La oposición, entrampada entre “patria o buitres”

Por Pablo Esteban Dávila

1 slide - copiaConvéngase que la oposición ha distado de tener un papel brillante en el tema de los holdouts. Previsiblemente, todos sus referentes acertaron en reprochar el increíble diletantismo de la Casa Rosada para con el asunto, pero ninguno de ellos parece haber capitalizado sus críticas; más aún, en términos de política doméstica, la única que parecería haber sacado algún provecho es la presidente, la teórica culpable del desaguisado.
Es posible entender, en parte, este fenómeno. Por más que se pretenda diferenciarse y atacar al gobierno, ponerse a favor del juez Thomas Griesa o de los fondos especulativos es un riesgo que nadie quiere tomar, más allá de las razones técnicas que podrían abonar una hipotética posición en tal sentido. Para una nación de patrioteros como la nuestra, la razón es siempre más débil que la Nación, un instinto falaz que el kirchnerismo se ha ocupado de exacerbar en dosis crecientes desde 2003.
Pero una cosa es respaldar a Griesa (algo que bien podría ser asimilado a la defensa de la legalidad) y otra muy distinta proponer alguna solución allí donde Cristina y su equipo han fallado miserablemente. Es en este punto donde ningún presidenciable supo –o quiso– ocupar el centro de la escena y disputarle a Cristina el protagonismo. Aunque todos, desde Mauricio Macri a José Manuel de la Sota, han advertido en algunas oportunidades sobre el costo que tendrá este nuevo default para el país, prácticamente nadie ha sugerido alguna salida concreta para este dilema. Predeciblemente, esta tarea ha quedado reservada a economistas “universales”, sin militancia concreta, entre los cuales podría mencionarse el meritorio caso de Guillermo Nielsen, un decano del equipo original de negociadores de la renegociación llevada adelante por Roberto Lavagna en 2005. No obstante, desde el campo estrictamente político no hubo propuestas dignas de tal nombre, probablemente inhibidas por el temor de quedar entrampados entre la falsa opción de “patria o buitres” que el gobierno ha tenido la astucia de instalar ante el vacío conceptual de quienes pretender reemplazarlo.
Es ya un clásico en esta Argentina culturalmente dominada por el kirchnerismo que la oposición sólo ataque lateralmente al relato. Aunque la presidente se encuentre en retirada y su gabinete sea un modelo de incompetencia, la iniciativa política sigue en sus manos. Basta observar al sonriente Kicillof luego de su destructiva gira neoyorquina para comprender este hecho. Desde que se conoció que la Corte Suprema de los EE.UU. no tomaría en caso argentino, el equipo económico no acertó con ninguna solución, llegando a jugar, inclusive, a una interna insensata con el Jefe de Gabinete y el presidente del Banco Central mientras se sucedían las negociaciones con Daniel Pollak, el delegado del juez Griesa. Sin embargo y pese a estos dislates, el fracaso de Kicillof en Wall Street fue elogiado como una aventura épica por cadena nacional, con Cristina en persona ratificando su plena confianza al ministro y a su estrategia. Esta habilidad por transformar la mala praxis en un orgullo profesional muestra a las claras la capacidad de estructurar la realidad de parte de una gavilla de dirigentes y funcionarios decididos ante una oposición que todavía no se atreve a plantear una batalla franca en el terreno ideológico.
El tema es conceptualmente simple. Si frente a la hegemonía discursiva del kirchnerismo no hay ideas claras y distintas (la lucha contra la corrupción y los llamados al diálogo aquí no cuentan, son commodities ideológicos) se terminará hablado siempre de aquellas que monopoliza el gobierno. Frente a este panorama, no sorprende que el único opositor que se haya movido algo en las encuestas sea Mauricio Macri quien, al menos desde lo gestual, parece ser quien mejor polariza pese a su reticencia de hablar de asuntos puramente conceptuales. Los demás competidores han quedado entrampados dentro del callejón sin salida de lo políticamente correcto. Sergio Massa, quien había demostrado un dominio de los tiempos bastante plausible, no supo capitalizar en absoluto el vaudeville de los holdouts, en tanto que Daniel Scioli –el autonominado “sucesor” del modelo– quedó obligado a elogiar públicamente la supuesta dignidad de una mandataria que abiertamente lo desprecia.
Queda claro, por lo tanto, que aún sin futuro el kirchnerismo es un fenómeno político difícil de doblegar, mucho más cuando los llamados a sucederlo no aciertan a hilvanar una historia lo suficientemente potente como para desarticular el relato o, mejor dicho, el desparpajo para contarlo.
Por ejemplo, en lugar de atacar la estéril negociación para pagarles a los holdouts (algo que cualquier técnico de moderada reputación podría argumentar, como de hecho ha sucedido), bien podría haberse cuestionado el porqué el gobierno necesita, contra viento y marea, tomar dinero en el exterior. Y no se trata de hablar –o, al menos, de hacerlo exclusivamente– sobre el virtual límite que existe para la emisión monetaria y su relación con una inflación ya desbocada, sino sobre el gasto público, la verdadera causa de emisión espuria y de la deuda externa. Porque, si se acepta que no hay populismo sin billetera, quienes lo califican como plaga de las instituciones deberían apuntar a la racionalidad del gasto del Estado. Y es en estas profundidades donde nadie quiere caer. Siempre es antipático sostener que los subsidios irracionales deben terminarse, que el Fútbol para Todos necesita un nuevo formato o que el festival de regulaciones, promociones y restricciones económicas deben removerse de cuajo para poder reconstruir la economía. Nadie quiere quedar como el promotor de un nuevo ajuste aunque todos, sin excepciones, sepan que deberán llevarlo adelante si les toca en suerte hacerse cargo del gobierno.