva fue operada de una apendicitis aguda y el equipo de cirujanos advirtió el cáncer de matriz que la condenaba a muerte. Perón, que fue informado por los médicos, para no dejarla sola había trasladado su despacho al Instituto Argentino del Diagnóstico, donde su esposa estaba internada, y atendía desde allí los asuntos más urgentes del gobierno.
Durante los dos años siguientes no hubo manera de convencer a la mujer de que estaba enferma. Se negaba a aceptarlo, creía que la querían desplazar de la actividad política, y seguía trabajando como hasta entonces. Se había vuelto irritable y ni su esposo, al que devocionaba como a un maestro, conseguía hacerla trabajar menos.
En noviembre de 1951, en vísperas de las elecciones que reelegirían a Perón como presidente, Eva volvió a ser operada. La anemia ya le había afilado los rasgos y hundido los ojos, y se la trataba con transfusiones y reposo obligatorio. En octubre la habían anestesiado para que la revisara en secreto el cancerólogo norteamericano George Pack, y el diagnóstico del médico coincidiría con el de sus colegas argentinos: el cáncer era terminal.
El 7 de mayo de 1952, mientras cumplía treinta y tres años aunque celebraba treinta, un grupo de diputados presentaba un proyecto para levantarle un monumento en el centro de Buenos Aires y Perón, a sus espaldas, ya había contratado un especialista para que embalsamara su cuerpo.
Empezaban a velarla en vida.
El 26 de julio de 1952, a la mañana, Eva dijo a una de sus enfermeras: “Nunca me sentí feliz, y por eso me fui de casa. Mi madre me habría casado con cualquier persona vulgar, y jamás lo habría soportado. Una mujer decente tiene que ir adelante en la vida”.
Fueron sus últimas palabras. A las 20:25, esa noche, murió junto al hombre que había amado. En el caso de Perón, era la segunda vez que veía a una esposa muerta de cáncer. Potota Tizón lo había tenido en el útero, y Eva en la matriz.
Ninguna de las dos le había dado hijos.