Holdouts: discuten términos de armisticio; la guerra ya se perdió

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra fondos buitresNo sorprende que la presidente Cristina Fernández recoja cierta simpatía de la opinión pública por su posición ante los holdouts (o fondos buitres, en su acepción más pedestre), tal como señala Gabriela Origlia en su columna de hoy. Gran parte de la población argentina, aun de la porción que se define como opositora al gobierno nacional, comparte no obstante con el kirchnerismo una misma animadversión hacia el capitalismo global y los EEUU. Es parte de una herencia nacionalista que comenzó en las primeras décadas del siglo pasado y que, con ciertas variantes, llega hasta nuestros días. Claro que las consecuencias de aquél legado no son en absoluto positivas. Amén de ser un pensamiento definitivamente anacrónico, ha demostrado tener una funesta resiliencia para interpretar como funciona el mundo y el rol que la Argentina debe jugar en el concierto de las naciones.
Sin embargo, y dejando de lado esta incomprensible arista del pensamiento social, no puede soslayarse el hecho que las rabietas de Cristina, Kicillof y otros connotados referentes del gobierno contra los holdout apenas califican como rezongos inútiles. Vale la pena recordar que, en este pleito, la Argentina viene de perder por nocaut, sin atenuantes. El kirchnerismo se encuentra discutiendo los términos del Tratado de Versalles, no el resultado de la guerra. Todas las maniobras, amenazas y desplantes del equipo económico ante el juez Thomas Griessa y su mediador, Daniel Pollak, son estratagemas de corto plazo destinadas a estirar un poco más la ficción de la dignidad nacional y otras fullerías por el estilo. Días más o días menos, la encrucijada siempre será la misma: o se arregla el pago al que ha sido condenado el país o se entra en el default. Aquí no existe la tercera posición, algo que se imagina como deprimente para un peronista estándar.
Lo extraño de toda esta historia es que el mismo gobierno que se había propuesto regresar al mercado internacional de capitales (porque ya no tiene ninguna otra caja a la que recurrir ni tampoco puede continuar emitiendo) es el que persiste en mantener en pie el último escollo que le queda para lograr su propósito. El marxista Kicillof, que tanta fama hubo de adquirir como “un distinto” en materia económica, se había comportado hasta ahora como un disciplinado hombre del establishment, al menos en lo que al tema de deuda externa refiere. En poco tiempo logró lo que ni Amado Boudou ni Hernán Lorenzino pudieron hacer, pese a estar más convencidos que él sobre las bondades de regularizar la situación financiera del país. En este orden, negoció con Repsol el pago por la confiscación de YPF – capitulando convenientemente ante las exigencias de Antonio Brufau – para luego acatar la totalidad de los términos impuestos por los burócratas del Club de París. Entre ambas “negociaciones” (casi un eufemismo, especialmente si se comparan los resultados obtenidos con la retórica inflamada expuesta previamente), el bueno del ministro de economía comprometió más de 15.000 millones de dólares ante dos acreedores externos. ¿Por qué – entonces – no obedecer al juez Griesa en este trance y arreglar civilizadamente con los holdouts para poder aprovechar las bajas tasas de interés que ofrecen los mercados internacionales?
La respuesta es complicada porque complejo es el sistema mental del kirchnerismo. Recuérdese que, en su hora, Néstor pagó con reservas unos 10 mil millones de dólares al FMI sin que nadie se los hubiera reclamado. Pocos meses después, sin embargo, tuvo que pedir un monto similar al comandante Hugo Chávez, aunque amortizando el doble de intereses que los que exigía aquél organismo internacional. Ahora sucede algo parecido: se pagan sin chistar cifras multimillonarias a un par de pacientes acreedores casi al mismo tiempo que se intenta desairar una sentencia judicial que favorece a otros acreedores con la paciencia casi agotada. Es la épica del pendenciero rioplatense: se cumple con creces con los que se antoja, pero se resiste a cumplir con los que se obligan.
Esta esquizofrenia podría parecer hasta risible, de no ser porque entraña gravosas consecuencias para el propio gobierno que la padece. No pagar a los holdouts significa entrar en default y esto, a su vez, continuar fuera de los mercados de crédito. Si Cristina mantuviera los superávits gemelos de lo que tanto se enorgullecía su esposo – es decir, balances positivos en las cuentas fiscales y en las de comercio exterior – el asunto no revestiría particular importancia. Pero la presidente los liquidó hace tiempo, envuelta en crecientes dosis de demagogia y populismo. Hoy el Estado nacional tiene déficit por todos lados, y la maquinita de imprimir billetes ya no sirve para mantener lubricado un gasto público cada vez más improductivo e ineficiente. A nadie escapa que, sin dólares del exterior, la inflación se incrementará junto con la recesión, lo que aumentará el desempleo y el malhumor social. Parece mentira pero los K necesitan, imperiosamente, el salvataje de los inversores externos (aquellos que tanto maltrataron durante la renegociación de la deuda en 2005) para poder llegar al final del mandato. La ironía del actual escenario remite a los anales de la tragedia griega.
La batalla contra los buitres se perdió hace rato, fue un Stalingrado financiero. Cercada por Griesa, la Cámara de Apelaciones de Nueva York, la Corte Suprema de los EEUU y por sus propias contradicciones económicas, la Casa Rosada tuvo que capitular sin honor ni gloria. Pero, en lugar de terminar con esta historia en forma racional, prefiere hacer la pantomima de la heroica resistencia nacional justo cuando la lapicera descansa sobre el acta de rendición, lista para su firma. Desafortunadamente, la supuesta intransigencia es una opereta para la gilada, rezongos de rebeldes juveniles que llegaron tarde al mayo francés y que, al revés de sus admirados estudiantes parisinos, no tienen ningún tipo de imaginación que llevar al poder.