Acuarela del Brasil, en gris y negro

Por Daniel Zen

alfil04-05.inddNo sé como habrá sido aquel 16 de julio de 1950. Algunos aquí dicen que el impacto del gol que marcó el uruguayo Alcides Gigghia frente a Brasil en la final de aqul mundial fue muy fulero, que el Maracanazo le borró la alegría al pueblo alegre durante semanas, que algunos jugadores quedaron estigmatizados socialmente durante toda su vida y que hasta influyó en la vida política del país ayudando a que el dictador Getulio Vargas fuera elegido democráticamente al final de ese año. Otros dicen que no fue para tanto, apenas una tristeza pasajera, exagerada por la narrativa histórica como un hecho de implicancias mayores a las que verdaderamente tuvo.
Honestamente no lo sé y además la comparación hoy es material trillado.
Lo que sí se puede hacer es brindar un pequeño y corto semblante de lo que tocó vivir en las calles de San Pablo el sábado y ayer, en torno a la alevosa derrota de Brasil 7 a 1 frente a Alemania en las semifinales de la Copa del Mundo organizada por el hermano país. Una Copa del Mundo que, sin exagerar, generó una excitación, exaltación, agitación social, política y publicitaria de tamaño nunca visto por este cronista. Por eso, digo, por la subjetividad en la experiencia, por la imposibilidad de generalizar, que por momentos se escribe aquí en primera persona.
En la previa, la lesión de Neymar había reconvertido la esperanza de los locales. El “vamos a demostrar que Brasil en la adversidad puede” y el “todos jugamos para Neymar” había ganado frente a la decepción que generó en un primer momento perder al crack -aun siendo que el capitán Thiago Silva tampoco jugaría contra Alemania por doble amonestación- y hasta pareció ser un incentivo. Pero en realidad, era solo una pose frente a una realidad que se veía venir. Quiero decir con esto que el brasilero en verdad no se sentía en verdad finalista, pero aceptar que habría una copa en Brasil sin Brasil iba en contra de los más profundo del sentir común de ese pueblo.
Empezó el martes. El juego era en Belo Horizonte, pero San Pablo, la gran mole de cemento, responsable del 50% del PBI brasilero, estaba vestida de cuerpo y alma con verde y amarillo. Solo el 9 de julio era feriado en este Estado (día de la revolución constitucionalista, fin de primera dictadura de Getulio Vargas, 1930), pero el 8 también fue: las calles absolutamente vacías, los comercios cerrados, una postal.
La gran mayoría lo vio en su casa. Apenas algunos puntos estratégicos, bares y el famoso Fan Fest de la Fifa en la Plaza de las Artes. Caminar aquellas calles inhóspitas de día en los primeros 30 minutos del partido fue una experiencia que en décadas no se va a volver a vivir en esta agitada y ruidosa metrópoli.
Solo silencio. Un silencio que hace 64 años no se conocía, admiten todos, ahora sí en unanimidad. No sabíamos cómo iba el juego. Cuadras y cuadras sin poder saber. El televisor de un guardia de un departamento, ubicado medio de costado, dejo ver el resultado parcial. Era 5 a 0 para los germánicos. Fregarse los ojos. Sí, 5 a 0.
Mejor ubicados, en el intervalo se vio cómo comenzaron a deambular las personas en busca de cerveza, y mucha. La primera reacción fue escapistas: beber para eludir la realidad. Segundo tiempo, todos atónitos y borrachos. Vinieron goles de la selección de Joachim Löw y al final llegó el tanto de Oscar, el de la dignidad que aun así no se consiguió, al sentir de la prensa brasilera. Fue gritado como ningún otro gol, algo increíble. La mole resucitó por 25 segundos.
Apenas terminó todo llegó la fiesta -está en el ADN- en los sitios de mayor poder adquisitivo, donde esto importa menos. Fugaz. En otros lugares hubo quemas de colectivos y algún que otro saqueo, pero nada para generalizar.
Dilma escribió rápidamente en Twitter. “Así como todos los brasileros, estoy muy pero muy triste con la derrota. Siento inmensamente por todos nosotros, hinchas, y por nuestros jugadores”. Hablaba como si fuera una tragedia, de esas donde mueren personas. Dicen que las personas mueren cuando muere la ilusión, y en ese sentido figurado y poético, así fue. La presidente, ya con miras en su reelección, largó el epitafio, también por la red social del pajarito. Claro, un mensaje de dolor, siempre viene acompañado de uno de aliento: “Brasil, levantate, sacude el polvo y vuelve con espíritu renovado”.
El miércoles, día de fiesta para nosotros los Argentinos, fue la jornada en que cayó la ficha para el pueblo hermano. Nada de sonrisas. Comenzó una especie de “luto” social que veremos si es pasajero o permanente. Los poderes mediáticos perdonaron al equipo de 1950, ahora, hay nuevo chivo expiatorio. ¿Será que desde el lunes, cerrada la Copa, perdonan a Dilma?