Cuanto peor (decidamos), mejor (para nosotros)

1 slide - copiaPor Pablo Esteban Dávila

La frase “cuando peor, mejor” es, de alguna manera, la versión paradójica y brutal de la conocida sinonimia – en la grafía del idioma chino – entre las palabras “crisis” y “oportunidad”. Con todo lo que ocurre alrededor del tema de los holdouts, es evidente que Cristina y sus corifeos saben leer ideogramas, una ventaja de la que el resto adolece.
El “cuanto peor, mejor” requiere, por cierto, cierto nivel de estómago. Se trata de una apuesta al caos para obtener réditos propios, o una oportunidad para mantenerse en alguna posición que se presume importante. En el medio de este hacer quedan, inevitablemente, tendales de personas, ideas o fortunas. Son los daños colaterales del hecho de decidir estar “peor” para mejorar las chances de supervivencia; todo un grafismo sobre qué parte de la cadena trófica ocupa el que resuelve hacer uso de esta metodología.
La presidente Cristina Fernández acaba de hacer un uso intensivo de este recurso de la política in extremis. Al requerir al Congreso cambiar la jurisdicción para el pago de los bonos reestructurados en 2005 y 2010, pateó el tablero de juego de una forma tal que ya nada puede ser leído de la forma que lo era una semana atrás. Las consecuencias de la movida todavía son impredecibles; en rigor, puede suceder cualquier cosa: desde la creación de una nueva categoría de holdouts, como la posibilidad de embargos masivos en contra de cualquier tipo de bienes argentinos en el extranjero.
No obstante tales riesgos, las consecuencias de sus acciones hace tiempo que ya no le preocupan al gobierno nacional.
Desde 2012 que pesa, a modo de una espada de Damocles, una sentencia del juez Thomas Griesa favorable a los holdouts “de primera generación”, sin que nadie en la Casa Rosada haya tenido alguna vez una estrategia razonable para hacer frente a tal peligro. Como se sabe, la decisión del juez fue oportunamente convalidada por la Cámara de Apelaciones de Nueva York y, finalmente, confirmada por la Corte Suprema de Justicia de los EEUU, merced al módico expediente de no abocarse al tratamiento de la apelación argentina. Durante estos años, la amenaza de la ejecución de la sentencia de Griesa fue ignorada, como si el hecho de no hablar de ella pudiera neutralizarla. Los resultados de haber porfiado en tal negación son, de momento, catastróficos. Basta con considerar el hecho que el país se encuentra nuevamente en default para comprender la evidente mala praxis con que este asunto fue operado.
No obstante, la caótica sucesión de noticias respecto al galimatías del pago a los holdouts (un tema cuya complejidad técnica supera a la comprensión del promedio) arrojó un hueso con la cantidad necesaria de calcio para fortificar a un kirchnerismo tambaleante. Es claro que, cuando las encuestas comenzaron a mostrar que la imagen presidencial comenzaba a crecer al ritmo de las bravatas nacionalistas y la antinomia “buitres o patria”, el gobierno decidió mutar dramáticamente su posición original. De aquellas primeras afirmaciones sobre que se intentaría negociar con los bonistas en litigio – de la mano de Dan Pollak, el mediador designado por el Juez – se pasó a la reciente decisión de cambiar de jurisdicción de pago, dinamitando cualquier tipo de diálogo. No importa que, en el ínterin, los costosos arreglos con Repsol y el Club de París hayan sido para nada, ni que en estas condiciones no pueda colocarse nueva deuda en el exterior (algo que, en última instancia, quería hacer Axel Kicillof); cualquier racionalidad económica ha quedado pulverizada ante la perspectiva de recuperar algo del rocambolesco relato nacional y popular.
Es indudable que esta versión radicalizada del kirchnerismo se resiste a que la den por muerta. Pese a que sus iniciativas son contradictorias y sus explicaciones un verdadero compendio de falacias, mantiene la delantera en la construcción de la agenda política, al punto tal de transformar a sus opositores en un conjunto de espectadores nerviosos que sólo desean que la obra que a la que asisten pasivamente se termine de una vez. Hasta el sólido José Manuel de la Sota parece haber caído en la trampa de equiparar el desaguisado de los buitres con una causa nacional. Ayer decidió que el proyecto de la Casa Rosada merecía su apoyo, coincidiendo en esto con Daniel Sioli. Sólo Mauricio Macri adelantó que los legisladores del PRO se opondrán al asunto; algo particularmente llamativo en alguien que no parece demasiado amigo de las definiciones tajantes.
Probablemente el jefe de gobierno porteño haya comprendido que, a esta altura, vale más polarizar con una presidente cada vez más cerrada en sus trece que abonar una línea de paz y amor en la creencia que el electorado terminará premiando a la moderación antes que a las convicciones. Es cierto que el tema de los holdouts es riesgoso – es más complejo explicar porqué debe negociarse el cumplimiento de una sentencia de un juez extranjero que denunciarla y levantar en alto los estandartes de la argentinidad – pero alguien, alguna vez, debe elegir hacer lo correcto a pesar del chauvinismo al que es tan afecto buena parte del país.
Es obvio que Cristina sabe que, en este contexto de chapucería nacionalista, cuanto peor decida mejor será para ella. Aprobar una ley como la propuesta significará la demolición de los escasos puentes que comunican a la Argentina con el mundo financiero y la creación de un nuevo problema al largo plazo, un tema que deberá resolver quien la suceda. Además, el debate que se generará en torno al pago en el país de los bonos reestructurados tendrá reminiscencias atávicas, equiparando esta política con las luchas por la independencia y otras tonterías. Pero, al final, el kirchnerismo logrará la aprobación del proyecto, reclamando su fama de quijote de las causas ecuménicas, un hidalgo incomprendido que sólo quiere mostrar al mundo la verdad de los fondos buitres (y arrastrando a la oposición contra los molinos de viento).
El delirio, por supuesto, durará lo que resta del mandato presidencial. Su sucesor tendrá mucho menos tiempo para la poesía: deberá terminar con la inflación (que se exacerbará porque, por culpa del default, no vendrán dólares financieros por mucho tiempo), ajustar el gasto público (lo que supondrá el despido de miles de camporistas) y, por sobre todo, renegociar con acreedores externos nuevamente desairados. Es un combo letal, un trabajo sucio que quedará como recidiva de la última gloria de Cristina Kirchner.
Sólo Macri parece comprender la gravedad de aplicar, por estas horas, el teorema de lo peor – mejor. No ocurre lo mismo con el resto de los opositores. ¿Alcanzarán a darse cuenta que la presidente desea enamorar al pueblo ahora para que, a su turno, se desenamoren de ellos cuando deban gobernar y ajustar? Ella quiere ser la Evita del default, pero con un final menos amargo que la mítica esposa de Perón. Con tanta mojigatería política al frente tal vez lo logre, un éxito del que la oposición será corresponsable si es que no decide, cuando llegue la oportunidad de discutir en el Congreso, aportar algún grado de racionalidad a este culto – tan esotérico como dañino – de elevar los errores del gobierno a la categoría de aciertos universales.