Hacia la chavización

Por Gonzalo Neidal

hugocristina06_54925Los días que siguen pueden quedar en historia como argentina como los de la chavización.
Es que el gobierno está cruzando la delgada línea roja que separa la razonabilidad –aún populista- y la locura socializante, que puede llevar al país a situaciones de fragilidad institucional e incluso de violencia. El tratamiento de las modificaciones a la Ley de Abastecimiento es lo que marca una frontera divisoria entre uno y otro escenario.
Da la impresión que los argentinos nos encaminamos mansamente hacia una situación desequilibrante que anuncia cimbronazos sociales, no sólo por propio mérito –que los tiene- sino también por el contexto económico en que se está proponiendo.
La nueva Ley de Abastecimiento es un intento de poner en caja a los empresarios. Intenta determinar a través de los funcionarios públicos, cuál es el precio de los productos, cuál es el margen de utilidades, qué debe fabricarse y qué no. Es el desembarco del estado en las empresas privadas. Las probables derivaciones de estas modificaciones que intenta el oficialismo son imprevisibles. No sólo el estado podrá obligar a producir a pérdida tal o cual producto sino que, por ejemplo, en el caso del agro, podría determinar que los productores se desprendan de sus existencias ensiladas aunque el precio del mercado no sea considerado suficiente por el dueño del grano.
El estado argentino nunca había llegado tan lejos en relación con la empresa privada. Había controlado sus precios, incluso los había fijado por debajo de lo razonable. También, en el caso de las empresas pertenecientes a rubros denominados estratégicos, había apelado a la lisa y llana expropiación. La pretensión actual es la de dirigir las empresas desde el ministerio de economía y hacerlas producir con filosofía estatal: esto significa que no han de tenerse en cuenta los costos de producción ni los márgenes de rentabilidad.

La invasión
Hacia octubre de 1938, el osado joven Orson Welles tomó el micrófono de una emisora radial y anunció el desembarco de marcianos en Nueva Jersey. Hubo un puñado de personas que le creyó y se pertrechó, temerosa de la inesperada visita. La broma había sido anunciada al comienzo del programa pero, como el público se renueva, muchos no escucharon el aviso de Welles, de tan sólo 23 años, y sufrieron un sofocón emocional.
Los discursos de Cristina contra los llamados “fondos buitres” y ahora contra los accionistas de la quebrada Donnelley intentan, al igual que aquel relato de Welles, pintar un panorama catastrófico que resulta poco creíble. Una potencia extraterritorial está intentando apoderarse de la Argentina, envidiosa por sus notables éxitos económicos. “Vienen por Vaca Muerta”, dicen en el gobierno. Quieren desestabilizar, aseguran y señalan a la imprenta norteamericana que no pudo sobrevivir a la coyuntura económica nacional y decidió cerrar.
Y, además, los buitres. Como se sabe, ellos integran una conspiración internacional que incluye al propio presidente Obama, que no quiso intervenir para aliviar a la Argentina.
¡Sí, estamos siendo invadidos! Y algo hay que hacer para defendernos de tan terrible ataque.
Tal el tono un tanto alocado e histérico con el que Cristina pretende sacudir a los argentinos y convocar a todos tras ella para que se sumen a defender a la Patria en peligro ante el ataque desenfrenado de potencias extranjeras.
Pero esto no es lo grave. Una mujer, en la cima del poder, puede sufrir algunos desequilibrios emocionales que no le permitan evaluar con claridad el escenario en que se está moviendo y ni siquiera la exacta medida de sus propias palabras. Puede ocurrir. Y sucede, de hecho, cuando el poder tiene esta estructura piramidal, concentrado en la cúspide y en una situación como la que vivimos en que nadie se anima a decir nada por temor a ser separado de su cargo destempladamente.

La chavización está llegando
Es que la dinámica propia del populismo va deslizando al país, al principio imperceptiblemente y luego más claramente, hacia políticas socializantes.
Está claro: si queremos ver hacia dónde vamos en lo económico, no hace falta más que mirar hacia Venezuela. Si Cristina y Kicillof consiguen desplegar las medidas que están proponiendo, seguirán in crescendo hacia una chavización de la economía, con resultados previsibles e indubitables.
Estamos en el tramo fatídico en que el populismo comienza a radicalizarse hacia políticas socializantes que se sostienen sobre la convicción que nadie puede producir mejor que el estado y que, además, los empresarios no son más que un grupo social rapaz que impide que el pueblo progrese y logre mejores niveles de vida.
Es muy difícil que Cristina logre su objetivo. A diferencia del país caribeño, aquí le ha resultado imposible la perpetuación en el poder en nombre de la democracia y el deseo popular.
Ya casi al final de su mandato, Cristina se parece cada vez más al “pato rengo” de los manuales. Es abandonada por sus aliados políticos, cada vez son más los diputados que se apartan del bloque del FPV e incluso, en las últimas horas, ha habido un gobernador que osó desafiarla pasándose a las huestes massistas.
Uno podría pensar que una ley como la que está propiciando el oficialismo debería tener nulas chances de aprobación en el Congreso, que sería rechazada con apenas el ejercicio de un mínimo criterio de sensatez por parte de los diputados y senadores del propio oficialismo. Pero no es así. Al menos no parece que sea así todavía. Quizá este avance desesperado del kirchnerismo sea, precisamente, la bisagra que marque una situación de desobediencia suficiente como para que este proyecto no pueda ser transformado en ley. Una rebelión como la que ocurrió en la agitada sesión de senadores en 2008, con la Resolución 125.
¿Será que ha llegado la hora de frenar a Cristina y hacerle entender que Argentina no quiere ser Venezuela?