El maldito campo

Por Daniel V. González

DYN01.JPG¿Por qué el gobierno nacional está enojado con el campo? ¿Cuál es la razón de fondo de este enfrentamiento? ¿O cuál, en todo caso, su sustento teórico o ideológico?
El campo, por llamar de un modo genérico a los millares de productores rurales de todo tamaño, es el sector más eficiente de la economía argentina. Ejerce una eficiencia fundada principalmente en su propio esfuerzo. El campo argentino está en la cúspide de la productividad a nivel mundial. Se trata del sector de la economía que, a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años, más ha invertido en su propio desarrollo. Incorporó nuevas tierras a la producción, adoptó y desarrolló nuevas técnicas, invirtió en máquinas y equipos y de ese modo el país pudo multiplicar la producción aprovechando los formidables precios internacionales.
Esa transferencia de recursos desde los importadores de alimentos hacia nuestro país permitió vivir años de abundancia de recursos. Y, de ese modo, desarrollar programas sociales y subsidios que le valieron a este gobierno el apoyo de un sector importante del electorado. A nadie debe tanto este proceso kirchnerista como al campo. Sin el torrente productivo agrario, este gobierno hubiese chapoteado en la escasez de recursos.
Pero claro, se enfrentó con él cuando quiso avanzar sobre la renta agraria más allá de lo que resultaba tolerable e incluso eficaz desde el punto de vista económico. La crisis de 2008 no fue más que una batalla por la distribución de la renta agraria, sobre la que el gobierno ya había avanzado hasta niveles que se iban tornando insoportables.
El 35% sobre el monto de facturación del principal producto es un tributo difícil de igualar.
Pero además, operó el retraso cambiario en su mezcla letal con la inflación. Los costos internos subieron y el precio del dólar quedó estancado por un largo período. De todos modos, la producción creció aunque el sector pagó el alto precio de la depredación de producciones como la carne vacuna, el trigo y la leche, donde avanzó la concentración y el cierre de establecimientos.

El sustento ideológico
Sólo la inercia ideológica puede permitir que este gobierno reedite el enfrentamiento de los años cuarenta, cuando Perón llegó al poder. La visión de esa época era sencilla: Argentina era un país puramente agrario y aspiraba a ser un país industrial. El progreso, en la visión de ese tiempo, consistía en pasar del estado pastoril al industrial.
El Ejército pensaba también que los países poderosos eran los que habían accedido a la industrialización. Una gran industria significaba también Fuerzas Armadas fuertes, valor importante en una época de una reciente guerra mundial en la que, además, se veía venir una nueva conflagración global a partir de la disputa en Corea.
En ese tiempo, el campo estaba dividido en grandes extensiones y una de las principales imputaciones que se le hacía se refería a su improductividad. Eran el blanco preferido de Evita. Los ricos que impedían a los pobres tener un ingreso digno.
Pero pasaron décadas y las cosas han cambiado. La improductividad de aquel tiempo (real o presunta) ya no puede plantearse: el campo es un torrente productivo apenas frenado por las malas políticas del gobierno kirchnerista.
Cualquier gobierno que pretenda identificarse con la producción y el trabajo, deberá tener al sector agrario como un aliado de privilegio. Impulsar sus posibilidades productivas, agregar valor a la simple producción agropecuaria, recuperar el plantel pecuario y las exportaciones de carne, expandirse hacia nuevos mercados con nuevos productos, son tareas pendientes que deben impulsarse en el futuro. Pero para eso hace falta considerar al campo como un protagonista importante del crecimiento argentino y no como un enemigo.
Plantear la “lucha contra la oligarquía” ya carece de sentido. Es una consigna apta para “fubistas” (nombre con el que Jauretche denominaba a la progresía universitaria de su tiempo). Es infantilismo político que juega con las posibilidades económicas del país, que son amplias y sólidas.
La ausencia de funcionarios del gobierno en la exposición rural es una muestra de primitivismo político e infantilismo ideológico altamente nocivo. Es un rumbo que debe ser abandonado con rapidez por cualquier gobierno que tenga en su cabeza apuntar a una mayor producción en todos los niveles.
Las nuevas condiciones de la agricultura está revolucionando el país completo. Está incorporando tierras ociosas en las provincias, fijándoles un rumbo productivo del que carecieron durante décadas e incluso centurias. La mera producción agraria genera a su alrededor un sistema entrecruzado de actividades que abarcan las fábricas de maquinarias, el comercio y almacenamiento de granos, la producción y exportación de productos industriales derivados, la fabricación de maquinaria agrícola, la investigación, la producción de semillas. A lo que hay que agregar el movimiento que generan con su demanda extra sector, especialmente en la construcción y la industria automotriz.
Afortunadamente, al gobierno ni siquiera le ha quedado margen para poder discriminar entre grandes y pequeños productores. El campo, pese a la ausencia de homogeneidad, se muestra unido al momento de reclamar políticas en beneficio de la producción.
Cada vez más el rechazo del gobierno hacia el sector agrario se percibe como un capricho ideológico más que como una política a favor de los genuinos intereses del país, que no pueden ser otros que los del aumento de la producción, la productividad y el desarrollo tecnológico en el sector.