La política de Córdoba ante una nueva puesta en valor

Por Pablo Esteban Dávila

josé manuel de la sota135El diputado Sergio Masa desarrolló agenda tres días en Córdoba. Mientras fatigaba su estadía con reuniones con algunos jóvenes, dirigentes políticos y sindicalistas integrantes de una suerte de “salpicón peronista” no delsatotista, el gobernador emprendía viaje hacia la provincia de Corrientes (el miércoles) y Santa Fe (jueves y viernes). Ambos se cuidaron de hacer coincidir sus agendas políticas, al menos por esta vez. ¿Distanciamiento? ¿Entendimiento? Veamos.
Massa está mejor posicionado que José Manuel De la Sota en el tablero nacional, de eso no hay dudas. Es uno de los niños mimados del aparato mediático con base en la Capital Federal y, a modo de correlato mecánico, su popularidad es grande. Pese a haberse estancado relativamente en las encuestas en los últimos meses, como diputado se las arregla bastante bien para permanecer instalado en la gran marquesina política, habida cuenta de las limitaciones objetivas de un legislador promedio para mantenerse a flote en la consideración pública.
Sin embargo, Massa tiene un déficit en la provincia. Prácticamente no cuenta con ningún dirigente de fuste que lo represente. Martín Llaryora, con quien compartió por algún tiempo el atributo de “renovador” en sus respectivos espacios políticos, ahora responde funcionalmente al delasotismo. No hay caso: la soledad es un amigo que no está, como dice Spinetta.
En un primer momento, el tigrense suplió esta orfandad con un acuerdo político más o menos explícito con el gobernador. En su visita de abril pasado, De la Sota se mostró ampliamente con él, una difusión que hizo especular con un futuro político en común de cara a las PASO. No obstante, tal entendimiento no podría significar, de ninguna manera, una claudicación de parte de Massa de sus legítimas intenciones por hacerse de una estructura propia en la provincia. Después de todo, el gobernador tiene los mismos objetivos que él – la presidencia – y los diversos anuncios de acuerdos y estrategias comunes bien podrían terminar, al largo plazo, en impredecibles partidas de truco en donde nada resultara como parece.

De la Sota, por su parte, tiene el problema opuesto. Con el peronismo cordobés prácticamente blindado, debe hacer pie en otros distritos donde su figura, aunque conocida, todavía no despierta las pasiones (o los intereses) necesarios como para transformarlo en un presidenciable de nota. No sería extraño, por consiguiente, que en algunos lugares pisara los callos del massismo.
¿Cómo le está yendo al gobernador en esta tarea? Por ahora, las señales no son muy alentadoras. Pese a ser el candidato con el mejor discurso anti – K dentro del variopinto colectivo de opositores, tal potencia comunicativa no recoge las adhesiones que, a priori, el mensaje merecería. Claro que, a su favor, puede decirse que no es un candidato “central” dentro de la particular geopolítica de poder que ha adquirido la Argentina durante el decenio kirchnerista. Es harto conocido que este período se ha caracterizado por una marcada concentración de poder en torno a la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires, al punto tal que – por primera vez en la historia argentina – los candidatos con más chances se agrupan en torno a aquél limitado espacio territorial. Salvo Hermes Binner o el propio De la Sota, ningún caudillo del interior, de cualquier signo político, parece en condiciones de contrarrestar este dato de la realidad.
Este inconveniente lo tienen, a la inversa, los candidatos de la nueva centralidad. Concentrados como lo están en torno al mítico conurbano bonaerense, el interior se les antoja como una potencia electoral extraña, casi como un país limítrofe. Nadie es, fuera de las fronteras de la provincia de Buenos Aires, fanáticamente massista, ni sciolista, ni randazzista, ni macrista. Con los partidos políticos todavía reducidos a formalidades constitucionales tras la debacle de 2002, la Argentina es un archipiélago de dirigentes territoriales que a duras penas intentan avanzar hacia armados que los trasciendan.
Esto es lo que explica que gigantes electorales como Massa o Daniel Scioli visiten Córdoba como perfectos turistas políticos, sin bases populares que los aclamen o dirigentes de fuste que les juramenten lealtad a toda prueba. Algo similar les sucede en Santa Fe o Mendoza, por citar sólo algunas provincias importantes. Y, en aquellos distritos gobernados por sólidos caudillos territoriales, todavía no existen pronunciamientos incontrastables a favor de uno u otro, simplemente porque ninguno de los presidenciables es visto como un “primus intes” con el suficiente ascendiente como para dejar de lado el cálculo de corto plazo.
No obstante estas limitaciones, es imposible soslayar que Córdoba es fundamental para cualquier candidato, especialmente ante un escenario de alta fragmentación política. Y, en este sentido, ninguno de los precandidatos peronistas tiene gran cosa para mostrar localmente. La única excepción es Mauricio Macri (un no peronista), unido a la provincia por tenues, aunque siempre vigentes, lazos liberal – conservadores. Este déficit forzará a que, en un futuro no muy lejano, las visitas de los diferentes referentes tanto del kircherismo como del peronismo opositor intenten hacer pie por estos lares.
¿Significa esto que se aproxima una “invasión del rancho” delasotista? No necesariamente. Pensar de tal forma equivale a reducir el fenómeno político argentino al simple fenómeno del peronismo y sus derivados / colaterales. A pesar que parezca historia lejana Córdoba tuvo, en las dos primeras décadas de democracia, un protagonismo incuestionable. Primero con Eduardo Angeloz y su díscolo radicalismo provincial, luego con Domingo Cavallo y la Fundación Mediterránea, la influencia cordobesa en la política argentina fue grande y decisiva. Sólo con el advenimiento de los Kirchner y su marcada impronta centralista (debidamente financiada por las retenciones a las exportaciones agropecuarias) su ascendiente entró en el ocaso. Pero este interregno se encuentra ingresando en su fase final. La Argentina que viene necesitará del concurso federal simplemente porque el modelo de concentración económica en manos del gobierno nacional (del que Axel Kiciloff es su epítome) se encuentra próximo a agotarse. Cualquiera sea el futuro presidente, necesitará una pata cordobesa, al igual que otra santafesina o mendocina.
Probablemente se asista a una puesta en valor de la provincia desde lo político, lo cual no deja de ser un dato positivo para el sistema. De las visitas de Massa no deberían derivarse secuelas cismáticas (al menos por ahora) sino una necesidad perfectamente atendible de tener una estructura significativa en un distrito por demás relevante. Por lo demás, es muy probable que el viejo renovador (De la Sota) y el neo renovador (Massa) continúen traccionando juntos hasta que el panorama se aclare. No falta mucho para eso. El gobernador tiene aproximadamente hasta diciembre para decidir su suerte política. Si las encuestas no lo favorecen, tal vez decida abdicar para tal fecha de sus pretensiones nacionales. Pero, si percibe que existe una corriente favorable hacia su candidatura, continuará adelante. En esta hipótesis, la posibilidad de converger con el ex Intendente de Tigre en las PASO estaría cada vez más cerca, montándose de lleno en la contienda presidencial. Como fuere, el acuerdo más o menos tácito que los mantiene en sugerente proximidad continúa vigente, por más que Massa intente, por todos los medios a su alcance, demostrar que en Córdoba también juega de local.