Buenos vecinos

Por J.C. Maraddón
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ilustra buenos vecinosEn 1981, los Rolling Stones publicaban un excelente álbum llamado “Tattoo You”, en el que la mayoría de los temas eran grabaciones que habían quedado afuera de discos anteriores. Entre las pocas canciones que fueron compuestas específicamente para “Tattoo You”, se cuenta “Neighbours” (vecinos), donde Mick Jagger habla de las desavenencias entre Keith Richards y quienes vivían al lado de su casa.
No debe haber sido fácil tener como vecino a Richards allá por los comienzos de los ochenta, cuando todavía no había bajado los decibeles de su “living la vida loca”. Como tampoco nos ha resultado llevadero a nosotros, los argentinos, compartir una extensa frontera con Brasil, país del que nos ha tocado admirar un formidable desarrollo industrial, un empuje cultural arrasador y –lo peor de todo- una interminable cadena de éxitos futbolísticos, que venían acompañados por un estilo de juego que llenaba los ojos.
Lo de la industria se encaminó por el lado de los acuerdos comerciales. Lo de la cultura se resolvió por vía de un intercambio de figuritas. Y lo del fútbol parecía haber entrado en el terreno de la paridad cuando nuestra Selección Nacional alzó dos veces la copa y conquistó un subcampeonato en el periodo que va de 1978 a 1990. Sin embargo, la supremacía brasileña volvería a hacerse sentir con sus títulos de 1994 y 2002 y el fútbol permaneció como una materia pendiente en esta vecindad latinoamericana.
A la par de las virtudes que muchos han resaltado en los dirigidos por Sabella, este mundial que finalizó el domingo nos deja como legado un resurgimiento de los rencores con nuestros vecinos, que habían quedado ocultos bajo la alfombra. Y aquí –sin caer en psicologismos baratos- habría que buscar en nuestra envidia porque la fiesta era en la casa de ellos, el motivo que dio origen al “Brasil decime qué se siente”, que de tan indefendible terminó sonando simpático.
Tras la catástrofe del combinado brasileño, que fue humillado por los alemanes en semifinales, las hostilidades arreciaron. Las burlas argentinas fueron replicadas con el respaldo que obtuvo Alemania en ciertos sectores de la población de Brasil, al momento de enfrentar a Argentina en la final. Y entonces aparecieron las alusiones al síndrome de Estocolmo, ese que señala el vínculo afectivo que una víctima puede llegar a desarrollar con su victimario.
Concluida ya la justa deportiva sin igual, estaría bueno frenar esta escalada antes de que sea tarde. Porque estas discusiones entre vecinos suelen entrar en una espiral de efervescencia que no se sabe hasta dónde puede llegar. Y por si no fueran suficientes los ejemplos de estas trifulcas en la vida real, en el cine existe todo un subgénero de películas que abordan esa temática, a veces desde una perspectiva dramática, pero en la mayoría de las ocasiones en tono de comedia.
Sin ir más lejos, todavía sigue en cartel “Buenos vecinos”, un filme donde el galancito Zac Efron encarna al presidente de una fraternidad estudiantil que alquila una casa en un barrio residencial para organizar allí sus festines pantagruélicos. En la vivienda de al lado, un joven matrimonio (con un bebé pequeño) se pondrá en campaña para desactivar esa usina de ruidos molestos, que no solo les impide dormir sino que, además, les recuerda lo felices y despreocupados que vivían ellos dos cuando eran solteros.
Apenas una chispa, una mínima provocación, desata el estallido. Y motiva un sordo rencor que después llevará años aplacar. Pero ni Brasil se equipara a Keith Richards ensayando junto a los Rolling Stones, ni nosotros somos adolescentes en plena ebullición fiestera. La próxima vez, antes de preguntarle al vecino que se siente, tratemos de discernir mejor lo que sentimos nosotros.