Gracias, te devuelvo Copacabana

2014: el otro mundial

Por Daniel Zen
Enviado especial en Río de Janeiro, Brasil

p04-1Un tipo disfrazado de Bergoglio caminando por donde el propio Bergoglio ha caminado hace apenas meses. Un Messi hecho de arena, endurecido por la humedad de la lluvia de los anteriores tres días y el sol rajante de ayer. Una bandera de los Redondos de Ricota colgada de dos árboles en el boulevard costero, cuatro metros de rock nacional. Un colectivero totalmente malhumorado, llegando al puesto 5 de la playa, que solo afloja al agradecerle a una jovencita de nuestro país no ser cargado por la fea derrota. Insignias federales del Brasil con los colores de Alemania, en clara señal de preferencia para la final de ayer.
Más fuerte, más dramático. Un moreno, muy humilde, que haciendo tripa corazón, por estos días se gana la vida vendiendo banderas argentinas con la inscripción “Brasil decime que se siente”. Y no pierde la sonrisa: hay que aprender mucho de tipos como él.
Los periodistas locales que manejan el centro abierto de medios del gobierno nacional hablando entre sí del “hit” sin saber que tenían al lado a uno de nosotros escuchándolos.
– Periodista 1: “No puedo más con esa música, la sueño, la tarareo, la escucho en la radio, en la televisión, en internet, en la calle, mi mamá me llama y me cuenta de ella. Mi novia después de tener relaciones silbándomela en broma. Basta, por favor basta”.
– Periodista 2: “Yo ya me acostumbré. Al principio me torturaba, ahora me parece graciosa y es chiste entre mis amigos cuando hablamos de la vergüenza de nuestra selección. Creo que es más pegajosa que ´nossa, nossa, assim você me mata´”
Abro la versión papel del principal diario de Rio de Janeiro (O Globo). “¡Solo devuélvanme Copacabana!”, dice el artículo dominical de uno de los principales formadores de opinión, Artur Xexéo, que admite residir en ese coqueto barrio; y leyendo, veo que el periodista jura que ahora hincha para la celeste y blanca después de aceptar que jamás había visto algo semejante. E inclusive justifica su “traición” argumentando que las críticas sobre la “miseria” de los argentinos durmiendo en las calles, comiendo en los supermercados, llenando las avenidas y recovecos de casas rodantes son hipócritas, porque sería igual en Buenos Aires si Brasil jugara una final en un torneo mundial organizado por Argentina.
Eso que escribió el hombre de medios tiene una explicación clara. La población en general quería que gane Alemania y el periodismo más literario suele ser “contrera”. O sea que en la moda intelectual mundialista-brasilera, es posible que decir que se hincha por el equipo de Sabella quede bien.
Pero lo que hay que decir después de tantos días es que todo esto fue surrealismo puro. Treinta días de surrealismo. Sí, sí. Un sueño, por lo ilógico; un sueño, en su acepción de deseo. Un sueño por donde se lo mire. Fue una composición, una urdimbre, yuxtaposición de cosas absolutamente descabelladas, conexas en la disimilitud. Una especie de realidad paralela y perpendicular. Diagonal, centro y gol.
No sé, fue una especie de libido futbolística hecha realidad. Fue Franz Beckenbauer y Lothar Matthäus diciéndoles ayer antes del partido a los de Sport TV (canal deportivo con mayor audiencia) que la germánica era una selección máquina (si los sabremos) y Daniel Alberto Passarella contestándoles en vivo: “Entonces lo llamo a Sabella y le digo que directamente no juguemos la final”.
Fue el movimiento social del “nao vai ter copa”, que se desvió al “vai ter copo”. Fue la garota, el argento, el brasuca embolado porque el fútbol solo trae hombres. Fue el 35% de Cristina y nuestra acostumbrada resiliencia. Fue Pelé diciendo que Brasil será campeón en 2018, Maradona alegando como si se tratase de algo científico que él no es mufa. Fue la paciencia de los brasileros ante nuestras barrabasadas, la militarización extrema, el trencito de hinchas saltando dentro del metro de San Pablo después de los penales contra Holanda, como si fueran las 5 de la madrugada en un casamiento. Fueron los 100 mil pesos que costaban en la reventa la entrada de la final, los trailers que hicieron diez mil kilómetros, la defensa de Argentina que pasó de punto a banca, la defensa Brasilera que hizo el camino exactamente opuesto. La lesión de Neymar, el fantasma del Maracanazo, la reelección de Dilma que empieza a jugarse desde mañana. El mordiscón del uruguayo Suárez, que bien podría haber sido algo nuestro.
Gracias Brasil, te devolvemos Copacabana. Disculpá algún exceso.