El arte de no negociar

Por Gonzalo Neidal

congreso_fer_cb_240312_7_89716Perdido por perdido, el gobierno se abraza a la intransigencia.
Y no sólo en su pelea con los llamados fondos buitres. En todos los ámbitos.
Joe Kennedy aconsejaba a su hijo John, el presidente de los Estados Unidos: “Más importante que ser honesto es parecerlo”. La imagen es más importante que la verdad. Porque es la imagen lo que consumen las masas. De aquí hasta el final de su gobierno, Cristina parece haber elegido acentuar su imagen de gobierno luchador, combativo, nacional y popular.
Hizo un acelerado intento en dirección contraria pero parece haber rectificado el rumbo y cambiado de objetivos.
Primero calculó que le convenía hacer un ajuste clásico, ortodoxo (todos los ajustes lo son). Puso a Carlos Fábrega en el Banco Central, devaluó un 30%, sinceró el índice de precios del INDEC, subió la tasa de interés. Además, dio algunos pasos importantes en su comportamiento internacional. Cambió el pedido de indemnización a REPSOL por un pago bastante generoso. Arregló algunos juicios pendientes en el CIADI. Luego, calladitos, fueron a pagar la cuenta que se debía en el Club de París. En este último arreglo se pagaron generosos intereses punitorios: una cifra cercana a los 3.500 millones de dólares, sobre un total que linda con los 10.000.
Todos eran pasos necesarios para obtener un curso tranquilo hasta el final del mandato. Buena letra, se pensaba, significaba el regreso al mercado de capitales y, muy probablemente, ingresos de divisas para equilibrar las cuentas públicas.
Pero apareció Griesa, el malo.
Convengamos que Griesa no es sólo Griesa. Es decir, es la Justicia de Nueva York. Porque el fallo de Griesa fue apelado. Y la apelación fue a la Corte. Y todos nos fallaron en contra. El argumento de que Griesa es un viejo gagá que no sabe lo que hace es, cuanto menos, frívolo.
Entonces el gobierno debe haber pensado que, si no se consiguen los dólares para llegar tranquilos al final del mandato, entonces lo mejor es abrazarse a la intransigencia para dejar la imagen que enuncia la presidenta: un gobierno lleno de aciertos al que los poderosos del mundo quieren abatir con misiles financieros.
En algún sentido, la percepción del gobierno no es errada: a una ancha franja de argentinos les encanta esa imagen de ser parte de un pueblo víctima de la injusticia, un pueblo al que no dejan alcanzar el destino de grandeza al que está predestinado. Un pueblo, en fin, heroico y combativo siempre dispuesto a decir “no pasarán”.
Pero, claro, una cosa es hacerse el combativo cuando el viento sopla de popa y otra muy distinta hacerlo cuando ya nos han llegado los problemas. Raras veces tenemos el tino de acertar a decirle “no pasarán” a las dificultades.

La defensa de Boudou
Así, el gobierno siempre cede ante los raptos de heroísmo. Quienes le piden rectificaciones no son sino meros agentes del Imperio. Los que piden cambios son enemigos del pueblo y de la Nación.
Los resultados van quedando a la vista.
Por defender “el pan de los argentinos”, producimos menos trigo.
Por preservar “la mesa de los argentinos”, cayó la producción de carne y el stock ganadero.
Para defender la energía barata hipotecamos a futuras generaciones y las condenamos a la importación de petróleo y gas.
Ahora la defensa está centrada en la figura del vicepresidente Amado Boudou. El vicepresidente procesado.
Y este es el punto donde los valerosos atenienses de las Termópilas se transforman en Brancaleone.
No negociar es la consigna. El gobierno siente que, si negocia un retiro de Boudou, perderá posiciones y dará una muestra de blandura. Boudou es una trinchera que no debe aflojarse.
Y así, lo que puede tener sentido para el relato en el caso del Juez Griesa, se vuelve grotesco para el caso de Boudou. Porque el vicepresidente no es, convengamos, el Che Guevara. Boudou no es más que un personaje frívolo que cada vez que puede agarra una moto de alta cilindrada, carga una guitarra eléctrica y marcha a cantar rock con la Mancha de Rolando, su pasión incomparable.
Es muy difícil decir que, en este caso, se trata de un ataque imperialista contra un luchador popular. Ni Carta Abierta, con sus alambicados textos, podrá vincular la figura de Boudou a la revolución nacional en marcha. Ardua tarea será la de incorporarlo a la pléyade de luchadores populares. Ni Felipe Pigna o el Instituto Dorrego podrán hacerlo sin un gran esfuerzo.
Mientras tanto, se va ampliando en panorama de problemas. Martín Insaurralde, cabeza de lista K en las últimas elecciones, estaría a punto de pasarse a filas enemigas. Picolotti, procesada. Paro docente en demanda de aumentos salariales de mitad de temporada. Malos síntomas en la economía, que sigue cayendo. La inflación recrudece.
No parecen momentos propicios para que pueda prosperar la intransigencia.
Griesa, al fin y al cabo, con su dureza presta un gran servicio al gobierno: le deja un margen para seguir practicando su fatigante y peligroso juego de patriotas.